Carlos Bermejo
Mozas
Desde
el Nudo
Guía para una lectura
posible de la obra lacaniana y la clínica que con ella se articula

Depósito
Legal nº B18261/2005
- Desde el nudo. Guía para una
lectura posible de la obra lacaniana y la clínica que con ella se articula.
Quisiera
primero hacer unas reflexiones sobre el Edipo, la castración y la pulsión. El
Edipo, en Freud, es un mito; la castración no lo es, y la pulsión vuelve a ser
un mito. El Edipo podemos situarlo en 1910, en un artículo “Sobre un tipo
especial de elección de objeto en el hombre”, continua en Tótem y tabú, La
organización genital infantil y otros muchos como La feminidad, etc.
De la castración, de momento, no voy a hablar, y sobre la pulsión tenemos Tres
ensayos…, Las pulsiones y sus vicisitudes, La denegación, Más
allá del principio del placer, etc.
Freud
abordaba los problemas siempre desde tres puntos de vista: el dinámico, el
estructural, que denomina tópicas, y el económico, al que hoy denominaríamos
del goce. No entramos en el dinámico y sí en el tópico. Freud tiene la tópica
del narcisismo elaborada en un esbozo en El proyecto… para neurólogos y
en Introducción al narcisismo del año 1914. Por otro lado la tópica del
inconsciente tiene una serie de artículos mucho más larga. Empieza con La
interpretación de los sueños, continúa con El chiste y su relación con
el inconsciente y con Psicopatología de la vida cotidiana. Sobre el año 1914, nos da una cierta dinámica en los dos
artículos “Lo inconsciente” y “La represión”. En cambio, la cuestión de la
pulsión que vamos a denominar la tópica del goce, la aborda de una forma
no-tópica, sino desde un punto de vista energético, cosa que sabemos que le
llevó a un atasco, igual que a Lacan en el Seminario XI con el
cálculo de flujos atravesando superficies. Lo hace Freud en dos artículos
fundamentales: El problema económico del masoquismo y Más allá del
principio del placer, donde introduce la pulsión de muerte, es decir, una
cierta tópica de las pulsiones, pero sigue sin salir del mito pulsional.
Estos tres aspectos: lo narcisístico, lo inconsciente y lo pulsional, en Freud intentan juntarse o articularse en tres artículos difíciles: Duelo y melancolía, Psicología de las masas y análisis del yo y El yo y el ello. En ellos se mezclan aspectos de lo narcisístico, de lo inconsciente y de lo pulsional, amén de estructurarse la segunda tópica que Lacan prefiere denominar “estallido del sujeto”. Pero no consigue dar una articulación completa de las tres tópicas y su dinámica.
Lacan
relee todo esto y sitúa el narcisismo dentro de una tópica especial que
denomina tópica de lo imaginario. Por otro lado, relee la tópica del
inconsciente girando su orden entre la percepción y el preconsciente, pero
además introduciendo la estructura del lenguaje que le lleva al significante y
al significado. Al final de su obra aborda lo que denominó “la tópica del goce”,
que quizá sería mejor denominar “el litoral” más que una tópica dentro de la
cual están las fórmulas de la sexuación. Entonces va a intentar, cuando ya las
tiene, una articulación de las tres en una sola “estructura espacial”. Pero lo
va a hacer manteniendo y, sobre todo, preservando lo que había denominado el
universo de la falta: falta que en cada registro tomará forma distinta. Además
debe haber en cada uno de ellos un elemento, significante u objeto o imagen que
nos permita situarla, ya que no es lo mismo la falta (denominada después
“agujero” en cada registro), que su simbolización o su imaginarización o
significación en cada uno de ellos.
Los
elementos son las imágenes que entre sí están fragmentadas; es su falta
estructural, es decir, que no están articuladas entre sí por ninguna lógica;
ésta la aportará el espejo. Por eso debe haber una imago del cuerpo
propio que haga de aglutinador o núcleo. De ahí que aparezca siempre la tensión
del fantasma imaginario del cuerpo despedazado. Ahora bien, el narcisismo no es
sólo las imágenes y la imago corporal, sino que supone introducir algo
más que es el falo imaginario. Más tarde añade un segundo objeto denominado el petit
“a”. Resumiendo mucho, es i(a) +
, de tal manera que en el espejo i’(a) +
, por tener
la orientación
perpendicular al espejo con sentidos contrarios en los dos casos, permita que
las dos imágenes juntas sean especulares, es decir, distintas en la
orientación. En consecuencia, no se efectúa la regresión a la fase del espejo,
donde lo especular (en el sentido de imagen en el espejo) sea no-especular y
por tanto paranoico, mortífero y agresivo.
