Apreciado lector o lectora:
Probablemente haya llegado hasta esta página en busca de un profesional de
la psicología, o tal vez sólo con intención de saber algo más sobre esta
disciplina. En tal caso, los textos y escritos que se incluyen en esta página y
los de los enlaces insertados pueden crearle una sensación de confusión y
hacerle pensar que se trata de un tema que nada tiene que ver con las ideas
previas que pudiera tener o con el problema concreto que le haya impulsado a
interesarse por la posibilidad de consultar con un profesional de la
psicología.
Esto es debido al hecho que los textos que aquí se encuentran están
pensados por y para profesionales; y además, se refieren a una rama concreta de
la psicología, la del psicoanálisis, que, aunque sea un término ampliamente
conocido por la población en general (¿quién no ha oído hablar de Freud y del
subconsciente?), suele confundirse sin más con el resto de escuelas de
Hemos hablado hace un momento de la popularidad del término
“psicoanálisis”; ahora bien, esta popularidad no impide que el psicoanálisis,
como sistema terapéutico, sea un gran desconocido y, por qué no decirlo, un
poco incomprendido incluso dentro de la psicología clínica; dos factores pueden
haber contribuido a tal estado de cosas: por un lado, la banalización que a menudo
se ha hecho del psicoanálisis a través de la televisión, el cine (desde
Hitchcock hasta Woody Allen, aunque hay que reconocer a este último que lo ha
hecho con un sentido del humor impagable) y la literatura de autoayuda tan de
moda. Por otro, y paradójicamente, la excesiva trascendencia que se le ha
querido dar al relacionarlo con el ritual religioso de la confesión, donde el
terapeuta ocupa el lugar del sacerdote en una especie de ceremonia de la
confesión laica (en una sociedad donde se empiezan a celebrar hasta bautizos
laicos); de ahí al recelo cientifista, siempre a la greña con los dogmas
religiosos, sólo hay un paso.
El psicoanálisis es, pura y simplemente, una experiencia con voluntad de
curación. Como tal, se ocupa de los trastornos psicológicos de todo tipo con la
finalidad de conseguir su curación. Como cualquier terapia (incluídas las de la
medicina occidental moderna), no es una panacea. Y como cualquier terapia, está
sujeta a la aparición de nuevas teorías, nuevos retos, nuevas enfermedades y
nuevos enfoques. El psicoanálisis que Freud practicaba podía ser adecuado para
la sociedad y los problemas de finales del siglo XIX y principios del XX. Sin
dudar de la validez de la mayoría de principios que Freud enunció por primera
vez, el psicoanálisis ha evolucionado a lo largo de su historia, como cualquier
otra ciencia; los descubrimientos y teorías de Einstein, por poner un ejemplo,
revolucionaron la física moderna de manera irreversible, aun cuando algunos de
ellos resultasen ser erróneos, sin que ello haya restado a Newton ni un ápice
del mérito por haber enunciado la ley de la gravedad.
La base de la terapia psicoanalítica sigue siendo la palabra. He aquí otro
elemento que quizá resulte chocante: estamos demasiado acostumbrados a buscar
la curación a través de la medicación, al efecto tranquilizador de saber que
hay un medicamento para cada dolencia (al menos, eso creemos). Y sobre todo, a
esperar que la curación sea inmediata, y esperamos lo mismo para cualquier
dolencia, sea de la naturaleza que sea, y que sirva por igual a cualquier
persona aquejada de los mismo síntomas.
El psicoanálisis no niega la validez de algunos fármacos para ayudar en la
curación de determinados trastornos psíquicos; ahora bien, la base de la terapia
psicoanalítica consiste en atacar el origen de la enfermedad, no sólo sus
manifestaciones externas. Y ese origen suele estar dentro de la historia
personal de cada paciente, de manera que sólo él o ella tienen la clave para
abordar la posibilidad de una curación. Por lo tanto, sólo a través de la
palabra puede esa historia materializarse, convertirse en objeto de estudio y
análisis.
Ahora bien ¿cuál es el papel del terapeuta? ¿Qué le diferencia del
confesor? En primer lugar, y es fundamental, el psicoanalista no busca la
“redención” de las “culpas” del paciente, ni se propone sanarle a través de una
“penitencia”. El material que el paciente expone al estudio del terapeuta es,
para éste, un objeto de escucha, no de juicio moral. El psicoanalista busca la
curación de un trastorno psíquico y del sufrimiento que, en la mayoría de los
casos, empuja al paciente a su consulta, y que suele ser el síntoma más agudo
de estos trastornos.
Por otro lado, no se debe esperar del psicoanalista una lista de consejos
bienintencionados que orienten al paciente en su vida cotidiana. Cualquier
familiar o amigo, con mucha más autoridad, podría hacer eso. De hecho, se suele
recurrir a la terapia cuando ni los consejos de los allegados ni el propio
sentido común consiguen evitar la enfermedad, cosa que, por otro lado, no
debería sorprender ni causar sensación de frustración ni en el enfermo ni en su
entorno. Nadie encuentra extraño que un enfermo de hepatitis sea incapaz de
curarse a base de sentido común; no cabe, por tanto, tratar al enfermo psíquico
como a una persona “incapaz” y hasta cierto punto irresponsable de sus propios
problemas de salud.
¿Qué hace, pues, el psicoanalista? Todos hemos visto gags humorísticos en
que el paciente, tumbado en un diván, diserta sobre su infancia mientras el
psicoanalista da una cabezadita. De este cuadro sólo el diván, y no siempre, es
real. El psicoanalista escucha y reconstruye, con el material que el paciente
le proporciona a través de su palabra, esa historia personal que sólo el
paciente conoce, casi siempre en mucha más profundidad de lo que él mismo cree.
Hemos dicho “reconstruye”, y lo decimos en dos sentidos: por un lado, rehace “literalmente”
una imagen de aquello que el paciente dice saber; y por otro, construye una
imagen de lo que, a veces sin ser consciente de ello, el paciente sabe.
Y de la comparación de esas dos literalidades, la segunda de las cuales podría
compararse con un negativo de fotografía, o mejor aún, con el reverso de un
tapiz, llega a salir un saber, que debe volver al paciente para ayudarle a
reajustar la imagen que de sí mismo y su historia ha tenido hasta el momento.
Es como una ecuación en la que hay dos términos igualados, pero expresados de forma diferente y estructurados de forma distinta; aunque, a
diferencia de una ecuación matemática, el resultado de uno y otro término no
necesariamente ha de ser el mismo. Es decir, el paciente ha de finalizar su
tratamiento con una estructuración de sí mismo mejor y diferente de la que
tenía al comenzar. Y ésta es la función del psicoanalista: estudiar los
tapices, descubrir, junto al analizante, sus nudos,
sus hilos sueltos, sus pequeños desgarrones, para reparar, siempre que sea
posible, y asumir el tapiz en su totalidad: en el anverso y en el reverso.
Así pues, es como un guía turístico del sujeto, que acompaña al analizante en el viaje, siempre
apasionante, de la palabra en su pentagrama luminoso, ya sea descubriendo
aquello que se desconocía (siempre es mucho menos de lo que se cree), ya sea
redescubriendo, reestructurando aquello que ya se sabía, pero quizá se sabía de
manera confusa, equívoca y que hacía síntoma.
De este viaje el paciente sale siempre enriquecido y fortalecido, nunca
inmunizado. La terapia psicoanalítica no es una vacuna contra los problemas y
sinsabores de