Lo lógico (en y del) psicoanálisis. Del tiempo lógico a las fórmulas de la sexuación.

 

 

 

Introducción

 

 

            Si tomamos el psicoanálisis en su dimensión más determinante, el inconsciente, Lacan nos propone una disciplina mediante la siguiente aserción: «En el inconsciente sólo avanzamos a golpe de lógica pura». Si Lacan usa la topología casi de forma inmodificada (tal y como se desarrolla en las matemáticas) para rigorizar algunos aspectos de la doctrina, no es el caso de la lógica. Ésta, en la filosofía del lenguaje o en la ciencia, es una ciencia de lo simbólico, del razonamiento. Afirmación matizable desde los trabajos sobre la semántica de la lógica (Tarski) y sobre todo desde la aparición de la lógica borrosa o difusa (fuzzy en inglés y flou en francés), pero lo básico en la lógica es el encadenamiento de las proposiciones: luego se trata de una sintáctica.

 

            La lógica es un puente entre el lenguaje y la matemática tanto en la filosofía como en la ciencia. Nosotros podríamos decirlo de otra manera: es un puente entre las disciplinas basadas en el signo lingüístico o semiológico (con formulación de raíz saussuriana) y las disciplinas basadas en el signo lógico o semiótico (con formulación de raíz peirceana o fregeana); signos totalmente distintos. Si hay que hacer un puente es porque sentido (signo semiológico) y significación (Bedeutung) no se confunden nunca. Además, estos signos están creados por un discurso, lingüístico o científico. Si utilizamos las últimas aportaciones de Lacan, podríamos decir que el primero utiliza la teoría del valor para pasar al sentido, mientras que el segundo produce (ruissellement), letras que marcan surcos (ravinement) en lo real.

 

            En el discurso del psicoanálisis no se trata (de entrada, en lo fundamental) del signo, sino del significante; por lo tanto, debemos ampliar las definiciones para que la lógica sea un puente entre el significante y la imagen o entre el significante y la letra. Esta relación entre el significante y la letra es poliédrica y la presentaremos en otro espacio. Como sabemos, lo simbólico actúa sobre lo imaginario o sobre lo real, ya que en psicoanálisis disponemos de tres registros. Ahora bien, tenemos otra aserción lacaniana: «…la lógica a condición de que se se convierta en ciencia de lo real». ¿Cómo la entendemos? Proponemos dos significaciones posibles (sentidos existen tantos como sujetos puedan leerla): uno, se refiere únicamente al registro real; dos, en tanto cada registro es real en psicoanálisis (la doctrina del nudo no es un modelo sino una condensación) la lógica aplicaría para cada registro y para cada encuentro entre registros. Cada registro con la suya y cada encuentro entre ellos «logicizado». En esta segunda línea encaja mejor la doctrina y la clínica que se sustenta con ella, y sobre todo lo más importante: se trata de nuestra lógica, de la lógica del psicoanálisis, una lógica que utiliza aspectos de la lógica del lenguaje o de la matemática, pero modificándolos o ampliándolos o rechazándolos para que sean producto del discurso psicoanalítico.

 

Veamos ahora las diferentes lógicas en su aspecto sincrónico y después la diacronizaremos.

 

No hay ciencia que no remita su rigorización, con mayor o menor firmeza, a los principios de la lógica llamada simbólica primero y más tarde matemática (la única que, según Lacan, merece el nombre de lógica). Éste sería el aspecto de doctrina, pero cuando hay incertidumbre se recurre a ella para llegar a alguna certidumbre, sea objetiva o subjetiva. Este segundo aspecto sería la dialectización.

 

¿Es que el analizante hace otra cosa bajo la asociación libre? Sí, hace una lógica, pero en múltiples registros: transitivismo especular o narcisismo, entre lo imaginario y lo real; operaciones del fantasma o postulados, entre lo simbólico y lo imaginario; fálica o letra de suplencia, entre lo simbólico y lo real. Cada una de ellas apoyada por el tercer registro en juego.

 

En dichas lógicas, cada registro aporta una falta estructural -sea la hiancia de fragmentación, una falta en el Otro o no es posible escribir la relación sexual- que permite al analizante, mediante ella, articular la respuesta a su "carencia", sea narcisismo, fantasma o sexuación.

 

Si el psicoanálisis introduce el inconsciente como efecto del lenguaje y la palabra, y no hay efecto de lenguaje ni palabra sin temporalización - giro de los discursos- cada una de ellas deberá ser dialectizada:

 

a) Entre lo imaginario y lo real, la lógica del "o bien o bien", aún poco desarrollada, y, en relación a ella, una por hacer: la lógica de la imaginarización del goce Otro. En ésta última, de momento, sólo los artistas, y colegas entre los dos discursos, han buceado.

 

b) Entre lo simbólico y lo imaginario, el tiempo lógico para la teoría de la significación hablada y las identificaciones, y, en paralelo, la lógica de la significación escrita y del fantasma con dos parámetros (objetos especiales), a y -fi.

 

c) Entre lo simbólico y lo real, una modalización (de tipo alético) de la lexis de la escritura, y sobre ella, otra modalización (de tipo cuantificacional) de la fasis enunciadora fálica. Mediante el operador "no-del-todo" obtenemos la vuelta al encuentro de lo imaginario y lo real del que partimos.

 

 

Comentemos un poco el orden de construcción de cada una en la obra de Lacan, y también algunas de sus características.