Sabemos
que mientras un psicótico está identificado con ese falo no regresa a esa fase
aunque no tenga el falo simbólico. Por eso, en Freud la castración,
, que simboliza la falta como un agujero en medio de las
imágenes, siempre representó un ataque al narcisismo. Evidentemente, nada de
esto se sostendría sin el significante del otro registro; de ahí que en el
espejo se necesite también el tercer registro simbólico.
Clínicamente
sabemos que los sujetos psicóticos, cuando caen de dicha identificación, tienen
una pérdida de realidad y ésta pasa a estar sostenida por el trastorno
narcisista, de ahí que el yo se haga maníaco y pase de perder el mundo a
incluirlo todo. Es decir, si no hay fantasma, la realidad se sostiene de dicho
narcisismo, lo que nos explica muchas de las anorexias actuales, y además
estará luego la tentativa de reconstrucción que conocemos.
Esto
no le pasa al neurótico porque tiene otro tipo de objeto, que en este caso no
quedará extraído de la realidad: el objeto petit “a”, que, sostenido por
el fantasma, efectuará un sostenimiento del narcisismo. Les recuerdo el enfoque
de las flores en el “Informe sobre… Daniel Lagache” y “la prueba por el objeto
‘a’ en el Seminario XI”. Lacan no va a basar el narcisismo, o su primera
etapa autoerótica, como Freud, en el falo imaginario, porque sabe que eso va a
caer tarde o temprano. Entonces la no-vuelta al estadio del espejo está
asegurada por una imagen especial que recubre el objeto causa del deseo del
fantasma.
¿Qué
son estos objetos? Un tipo especial de imágenes denominadas no-especulares, es
decir, imágenes de objetos cuya imagen real no puede diferenciarse de su imagen
virtual en nada, ni en la orientación. Recordamos que hablamos de objetos que
ocupen espacio tridimensional, no como i(a), que no lo ocupa y que por eso es
no-especular, pero, como no aporta tridimensionalidad, no sirve para el
narcisismo. El espacio libidinal: sabemos que envuelve al cuerpo traspasándolo.
La
diferencia en la orientación permite que el otro sea distinto al yo y que pueda
darse la identificación al yo-ideal. Entonces i’(a), envuelto o cosido por el
borde con “a”, sí que es especularizable en tanto mantiene dos orientaciones
distintas entre la imagen real y la virtual. No explicaré ahora por qué, pero
les remito a la inmersión del plano proyectivo en forma de cross-cap.
Cuando como en “Duelo y melancolía” esto no es así y la sombra del objeto cae
sobre el yo, de manera que el objeto no se articule con él, entonces vemos al
yo intentando asimilar el objeto extraído de la realidad mediante los lenguajes
pulsionales, y eso se ve muy bien cuando es el objeto oral en las anorexias
maníaco-depresivas, muy habitualmente confundidas con histeria por el hecho de
no sufrir trastornos del lenguaje.
Los
elementos son significantes, diferenciados poco a poco en dos tipos S1
que serán los antiguos significantes denominados en “Subversión del sujeto…”
‘términos de pulsión’ y S2 denominados ‘Saber’ del Inconsciente,
significantes que en un punto deben copular. Estos significantes deben aplicar
sobre otra cadena obteniendo el significado y el resto “a” causa del deseo.
Saben que en cada operación significante va a quedar este resto
insignificantizable que Lacan al principio representaba mediante dos tipos de
signos (del lógico Peirce): ‘índices’ y más tarde ‘emblemas’. Es un vacío en el
núcleo de los significantes y del significado, la imposibilidad de
sincronizarse el significante y el significado, la imposibilidad de la
identidad de percepción en Freud, de ahí que Lacan lo grafique mediante un
toro, de manera que “fuera” de los círculos del significante en la demanda sea
el agujero tórico, y que los círculos que lo ciernen sean entonces los del
deseo.
Vacío
en toda demanda, a ese resto de las operaciones significantes es al que el
objeto petit “a” de lo imaginario pone imagen, pues en el fantasma ese
objeto tiene una cara imaginaria que ya hemos visto. Esto supone estar en la
neurosis o en la perversión, lo que implica que dentro del sistema significante,
dentro del Otro de la palabra, esté el falo
simbólico reprimido:
, punto en el que metalenguaje y lenguaje se confunden - no
existe el metalenguaje afirmamos.
La
falta estructural en el registro del Inconsciente es que el Otro está barrado,
pero hay que significarla con un significante “de una falta en el Otro” y esto
es lo que permite que se estructure un fantasma en forma de plano proyectivo
que articula la realidad y que no sea sólo el narcisismo estirado en el esquema
I. Ese plano proyectivo permite que “dentro” y “fuera” estén en continuidad, ya
que su inmersión en el espejo produce el cross-cap que, por ser
unilátero, es decir, in-orientable, pone en continuidad (en los atravesamientos
por la zona singular de la raya de autoatravesamiento) “dentro” con “fuera”.
