PsicoanÁlisis, ciencia y escritura

 

 

Tratándose de las relaciones que existen entre el psicoanálisis y la ciencia, quisiera de entrada remarcar que la tesis de Lacan siempre fue que sin el previo discurso de la ciencia no podía aparecer el discurso del psicoanálisis.

 

Vayamos ahora directos al grano: el psicoanálisis supone dos construcciones que no se deben confundir nunca: una estructura de imbricación (el nudo) y 4 discursos. De dichos discursos se desprenden todos los demás, lo que quiere decir que el discurso de la ciencia es un caso particular de los discursos que el psicoanálisis descubre o formaliza. Por otra parte, con dicha estructura se articula el discurso psicoanalítico como uno más. Entonces podemos preguntarnos ¿qué relación tiene el discurso de la ciencia, que es un derivado del discurso histérico y universitario, con el discurso analítico? La primera respuesta es que el discurso analítico es un discurso elemental (no se reduce a una combinación de otros) mientras que el de la ciencia surge de una combinación de varios.

 

Cada discurso, o al menos algunos de ellos, obtienen una cierta producción, entre otras, denominada una doctrina o una doxa. También lo hace el discurso analítico y, sin entrar en los temas de epistemología, es lícito suponer que entre las doxas puede haber una relación. Nuestra opinión, que comentaremos un poco más adelante, es que la doctrina científica supone añadir restricciones o condiciones a la doxa que se desprende del discurso analítico. En consecuencia, aunque en la diacronía del descubrimiento aparezca primero el discurso de la ciencia y luego el analítico, podemos pensar que en la sincronía de la doxa es a la inversa: se trata de qué constricciones o añadidos hay que hacer a la doctrina analítica para que se reduzca a una de tipo científico. Queda claro que en esa reducción se pierde lo central del discurso analítico: el universo de la falta; es por esta causa por la que todo intento de cientificizar el psicoanálisis está abocado al fracaso, lo que no obvia la responsabilidad que tienen los analistas de explorar la rigorización que le es pertinente. Esa pérdida del universo de la falta es la causa que hace decir a Lacan que la psicoterápia (que de ser de orientación analítica es la reducción cientifica del psicoanálisis) reenvía a lo peor. Para alivio recordamos que Lacan propuso para solucionar una serie de temas el denominado psicoanálisis aplicado (Autres Écrits, “Acte de Fondation”).

 

            Quisiera recordar dos de las premisas básicas del discurso de la ciencia. La ciencia partió del hecho de no estar asegurada la correspondencia con un real por el simple hecho de que la doctrina que se desprendía del discurso tuviese coherencia interna. Es decir, por el hecho de que se cumpliesen una serie de reglas o constricciones efectuadas en la sintaxis de lo simbólico, no se aseguraba la correspondencia con un supuesto real. Dichas reglas contienen en su núcleo las leyes lógicas. La verdad en la ciencia supone, además, introducir la verdad empírica. Aceptado que simbólico y real no tienen porqué coincidir, para asegurar lo que denominan isomorfía (mediante la igualación de la función verdad con lo real) se debía añadir el método. Éste aseguraba que lo simbólico que no coincidía con un real supuesto debía ser rechazado. Lo simbólico verdadero coincidía con lo real, y lo falso no coincidía. De este modo, no queda ninguna posibilidad para situar el super-yo desde la ciencia.

 

Quedaba bien claro que lo simbólico podía ser más amplio que lo real. En nuestra doxa, además del mencionado super-yo, diríamos que cuando lo simbólico sólo daba cuenta de lo imaginario, es decir, cuando creaba el sentido, no tenía valor científico. Esto se complica con la aparición de las ciencias conjeturales, en las que se estudia el sentido (el significado saussoriano, en principio es un acercamiento) pero tomado como su real. Diferenciar netamente lo imaginario de lo real es fundamental y Lacan nos lo recuerda en varias ocasiones.