 

 

Primera parte

 

 

La primera, la lógica del «ou bien ou bien», es una lógica basada en la geometría de la tópica del espejo. Si un objeto se sumerge en un espacio tridimensional euclidiano en el que hay dos espejos (curvo y plano) y si se sitúan las cosas de una determinada manera (operaciones de otro registro, significante por supuesto) se obtendrán dos imágenes de dicho objeto, una real y otra virtual. El problema que se le planteaba a Lacan era el sigueinte: ¿cómo es posible diferenciar una de otra si son iguales? Si no se pueden diferenciar (animal) no hay identificación de una (o del sujeto, no somos precisos ahora) con la otra. Si no hay diferencia, es el fenómeno del doble o la regresión al estadio del espejo, i(a) = i’(a). Sigue en pie la pregunta ¿cómo establecer la diferencia, y establecerla sin recurrir a otro registro? Es habitual recurrir a izquierda/derecha, pero es un error, porque ya es una pareja significante. Se debe obtener una propiedad geométrica del espacio que permita hacer la diferencia. La propiedad es la orientación: dos imágenes pueden ser iguales excepto en la orientación, levogira y dextrogira. Si entre dos imágenes iguales como objeto se puede establecer una diferencia de orientación, en su sumergimiento en un espacio, entonces son semejantes pero diferenciables.

 

La orientación tal como la hemos planteado es una propiedad que no pertence sólo al objeto (imagen) ni al espacio en el que está sumergido, sino que se establece con los dos espacios juntos: tanto el espacio de la imagen considerada como un objeto como el espacio en el que se sumerge o la acoge. Matemáticamente se define como que existe un homeomorfismo (recuerden la identificación homeomorfa del «El estadio del espejo como…») entre los dos lados del espacio plano de tal manera que el subconjunto del primero, i(a), es semejante al subconjunto i’(a). Semejante quiere decir que son iguales excepto en la orientación.

 

¿Qué es la orientación? Pues que por mucho que movamos, hagamos traslaciones y giros, la primera imagen jamás la haremos coincidir con la segunda. Es lo que pasa si intentamos superponer dos guantes semejantes (la mano izquierda y derecha no deben tomarse aquí simbólicamente). Lacan va dar un definición de dicha diferencia y la denomina «especularización». Según ésta, un objeto (imagen) es especularizable si su imagen en el espejo plano es diferente de él mismo en la orientación y sólo en la orientación. Dicho de otra manera, es especularizable si i(a) = -i’(a) (donde el signo menos indica orientación). Si un objeto no se diferencia de su imagen en el espejo plano en la orientación, entonces decimos que tiene imagen no-especularizable. Insistimos, todos los objetos o imágenes tienen imagen en un espejo plano o curvo, lo que puede ser diferente es su orientación: en el caso de que lo sea, el objeto es especularizable y si no, no.

 

El problema clínico y geométrico es el siguiente: la imagen yoica ¿es especularizable? Clínicamente sabemos que no. El sujeto puede entrar en el transitivismo especular y no diferencia. Por otro lado, tanto Lacan como Freud definen el yo como una superficie, luego tiene dos dimensiones. Ahora vayamos a la geometría. Si el objeto sumergido no tiene una dimensión en la perpendicular al espejo plano es imposible efectuar la especularización y siempre será igual a su imagen. No es posible efectuarla porque es justamente esta dimensión perpendicular la que el espejo invierte en su orientación. Las otras dos paralelas al espejo quedan inmodificadas. Hágase la prueba situándose perpendiculares (en el suelo) a un espejo plano y verán que su imagen y la propia se unen por los pies. Entonces se nos unen la clínica y la geometría, no hay especularización de la imagen yoica por sí misma; y se necesita la tercera dimensión, el falo imaginario. Éste estaría en una posición en punta («Subversión…»). Es gracias al falo imaginario (a la identificación del sujeto con él, y su correlato en la imagen) con lo que se sostiene la especularización. Es la diferencia entre imagen yoica y narcisismo. El narcisismo está entre la dimensión 2 y la 3. La clínica de la psicosis es entonces cristalina. Si por un déficit del falo simbólico, Bedeutung, se evoca la caída de dicha identificación, se regresa a lo mortífero de la pareja en el espejo (no especularizable). Por eso el análisis puede brotar a un psicótico con facilidad: si se apela a la significación y no está, entonces la caída (necesaria, pero sostenida por FI en el caso del neurótico) de la identificación supone toda la clínica del registro imaginario.

 

Quisiéramos aclarar un punto. En el seminario de «La angustia», Lacan utiliza para hacer la especularización la imagen yoica y el objeto «a». Son párrafos confusos porque parece utilizar mal la teoría de lo especular. Se trata de la misma idea, pero intentando unir los dos circuitos imaginarios del grafo del deseo. El objeto «a» ya había indicado que servía de enfoque en el espejo, pero que su imagen en el espejo, «a’» era no-especular. Se trata ahora de que el narcisismo se sostenga tambien del deseo y por ende del fantasma. La realidad se sostine del fantasam y el nercisismo también. Esto de manera que, aunque se dé la castración imaginaria, el sujeto (neurótico o perverso) no regrese al estadío del espejo. En conclusión, será el objeto “a” el que sostenga la especularización. Veámoslo: si unimos el i(a) como un saco (luego una pastilla, topológicamente) y el «a» como una banda de Möbius, se nos construye un plano proyectivo, cuya imagen en el espejo es especularizable. Lo es porque el otro plano imagen, suma de ‘i(a) y «a’» es de orientación contraria. Luego si se extrae el objeto «a», hélix, se pierde la especularización. Recordamos que una banda de Möbius no es especularizable. Especularizable y no especularizable tienen en Lacan mucha relación con bilátera y unilátera. El problema es que el saco tampoco es especularizable, a menos que podamos establecer una diferencia entre las dimensiones de dicha superfice, es decir, que lo consideremos con «una forma» determinada, lo que nos llevaría a introducir una geometría distinta (afín como mínimo).