Volviendo
a nuestro ejemplo, el de las anorexias maníaco-depresivas, éste nos enseña a
entender y diferenciar cuándo se trata de histeria o de psicosis. En la
segunda, el cuerpo imaginario es como un tubo que pone en relación el interior
y el exterior, de ahí que no se pueda retener nada. Lo íntimo y lo exterior no
pueden ser lo éxtimo; mientras que cuando sí que está el plano proyectivo,
entonces el objeto puede quedar en el interior del sujeto, ya que el objeto en
el fantasma tiene una imagen y no sólo es cernido como el vacío del agujero
tórico.
Dicho
de otra manera, si sólo se funciona con el toro de la demanda y el deseo no hay
manera, debe estar el plano proyectivo permitiendo el corte inverso (el que
Lacan sitúa en L’étourdit). Tenemos así la segunda cara del objeto: la
causa del deseo como recorte del plano proyectivo sobre el toro, operación
denominada también involución significante.
Si el falo está forcluido, entonces ya no sólo
tenemos, como en el caso de forclusión del
, la psicosis maníaco-depresiva, si fuese el caso,
sino que tenemos el desbarajuste entre el significante y el significado que
produce la paranoia que deja al sujeto atrapado en la creencia. Ahora bien,
recuerden la fórmula de la metáfora paterna: NP está fuera del Otro
metaforizándolo, eso supone un cierto Otro del Otro, es decir, que la ley se le
imponga al Otro. Aspecto que Lacan deberá corregir cuando el nombre del padre
ya no será un significante, y el falo, como semblante, será uno de sus nombres.
Del
goce
Vamos
a deshacernos del mito de la pulsión y sustituirlo por una estructura de lógica
escrita. En Freud, la pulsión tenía un recorrido hacia una meta con un empuje,
pero además tenía un objeto y una zona erógena. Por otro lado, los
representantes de la pulsión en el inconsciente eran dos: el afecto y el Vörstelung-raëprasentaz.
Lacan, al primero, lo va a denominar lo afectado, es decir, afectado por ese
resto del efecto significante, y al segundo lo va a situar del lado del Saber
del Inconsciente y no de la pulsión. Es el cambio que hace para corregir a
Freud y no caer en la contradicción de que se pueda reprimir la pulsión, cosa
que ni Freud decía.
Además inventará los significantes del
recorrido, los significantes Uno que provienen de las marcas, de forma que así
la pulsión represente, como significante, al sujeto para otro significante que
no lo representa en ningún caso; es decir, que este segundo significante podrá
representar al Saber del Inconsciente, el cual no tiene que provenir
forzosamente de marcas, sino que puede proceder de imágenes pasadas a
significantes, etc. La pulsión representa así al sujeto pero no tiene sujeto.
Sólo el Inconsciente tiene sujeto, dividido, por supuesto; por eso el
inconsciente y la pulsión no pueden ligarse por el sujeto, sino por el objeto,
lo que supone que se haga por sus bordes. Son los discursos.
El
afecto, en tanto pasa a ser lo afectado, permite dar a la pulsión un objeto,
pero un objeto no del tipo energético, sino del tipo plus-valía producida por
un recorrido. Es el plus-de-goce, elemento obtenido tras un trabajo de
discurso. Entonces, fíjense que el mito del paso de lo orgánico a lo psíquico
deviene un aparato de escritura modalizado: A) lo que se escribe que podrá
devenir significante S1; B) lo que no se escribe mas que en sus
litorales como letra será el plus-de-goce; C) lo que es imposible de
escribir quedará como real. Hemos cambiado, pues, un mito por un aparato lógico
de escritura. La pulsión pasa a ser lo necesario y no lo real, que queda como
lo imposible; eso ha supuesto salir del modelo científico aristotélico. Por eso
Lacan recurre a reformular su lógica.
El
objeto queda dentro de lo simbólico, aunque no dentro del significante: estas
letras están en el lenguaje, pero no del lado de la palabra como la
significación fálica, sino del lado del lenguaje en su otra división: lo
escrito. Insisto, estas letras como subconjuntos van a tener que ser recortadas
en el espacio del Otro, pero visto como el Otro del goce y no el Otro de la
palabra, lo que supone ver al Otro también como un espacio, un conjunto y sus
subconjuntos, y no sólo como un sistema significante. Recortados esos
objetos-letra en los límites de la significación fálica, si la hubiese, y si no
hay que ver qué tipo de significación puede haber. Esto quiere decir que ni
los significantes pulsionales, ni los objetos pulsionales están dados de
entrada como la clínica de los autistas demuestra; deben ser construidos con
alguna operación.