 

            Por el contrario, lo que nunca se plantearon los teóricos de la ciencia es que lo real pudiese ser más amplio que lo simbólico. La hipótesis subyacente en las ciencias, sean formales o conjeturales, es que lo real puede ser sabido, lo que obliga a que sea primero significable y siempre verdadero. De ahí la necesidad del Dios que no engaña en Descartes. En la ciencia, a diferencia (o además) de la filosofía, que algo sea significable quiere decir que debe poder pasar por una rigorización de tipo formalista, es decir, tiene que poder ser escrito mediante letras. Insistimos, el discurso científico efectúa una producción, desde el significante y el discurso, de letras, denominado ruisselement por Lacan. Dichas letras articuladas mediante el concepto de función son las que significan lo real. Y es con esas letras con las que un segundo discurso, el de la tecnología, raya o marca lo real; Lacan lo denomina ravinement. Esa acción de rayar dejará marcas en lo real. Es por eso por lo que Lacan no dijo que el significante mata, sino que la letra mata. El mejor ejemplo es ver cómo vamos matando el planeta poco a poco desde el discurso tecnológico derivado del discurso de la ciencia y del discurso del amo.

 

Ese pasaje del significante por el discurso y la producción de letras, que rayan y crean marcas en lo real, se efectúa en la ciencia mediante una operación de base sobre la que se formulan todas las demás: la función. El camino contrario de lo real a lo simbólico, el denominado contexto de descubrimiento, en el caso de la ciencia no está en la doctrina, sino que reaparece en el método o técnicas de investigación. Entonces la única operación no psicologizante que se podría definir para dicho pasaje sería la función inversa.

 

Entremos ya en nuestra praxis. ¿Qué aporta la estructura que descubre el análisis? Como mínimo dos aspectos muy importantes: uno, que el sentido no es despreciable porque lo imaginario funciona en el nudo como un real más. Dos, que en el camino de lo real a lo simbólico no-todo se puede escribir, luego en el aparato de escritura entre el significado y el significante insiste un imposible. Lo real es más amplio que lo simbólico, y esto jamás había sido visualizado antes de Lacan, ni por el mismo Freud.

 

Para la colusión entre lo imaginario y lo simbólico, Lacan se mantuvo siempre, en cuanto a éste último, entre la estructura del lenguaje y la función de la palabra, y lo hizo con dos operaciones: la metáfora y la metonimia. Dos operaciones del mismo orden en lo que afecta a la generación del sentido, pero radicalmente distintas en lo que se refiere a la significación. La segunda no atravesaba la barra hacia el significado. Esto se aclara mejor cuando se plantea el camino entre lo real y lo simbólico; no lo atraviesa ya que hace el camino en sentido contrario: la metonimia es la que lleva la contabilidad del goce entre lo real y lo simbólico. No es el significante el que pasa al significado sino el significado, que aún no lo es, el que pasa al significante, mediado por la topología; Lacan lo denomina transposición o giro antes de que pueda convertirse en el ravissement.

 

            Para poder elaborar esta complicada doctrina, que si es simplificada, nos permite obtener los presupuestos de la ciencia, Lacan debe elaborar nuevos conceptos de significante y signo, pero sobre todo pasar a un aparato de lenguaje y escritura para el encuentro entre lo simbólico y lo real. A modo de ejemplo, en la ciencia, si suturamos la falta en el Otro, ampliamos el objeto “a” a todo el Otro y a éste lo reducimos a un código (es decir, volvemos a la teoría del signo), la metáfora se reduce a la función y la metonimia a la función inversa.

 

Estos nuevos conceptos del significante a los que aludíamos son, por una parte los S1 que provienen del borramiento de marcas en lo real. No hay que confundirlos con las “huellas” porque una huella supone el concepto de signo, lo que representa algo para alguien y aunque pueda desdibujarse y devenir significante, no es el mismo proceso que el de los significantes-maestros. Este último proceso de desvanecimiento de la huella, determina la diferencia entre el rasgo unario, usado para el Ideal, y lo uniano usado para el S1. Recordamos que los S2 pueden provenir del paso de una imagen a significante y no son en absoluto lo mismo que los S1, aunque en la cadena significante, tal como la define Lacan en el Seminario “Encore”, los S1 y los S2 pueden intercambiarse una vez están articulados como significantes en la cadena borromea de hilos. Por otra parte, más allá del borde que el significante define, el objeto “a”, puede devenir el signo del sujeto.