 

 Creemos que la mejor interpretación es que las las dos inmersiones posibles del plano proyectivo son especularizables y ninguna de las dos partes en las que se pueden dividir lo son. De todas maneras, también puede ser un problema de sinonimia: a veces, Lacan usa la expresión «imagen especular» como «imagen en el espejo» y no como «imagen especularizable», que no es lo mismo. Si además tenemos en cuenta «las lecturas polisémicas o de sentido habituales» no nos extraña tanto que haya habido una aparente contradicción en dicho seminario. Creo que cuando se dio cuenta de dicho problema, utilizó «imagen especular» en sentido estricto y el verbo «miroiter» para la imagen en sentido simple.

 

Trabajarlo así permite no sólo ver los déficits del narcisismo en la psicosis, sino en la neurosis. Véase la prueba por el objeto “a” en «Seminario 11» de la que, en un trabajo publicado[1], hemos dado las razones topológicas de base y la lógica que sobre ella se sostiene. Es la lógica de la alienación en el registro imaginario.

 

 

Segunda parte

 

 

Con esta última afirmación, damos paso a la lógica entre lo simbólico y lo imaginario. Es la lógica que se da en el piso del enunciado del grafo del deseo. Como estamos en el significante, la diferencia ahora es la misma definición de significante (primera definición): un significante es la diferencia con otro significante; es la definición de un saber si se totaliza en una batería (alternativa al concepto de sistema de signos de la lengua). Es una lógica basada en diversas modificaciones de la lógica sincrónica clásica. Primero, hay que recordar la modalización del tiempo en tres modos: instantes de ver, tiempos para comprender y momentos para concluir. Hasta aquí, simplemente, Lacan ha temporalizado (modalización del tiempo) los pasos de una deducción: tiempo de la evidencia, tiempo del razonamiento, y tiempo de establecer una aserción en acto. La lógica modal del tiempo (tense logic) utiliza sólo el concepto de instante, y, en el mejor de los casos, diacroniza espacialmente el tiempo para deducir, por lo que no tiene en cuenta el tiempo para comprender excepto como puro tiempo de reloj.

 

El momento de concluir es una invención lacaniana necesaria para la doctrina analítica. Si el inconsciente es una pulsación temporal de apertura y cierre, y debemos suponer que, en medio, el significante ha efectuado una significación: el tiempo de apertura y el de cierre no pueden ser rigorizados del mismo modo. Ahora bien, lo fundamental a retener es que la significación hablada, S(A), no se da en la simple diacronía sino en la simultaneidad (término obtenido de la física aristotélica y de la einsteiniana). Para que se produzca la simutaneidad, deben encontrarse dos diacronías (dos Automatón). La primera, el despliegue de la cadena significante; y la segunda, la pseudo-cadena de la demanda o del significado. La primera actúa sobre la segunda. La simultaneidad nos introduce en la verdadera dimensión del tiempo lógico puesto que implica la aparición de «las mociones suspendidas» mediante escansiones (”verdaderos significantes temporales», según Lacan). Nosotros los denominaríamos, hoy, «significantes que provienen de una dimensión temporal no bien conocida en la que puede haber tyché con lo real».

 

La dialéctica del proceso de significación es la siguiente: instante de ver (punto de sincronía entre las dos cadenas, Otro y tesoro metonímico); tiempo para comprender (despligue de la cadena significante y de la demanda); momento de concluir (punto de simultaneidad (S(A), punto de capitón o anudamiento de las cadenas); primera escansión (duda), se cierra el proceso en el punto de sincronía. Segunda vuelta, tiempo para comprender (despliegue de nuevo de las cadenas); momento de concluir (simultaneidad); vuelta al punto sincrónico (A); segunda escansión. Tercera vuelta, tiempo para comprender (despliegue de las cadenas); momento de concluir, simultaneidad; introdución de la nueva métáfora como metonimia en el tesoro sincrónico.

 

Dependiendo de la dificultad, este proceso se dará tantas veces como sea necesario y, en el último momento para concluir, si se ha objetivado hasta lo más bajo, se produce la significación (via metáfora) que termina el cierre en el punto de sincronía, (A).

 

Efectuada una significación, introduce no sólo un aspecto simbólico de verificación, sino un efecto en lo imaginario, un efecto en la tópica del espejo antes desarrollada, una identificación. En el Seminario XI, las fórmulas de la tópica del inconsciente incluyen el sentido y las identificaciones. Y la alienación pasa a ser, no sólo imaginaria, sino también entre el ser y el sentido.

 

Desde que introducimos el lenguje teniendo efectos en otro registro, la pregunta sobre el metalenguaje se impone: ¿Es la palabra y su base de lenguaje un metalenguaje de la tópica de lo imaginario? La respuesta lacaniana es NO, y la tesis que la sustenta es que una significación remite a otra significación. Por el contrario, la clínica nos indica que el discurso del analizante se comporta como si hubiera una significación última que lo dominase todo: el fantasma. Hemos dado un paso hacia el segundo cortocircuito del grafo del deseo.

 

Para que exista dicho cortocircuito, debe construirse primero el desdoblamiento del eje S-A del esquema R y diacronizarlo, para introducir el ello, la pulsión, o el goce si se quiere así. Aquí la definición del significante ya necesita de la teoría del rasgo unario para el Ideal y discutiremos al final de este esquema la necesidad de algo más. La pulsión diacronizada, y no en su propia estructura, es la cadena de la enunciación. Entonces tenemos también la pregunta por el metalenguaje entre dos aspectos de lo simbólico: ¿Es la cadena enunciación metalenguaje de la del enunciado ? La respuesta de Lacan ya no estará entre la lingüística y la lógica, sino que se basará únicamente en ésta última. Su repuesta es que hace las veces, pero no puede porque entonces ella misma se encuentra en entredicho. Para establecer esta cuestión debemos entender que la cadena de la enunciación es una cadena de lo escrito; lo pulsional sólo puede aparecer como escrito, primero, y «hablando luego en el Otro». Ya indicamos en otros lugares que Lacan corrigió este cortocircuito y que, en los Seminarios 12-15, tanto el Ello habla en el Otro, como el Otro se articula con el Ello. Es decir, las dos cadenas se «metalenguajean» la una a la otra. Este aspecto ha sido mal comprendido por colegas que han supuesto entonces que las dos cadenas podían ponerse en continuidad por la vía del empalme del super-yo y el goce.

 

Nunca debe interpretarse así, sino que hay que pensar que entre ellas se «metalenguajean» y ahí es donde aparece el agujero, lo real, y la función fálica de significación como una cierta solución. Esta posibilidad de acción de una cadena sobre la otra está llevada al límite en el escrito “L’Etourdit” mediante el análisis de la frase “que se diga queda olvidado tras lo que se dice, en lo que se escucha”.

 

La segunda manera, no diacrónica, de enunciar la tesis de «no hay metalenguaje» es «el Otro está barrado». Es un hecho de estructura de lo escrito, y por eso la lógica que usa el metalenguaje como principio propio no se dio cuenta de las dificultades hasta que pasó a la escritura. Insitimos en hacer una diferencia que ha llevado a confusiones: una cosa es la barra en el Otro, que dialectizada nos llevará a que «el significante no se signifique a sí mismo», fórmula equivalente en la enunciación a la de «una significación remite a otra significación» en el enunciado; y otra cosa muy distinta es una significación precisa y construida que produce un significante en la simultaneidad, denominado “de una falta en el Otro”. Un significante que nos dice que el Otro está barrado es un significante positivo y no una ausencia o una privación.

 

Recordemos que estamos en el piso de la enunciación, por lo que se trata del significante como metalenguaje del significante; luego una significación es la producción de un significante. Significante que cada sujeto encuentra en su vida en algún momento, bajo la forma de un significante singular, y ante el cual, clínicamente, la respuesta del sujeto es fijar esa significación absoluta de la que hablábamos antes. Este significante es la experiencia de que no hay metalenguaje y, por ende, puede ser igualado a la castración imaginaria (entre lo imaginario y lo real). Cristaliza el fantasma, si es el caso de que no se sea psicótico; de serlo, sólo aparece la barra en el Otro como una abertura infernal sin nigún significante que la signifique. Clínica cristalina en la melancolía y en general en las psicosis maníaco-depresivas. De ahí que puedan ser definidas como forclusión de la castración, es decir, del significante de una falta en el Otro, y no del -fi que es un objeto y no puede ser forcluido. Claro está, si uno es forcluido, la otra no puede ser situada. 

 

 Volvamos al circuito imaginario que va desde el deseo al fantasma. Lacan trabaja el fantasma como una superficie unilátera sobre la cual pueden utilizarse tres tipos de círculos, dos de los cuales sirven como negaciones. Esos círculos son operaciones de las dos cadenas significantes, que mediante la operación borde de una cadena que no explicamos ahora, caen sobre dicha superficie. Entonces ya no sólo se trata en la tópica del inconsciente de una cadena del significante sobre la del significado, sino de dos cadenas significantes articulándose entre ellas (articulación ello-inconsciente) y denotativamente sobre el significado. Es lo que se conoce como época de las superficies: operaciones significantes sobre superficies cerradas y no-orientables (uniláteras) que tienen efecto sobre superficies cerradas orientables (biláteras). Simplificando, entre la botella de Klein (dos cadenas) y el plano proyectivo del fantasma junto al toro de la demanda y el deseo.  Operaciones en la botella caen sobre el plano (como sincrónía) y éste último se articula con la diacronía sobre el toro. Es una operación a tres y no sólo a dos. Este camino, en el último Lacan puede ser recorrido en el sentido inverso.

           

Tenemos así el fantasma estructurado por la pulsión y el inconsciente: es la lógica del fantasma y del acto de los Seminarios XIV y XV. Ahora la alienación pasa a ser una operación más de un conjunto, una operación entre el ello y el inconsciente de la que hemos establecido una graficación precisa en un pequeño trabajo, mediante dos negaciones y dos parámetros.