 

Una precisión: la marca no define ningún borde en lo real; es cuando pasa a ser significante, es decir, cuando es leída, cuando aparece su borde-frontera como el objeto “a”, frontera frente a lo real. Éste es un punto difícil de teorizar porque en él se articulan dos tipos de letras, las letras de la instancia de la letra, las que dan soporte material al significante, y las letras producto del discurso, donde el significante debe encontrar un alfabeto (venga de donde venga y que será el tercer tipo de letras) para articular su pasión sobre el significado. A la inversa, si el ser vehicula la letra, ésta debe poder pasar a la letra soporte del significante o quedarse como objeto “a”.

 

Uno de estos alfabetos es la teoría de conjuntos cuyos bordes y cierres se articulan en la topología. Una ampliación de dicho alfabeto es la teoría de cadenas significantes y los espacios que con sus cortes se definen. Otro alfabeto podrá ser el de una lengua concreta. Incluso podemos plantearnos si los estudios sobre los trazos mínimos, sea en la pintura, la escultura o el cine, no son más que intentos de construcción de nuevos alfabetos. También podemos decir que el psicópata perverso tiene su propio alfabeto y, por ejemplo, escribe con tinta de gasolina y pinceles de mecha.

 

En el borde de dichas escrituras es donde se articula la letra del significante con la letra de los objetos “a”. Sólo la topología como base de una lógica nueva puede orientarnos ahí. Tenemos, pues, que en ese encuentro, donde la relación sexual no se puede escribir, el sentido articulado mediante lo imaginario vendrá a poner un tapón sintomático. Es aquí donde las letras soporte del significante, lo real de lo simbólico, deben articularse con las letras  del litoral entre lo simbólico y lo real, sean los recubrimientos finitos del Otro, o filtros, o cualquier cosa que sea lo simbólico de lo real, y pasar por las letras escritas del alfabeto.

 

            Recordemos que el paso de lo simbólico a lo real vía metáfora (paso que es mejor denominar condensación) se efectúa mediante las letras que llueven del semblante, en palabras de Lacan. Mientras que por el contrario, en el paso de lo real a lo simbólico, se pasa de la marca al significante sin la mediación de la letra, o mejor dicho, la mediación debe ser la topología y el objeto “a” (así lo indica Lacan). Que sea la topología supone que, de entrada, es lo ilegible lo que aparece, luego no son signos. Si fuesen signos el destino estaría escrito y el psicoanálisis deviene mancia. Por el contrario, aprender a leer lo ilegible mediante la metonimia (que es mejor llamar traspaso) que una estructura topológica aloja, es la praxis común y diaria del análisis.

 

            Queda entonces la dificultad de articular las letras de los objetos “a” con la letra soporte del significante, letras que suelen estar empotradas a su vez en la nominación que el sujeto se da.

 

            La articulación entre dichas letras no siempre debe venir por la vía formalista, sino que muchas veces ha sido adelantada por otras formas de rayar un real: el arte, la danza y la literatura de creación en general, sin olvidarnos de la música, que siempre es dejada de lado. Las diferentes formas, mas allá de los efectos de sentido, transmiten un cierto trabajo de acercamiento a dicho real imposible. No creo necesario recordarles el tratamiento por la pintura de enfermos mentales, o, simplemente, el desahogo que se encuentra en los trazos de escritura, o el afecto-emoción movilizado por la música. El arte en general, aunque muy mediado por las técnicas de lo imaginario, ha buceado mucho antes que los psicoanalistas en ese litoral. Unas veces en forma de realizaciones imaginarias directas de él (la escultura y la arquitectura); otras, como simbolizaciones imaginarias (la novela); otras en las que está ya incorporado el cuerpo del artista, sea la danza o la performance. Pero últimamente, tras los trabajos sobre el trazo de Picasso, Miró, o la danza actual y otros, parecen acercarse a dicho litoral con la menor vestimenta posible. Y creemos firmemente que hay que volver a estudiar el registro imaginario para encontrar una mejor rigorización del encuentro de lo real y/o el significante con la imagen sin intermediación simbólica (pero sí sostenido por la presencia del objeto “a”). Y que no se entienda esta vuelta a Lacan, que nos parece imprescindible tal como se despliega el movimiento del análisis, como una regresión. Seguimos así la enseñanza lacaniana a la letra (Écrits, pág. 366)

 

Carlos Bermejo. Barcelona, 20 de Octubre