 

Si volvemos al grafo del deseo, procurando no cometer el mismo cortocircuito que Lacan corrige en el Seminario XIV, el inconsciente es tanto la apertura hacia la izquierda de las cadenas siginificantes sobre la del significado, como la apertura hacia arriba de las dos cadenas significantes.

 

Lacan ha utilizado las dos obras más importantes de la lógica para hacer el recorrido. El significante de una falta en el Otro es su lectura de las dificultades de Russell con la definición de clase y conjunto (las totalidades). Pero, a diferencia de la lógica, no va a suturarlo, sino que lo escribe como derivado de la estructura diacronizada en psicoanálisis. Por otro lado, si el problema viene porque no es lo mismo una clase que un conjunto, indicación demoledora que Russell le hace a Frege, ¿qué hay entre los dos? El conjunto no se significa a sí mismo, pero la clase puede que sí. Lacan, sabio, indica que ahí corre el objeto pequeño «a» que no debe confundirse con el plus-de-goce. Se trata del «abjeto» en su dimensión simbólica. Por otro lado, utiliza las dificultades que Gödel visualizó en la consistencia y completud en los sistemas formales metalingüísticos cuya  conclusión más demoledora fue: un sistema no puede ser consistente y completo a la vez, de las dos cosas sólo puede ser una. Lacan lo lleva mas lejos: el Otro no es ni completo ni consistente: no es completo en la significación porque una remite a otra; ni consistente, porque hay un significante que se puede escribir al cual no se puede discutir su verdad. Por el contrario, hace que la verdad de todos lo otros quede cuestionada. De ahí que Lacan opte por la vía del deseo y no de la verdad, ya que no hay verdad última. Desde otro punto de vista, si fuese completo el registro simbólico y el real coincidirían, o dicho de otra manera, la función verdad simbólica coincidiría con una supuesta verdad real. Volveremos sobre este punto pero recuerden «Yo, la verdad hablo» luego hay ahí un discurso y si no puede ser equivalente a lo real, entonces, «la verdad sólo se puede medio-decir».

 

En este sentido, toma la vía contraria de Gödel. Para éste último, hay un significante del que se puede afirmar la verdad, pero que no es decible en la doctrina. Luego hay una verdad que no puede ser obtenida del sistema, de los axiomas (es una lectura muy chapucera decirlo así). Para Lacan, en su uso psicoanalítico, el tema funciona al revés: se puede afirmar su verdad y, como decíamos, todas las verdades (que lo eran por el hecho de ser enunciadas) pueden ser cuestionadas.

 

No nos extenderemos sobre la clase y el conjunto, que nos llevaría al centro de las discusiones de lógica combinatoria sobre los todos porfirianos y combinatorios, pero retengan que hay sujeto porque no hay metalenguaje y por la misma razón hay objeto «a». La reintroducción del metalenguaje supone la sutura del sujeto y el sellado del objeto. Por eso, un mundo dominado por el discurso científico hace que uno de los recursos de la estructura sea pegar el objeto al organismo, sea en la psicosomática o en la performance.

 

 Una manera de ver esta misma idea sin lógica puede hacerse en el libro de Michel Foucault «Las palabras y las cosas»; cuando analiza el mito del eterno retorno imposible de conseguir, el autor ve el problema, pero no la solución, y simplemente propone la literatura, que no calla nunca, como vía de salida. Cuando Lacan, psicoanalista, y no filósofo ni escritor, hace balance de la Historia de las Ideas, la define como una historia triste. Acertó de pleno.

 

Las operaciones lógicas que van a aparecer en la juntura ello-inconsciente, operaciones puramente psicoanalíticas: alienación, transferencia y verdad, van a ser presentadas mediante una semi-estrucura de grupo (Klein). Una modificación del grupo utilizado por el psicólogo Jean Piaget: el grupo de las dos reversibilidades, al que se le ha eliminado, por razones psicoanalíticas, la operación identidad y añadido la causa del deseo y la castración imaginaria. Estas tres operaciones necesitan una nueva superficie que no es un plano proyectivo sino una botella de Klein ya mencionada.

 

La cuestión de la diferencia entre una clase y un conjunto tiene mucha más explotación por parte de Lacan. En la palabra había utilizado el recurso al Otro como conjunto, conjunto que va a ser definido más tarde como el saber del inconsciente. Por el contrario, para la pulsión va a utilizar las clases que se significan a sí mismas y les va a dar una estructura distinta denominada enjambre. Esto ya no es lógica, sino lógica psicoanálitica. Les remitimos al Seminario XVII y las elaboraciones sobre los discursos con las que damos paso a la lógica entre lo simbólico y lo real.

 

Quisiéramos hacer una reflexión: es habitual suponer que la teoría del rasgo unario utilizada primero por Lacan para explicar el 1 del añadido al «Seminario de la carta robada», o para explicar el Ideal-del-yo, es la misma que para el S1. A nuestro juicio, hay diferencias, ya que no es lo mismo el Ideal que la pulsión o el significante amo. Podemos pensar de todas maneras que, aun siendo distintos, los dos tipos usan el rasgo unario como trazo mínimo. Nuestra opinión es que no. La frase “il’y a de l’Un” no creemos que indique el rasgo unario. Con la teoría final sobre el Uno, el semblante y la escritura, a la que más abajo haremos referencia, creemos que Lacan diferencia el rasgo unario -proveniente del paso a significantes (batería significante) de los signos de percepción, lo que supone su borramiento como signos y como letras para quedar como puro palote- de los Unos que nunca fueron signos, sino que de entrada fueron puros significantes (provinientes de marcas), metonímicos, los que la estructura topológica debe recoger.  Confundirlos implica, como exponemos mas adelante, que hay unos signos para leer.

 

Hemos terminado la lógica entre lo simbólico y lo imaginario y pasamos a la lógica entre lo simbólico y lo real: la sexuación.

 

 

Tercera parte

 

 

            En la operación entre las superficies no orientables y las orientables, hemos dejado, para la tópica del inconsciente, un término sin aclarar: la denotación. Es el término con el que Lacan traduce, como puede, la Bedeutung. Si, como hemos ido indicando, no hay metalenguaje, es decir, el significante (doble cadena) se articula entre él y al mismo tiempo con el significado, pero lo entendemos como que puede existir el camino inverso (del significado al significante) entonces las operaciones son ternarias. Existe una operación entre los significantes pulsionales y el saber, y un efecto sobre el significado. Y, a la inversa, un movimiento en el significado opera sobre la articulación pulsión / saber.

 

            Para el primer camino, Lacan reserva el término de condensación mediante la metáfora y la denotación (la metáfora sola queda como generadora de sentido); y, para el segundo camino, reserva el término de Entstellung mediante la metonimia y la contabilidad del goce (la metonimia sola queda como generadora de sentido). Ahora bien, esa denotación, acceso a lo real para significarlo, o esa Entstellung ¿son directas como cree la ciencia?

 

Einstein se hacía la siguiente pregunta: ¿Por qué las letras, que se desprenden de un discurso, funcionan tan bien en lo real de la física? Dicho de otra manera, parece que entre lo simbólico y lo real hay un espacio de escritura atravesado, como en su momento había un espacio imaginario atravesado entre el sujeto y el Otro. La letra aparece como un intermediario entre lo simbólico (ya que está formando parte del significante) y lo real (puesto que una letra puede hacer una marca o surco en él). Ahora bien, aquí se trata de dos letras distintas. Una, la letra soporte del significante (que tiene que ver con escrituras antiguas cristalizadas y que son anteriores al sujeto); dos, la letra como efecto de escritura de un discurso, global o propio. Si se intenta leer un saber en «el primer tipo de letras» estamos confundiendo lo real y lo simbólico y posiblemente siguiendo el camino de la psicosis. Por el contrario, las letras que un discurso escribe sirven para hacer el paso de la significación sobre lo real. Es importantísimo, incluso para el diagnóstico diferencial, no confundir unas con otras. Nos remitimos a lo dicho anteriormente sobre lo que puede ser leído y lo que debe ser escrito. Pueden encontrarlo en Lacan en la tercera lección del seminario «Encore» y en las primeras del seminario de «La Identificación».

 

            En «Lituraterre», Lacan nos va a proponer nombres para los dos caminos: ruisellement (goteo) y ravissement (arrebato) y va a denominar el efecto de la letra sobre lo real como ravinement (surcos). Entonces los surcos pueden ser leídos (paso de la marca a significante) y pueden ser escritos (paso del significante mediante la letra a la marca). Pero no debemos olvidar que la letra no es primaria al significante y, por otra parte, que leer no quiere decir que haya unos signos escritos, sino que hay que convertir la marca en significante. Recuerdo la primera teoría del significante: borrar la marca y hacer un círculo. Insistimos, si leer se convierte en leer signos, entonces volvemos a la mancia. Por eso debemos enseñar al analizante a leer eso que aún no está escrito (sólo es legible aunque se presenta primero como lo ilegible) y que con ello, pasando por el discurso, escribirá algo nuevo. Tal como indicábamos más arriba, si no se diferencian las insignias I(A) de los S1 o de la juntura S1 con el objeto, entonces se ha vuelto al signo y no al “faire signe” y la mancia se ha colado de rondón. Una desviación semejante es un paso teórico imprescindible si se quiere construir una secta. No existen significaciones nuevas o nuevos surcos en lo real sin un previo cambio de discurso y sus efectos en la doctrina. Por eso lo segundo es índice de que se ha producido la primera.

 

            Si tenemos un paso entre los registros mediado por la letra, o si lo simbólico y lo real no coinciden, o si quieren decirlo así: el binario científico Saber/ Verdad debe convertirse en el triplete Saber / Verdad / Goce (ver el esquema triangular del Seminario XV), ¿de qué lado queda la verdad: de lo simbólico o de lo real?. En la ciencia se supone, mediante el método, que un saber que es verdad es verdadero, es la función verdad. Pero si hay decir, y no sólo enunciación, entre él y el dicho se va a situar esa antigua definición de la verdad «sólo se puede medio-decir». Entre el decir y el dicho se va a dar todo un juego lógico, de forma que uno toma al otro como lenguaje objeto y a la inversa. Pero Lacan no va a usar lenguaje objeto sino existencia e inexistencia. Vayamos por pasos.

 

            Primero debe situar que la verdad es una función simbólica luego no tiene porque coincidir con lo real (cosa ya sabida en la ciencia, si no sólo existiría teoría del conocimiento y no el método, y Descartes no hubiese tenido tanto éxito), pero no debe coincidir «del-todo» y no unas veces sí y otras no. Es decir, la función verdad tiene que ser superada en su bipartición verdadera / falsa, que como bien nos indica Lacan son prácticamente lo mismo, ya que lo falso es la negación de lo verdadero. Aquí aparece la teoría del semblante, la verdad queda del lado del semblante, y sólo su rotura produce efectos de significación fuerte. Luego entre el decir y el dicho se va a situar la denotación, con un significante (y su semblante correspondiente).

 

En lógica científica existe lo que se llama el paso lógico-semántico. Este consiste en una función de paso de la verdad sintáctica a la verdad semántica. Fue el lógico Tarski el que mejor lo teorizó. El enunciado «la nieve es blanca» podemos obtenerlo como verdadero de un razonamiento lógico (verdad sintáctica o simbólica) pero la nieve como objeto denotado ¿es blanca?. Luego hay que decir: « que « la nieve es blanca es verdad » es verdadero ». Para asegurar que la segunda verdad, semántica, es correcta, porque ya no estamos en la lógica sólo, hay que hacer la experiencia de verificación. El método experimental sale aquí al paso. Podemos muy esquemáticamente decir que el decir « es verdadero » aplica sobre el dicho « la nieve es blanca es verdad». El dicho podría a su vez dividirse en enunciado y enunciación: « la nieve es blanca » es verdad. Tarski va ha hacer una sutura y va a decir que las dos verdades se implican, mediante la fórmula:

 

            p es verdad ® p             y            p ® p es verdadero

 

Y concluye que son iguales. No seguimos las excelentes discusiones en la ciencia sobre este tema pero Lacan va decir NO. Son dos caminos distintos y va situar la función fálica como función verdad semántica. Es decir, el paso denotativo (en lógica no se acepta el sentido) de algo en lo real será la Bedeutung del falo. Por eso el falo hace que el inconsciente sea lenguaje, pues la mejor definición de lenguaje es que un lenguaje se puede tomar a sí mismo como lenguaje objeto, pero también a la inversa, es decir, no hay metalenguaje sino intentos del lenguaje de, reduplicándose, aplicarse a sí mismo en los dos sentidos. Por eso el significante fálico es la función de paso semántico de uno al otro.

 

            No hay dudas del rigor del planteamiento lacaniano: ahí donde el lenguaje falla como metalenguaje, está el significante de una falta en el Otro, y al mismo tiempo para poder fallar debe estar el falo. En los primeros trabajos de Lacan (año 60) es ahí donde se encuentre dicho significante donde aplicará la función fálica. En los segundos (años 70), hay dualidad: porque el falo hace que el inconsciente sea lenguaje aparece el significante de una falta y porque aparece dicho significante el falo hace de función semántica. Ahora bien, no podemos partir de que en lo real los objetos a denotar están dados de entrada. De ser así, ya no hay psicoanálisis. Luego hay que construirlos como efectos. Recordamos la tesis de los años 66 «no existe el universo del discurso». Si no hay objetos de entrada en lo real, entonces la Bedeutung jamás puede ser traducida por referencia y por eso Lacan dice que la traduce como puede por denotación. No es referencia, y desde luego, mucho menos una simple designación. Traducirlo así, como se ha hecho por algún autor despistado, supone regresar a la teoría del signo semiótico y perder toda la larga elaboración lacaniana.

 

Ahora, si el falo es un significante, debe, como todos, provenir de la escritura de un discurso, luego debe sufrir un proceso; incluso el sujeto puede rechazarlo (lo necesario no se puede rechazar, Freud ya lo indicó con la pulsión). Por otro lado, hay que introducir la tesis más preciosa del psicoanálisis: lo masculino y lo femenino no tienen inscripción en el inconsciente (Freud); la relación sexual no se puede escribir (Lacan). No escribirse en ese paso de lo real a lo simbólico definido como ravissement. Una vez más hay que diferenciarse de la ciencia, y esta vez definitivamente. Si en ésta lo real es lo necesario (lo que ha tenido por consecuencia que el único real de la psicología sea la necesidad psicológica y la conducta) en psicoanálisis, lo real es lo imposible mientras que lo necesario es la pulsión (como en la ciencia). Pero sabemos que para articular eso que siempre no y eso que siempre sí, Freud nos dejó un mito: el Edipo. El salto ahora será logicizarlo.

 

            Lo que no es un mito es la castración; demos la nueva definición de ella: la castración es estar bajo esa función fálica y no sólo la castración imaginaria, -fi. El falo deberá suplir lo que no se pudo escribir, luego quedará del lado de lo contingente. Lo posible «cesa de escribirse» queda aún algo enigmático y Lacan más tarde lo hace coincidir con las palabras (mots). Evidentemente, la modalización de la escritura no coincide con la de Aristóteles, como no podía ser de otra manera, ya que la de él fundó los principios de la ciencia. En nuestro seminario, este año, nos hemos dedicado a esclarecer estas cuestiones.

 

            Lo fálico como suplencia de la R que no existe: ¿Relación entre quiénes? Tenemos dos seres de lenguaje, luego para diferenciarlos (como hay dos Edipos) se impone otra modalización. Ésta no de escritura del significante, sino de una aplicación del significante al significante: una cuantificación. Es lo mejor que encontró Lacan. Pero una vez más lo va a cambiar todo. Someramente, recupera su lectura de Peirce y la amplía. Primero debe diferenciar vacío (zona vacía como lo tratamos en nuestros trabajos) de ausencia (reservado para la R sexual que no existe) de la clase vacía que es un significante. Esta zona vacía no coincide con la antigua “nada”, objeto pulsional. Hay que hacer tres espacios:

 

Uno, donde existe el significante. Dos, donde no existe significante, pero está la tercera clase de signos-letra posibles, los objetos «a». Tres, donde no hay ni letras. La inexistencia radical. El primero es lo simbólico; lo segundo, los objetos pulsionales; lo tercero, la inexistencia radical. Si se recuerda el nudo borromeo, hay cuatro lugares, y si nos olvidamos del goce sentido (que requiere otra semántica, no lógica sino de sinn) nos quedan: el goce fálico (entre lo simbólico y lo real); el abjeto (entre los 3 registros); y el goce Otro entre lo imaginario y lo real.

 

            Luego debe aceptarse la posibilidad de que las dos particulares (existenciales) sean verdad a la vez, para rellenar el lugar suturado por Aristóteles del equivalente al modo contingente para las modalidades cuantificacionales. Es una segunda negación del todo que denominamos no-todos.

 

            Y ahora el paso psicoanalítico. Construir una segunda negación del todo que no sea la del no-todos sino no-toda. Una manera de negar la existencia como fálica y no fálica a la vez. Ya no será una negación sino una división o una existencia barrada. La tesis en Lacan es «la mujer no existe». También debe construir una inexistencia radical que no sea la simple negación del existencial negado. Será la formula de la inexistencia de la mujer que tanta clínica produce. Una aclaración: Lacan escribe, con los mismos signos que la lógica modal cuantificacional, fórmulas que no tienen sentido más que en el discurso psicoanalítico. En nuestro seminario, hemos propuesto escrituras designativas distintas y así no hay confusión entre la lógica y la lógica del psicoanálisis. Además, esa escritura nos permite recuperar algunas de las fórmulas clásicas y obtener algunas posiciones habituales en la clínica.

 

Ahora hay que eliminar la existencial afirmativa «existe uno que está en la función fálica», camino desesperado, ya que es imposible estar sólo en lo simbólico y, por otro lado, sería reintroducir la existencia del sujeto, que sabemos que es de doctrina que está precluido del sistema. Definido el orden simbólico, hay que definir el espacio del goce mediante un espacio distinto del espacio simbólico. Será compacto (sin un solo poro); cerrado (incluye su frontera); acotado, traducción correcta de borné (no es infinito en extensión). Y sobre él va a actuar esa función fálica como denotación, ahora en el camino de lo simbólico a lo real, ruisselement.

 

Pongamos las proposiciones en el orden que los mitos nos indican. Lo necesario es el padre, la existencia de uno que no está bajo la función fálica. Es una existencia puramente simbólica. Lo posible es su primera negación, todos bajo la función fálica, operación de pura enunciación o fasis y que no asegura ninguna existencia, pues su extensión puede ser vacía. Lo contingente, el no-toda que nos ofrece la segunda negación del todo y lleva a una existencia dividida. Lo imposible, la inexistencia radical, es la negación de la particular negativa del padre, pero una negación del cuantificador existencial. Ésta última funciona como un universal en el fondo, un segundo todo.

 

Sitúese, pues, al varón entre lo necesario y lo posible, y a la mujer partiendo de lo necesario, pero entre lo imposible y lo contingente. Ya Freud decía que tenían un paso más que dar. Nos queda por aclarar un punto. Si el espacio simbólico actúa sobre el del goce, y éste es compacto, entonces debemos entender la fórmulas en un segundo sentido más matemático para sacarles bien su jugo analítico. El “existe uno que no” en lo simbólico es que la función en un punto no está definida, luego ese punto está en lo real (compacto), pero no en lo simbólico; por eso es el padre real. Parece una contradicción pero no lo es. Hemos dicho que era una existencia lógica, es decir, que existe en lo simbólico un punto para el que la función no está definida, luego es el valor de la función el que queda fuera de lo simbólico. Por eso el padre está en lo simbólico, pero marca un goce real exterior; creemos así superar las discusiones en torno al padre real o simbólico que no llevan a ninguna parte. Este goce se le supone pulsional. «El que goza de todas las mujeres». Un todo que el varón deberá eliminar si no quiere entrar en el donjuanismo confundiendo todas las mujeres (que no existe) con la mujer-toda, es decir, un recubrimiento finito del espacio del goce mediante objetos «a».

 

Por el contrario, en el lado femenino, la inexistencia y su clínica manifiesta, por donde la mujer, en tanto privada, entra en la función fálica, la confrontará no sólo con los objetos «a», sino con la inexistencia en el primer paso; y con el goce Otro (entre lo imaginario y lo real) en el operador no-toda (recuperación de una especie de existencia a precio de estar dividida en el goce). Donde el significante de una falta en el Otro vuelve a ella para sustentar algo de esa división.

 

Nos detenemos aquí, con un anhelo: la construcción de un caso siempre se hace a partir de un vector singular, pero el recorrido que hemos efectuado no nos parece mal vector en general.

                                                

 

 

Carlos Bermejo

 

 Barcelona, Febrero 2003



[1] Revista Sylus nº 7. Revista de la Asociación de los Foros del campo Lacaniano de Brasil. Existe traducción en Librería Xoroi de Barcelona.