Recortar
el objeto supone dividir a ese Otro en dos partes (separarlo): una parte densa
que podrá ser significantizada, es decir, podrá devenir el significado (lo
significantizable), y otra compacta (cuyo infinito será aleph1 no
aleph0) que siempre quedará como un plus-de-goce. Entonces
una cosa es el Otro y otra el Inconsciente. El Otro es un espacio, el
Inconsciente aparece en los decires; requiere, pues, una dimensión temporal y
una dialéctica. Y ahí vemos cómo, dependiendo de sí ese decir está en una
fórmula de cuantificación del falo u otra, o en ninguna, serán distintas las
diferentes posibilidades de recorte o añadido de letras.
Conclusión
Este plus-de-goce
es el que la causa de deseo recubre fantasmáticamente, y así tenemos las tres
caras del objeto. Objeto que denomina Lacan “abjeto” para que ninguna de sus
caras pertenezca a ningún registro en particular. Es decir, que lo dicho hasta
este momento hay que anudarlo, para que se articule a la vez, mediante unas
operaciones de condensación especiales a las que Freud se refiere como primera
identificación al padre o padres. Es así como este abjeto y sus tres caras
viene a construirse. No quiero entrar en lo que se ha denominado forclusión
generalizada, justamente porque no tiene en cuenta que se debe hacer esa
operación teniendo en cuenta el registro imaginario, ya que de lo contrario no
hay manera de construir ese objeto. Pero lo más importante es que hemos unido
las dos tópicas y el goce en una sola estructura, el triskel del nudo
borromeo. En él las tópicas funcionan, y cada una de ellas tal como se habían
definido de forma dualista, pero ahora vemos que siempre quedan atravesadas por
otro registro.



En
rojo lo simbólico, en negro lo real y en ocre lo imaginario. Por ejemplo, la
tópica del inconsciente, simbólico sobre real, está atravesada por el hilo
narcisista, tal como Lacan lo situó en el esquema L. La tópica del espejo, en
la que tenemos lo imaginario sobre lo real atravesado por el hilo simbólico, es
decir, las imaginarizaciones de lo real están atravesadas por lo simbólico.
Además, en cada tópica vemos como en su vecindad está una de las caras del
abjeto, pero siempre la que corresponde al registro que se atraviesa, es decir,
la cara que no pertenece a los dos registros principales de la tópica. Esto ha
hecho que fuese difícil seguir bien el trabajo de Lacan con respecto al objeto.
Por ejemplo, en la tópica del espejo es la causa del deseo la que está
actuando, y en la tópica del inconsciente es el objeto petit “a”. De igual
forma en la tercera tópica, de la que no hemos hablado: la del sentido,
simbólico sobre imaginario atravesado por lo real, el objeto es el plus-de-goce.
Fíjense
que entonces no hay tópica del inconsciente sin su atravesamiento por lo
imaginario: es el nudo que Lacan maneja en “Encore”, simbólico sobre real (o a
la inversa), anudado por lo imaginario. De la misma forma no hay
imaginarización de un real sin estar atravesado por un simbólico, no dominado
como Lacan lo plantea al principio en la tópica del espejo.
Ahora pensemos las tópicas en sentido inverso, en la tópica del inconsciente en sentido inverso o escritura inversa que denominamos de lo real sobre lo simbólico: ésta está atravesada por lo imaginario. En ella tenemos la tópica de lo que se escribe o no se escribe. Por su parte, la tópica inversa a la del espejo, lo real sobre lo imaginario, está atravesada por lo simbólico; ésta es la que está tratando de elaborar Alberto Caballero. Tópica que quizá nos lleva a las realizaciones. Vemos entonces cómo, según se mire el sentido de los hilos, tenemos distintos goces: de la significación fálica, narcisístico, de la escritura, o goce Otro, el sentido (y ¿uno más?).
En el goce que no hemos trabajado, el sentido, lo
simbólico sobre lo imaginario atravesado por lo real, aparece la que sería la tercera
tópica: tenemos un real que le atraviesa, hemos dicho, y que Lacan dice que
está en la gramática, lo que nos reenvía al plus-de-goce en ‘lalengua’
que nos parece mucho mejor manera de abordar el tema que mediante ‘la fuga del
sentido’. No ponemos más ejemplos porque son como mínimo 6 casos.
Para finalizar, insistimos en que no aplica bien el
concepto de tópica al goce reservando, el concepto tópica para los posibles
encuentros del nudo y sus goces sustitutivos del que “es preciso que no”.
Creemos mucho más acertado hablar de “nudo del goce” que incluye tres tópicas:
Inconsciente, espejo, sentido y sus respectivas inversas.
Desde
el Nudo
Puesto
que en psicoanálisis hay tres registros y no dos, como en la ciencia, debemos
ver la especificidad de cada uno y su articulación con los otros tres. Además,
no debemos olvidar que la especificidad del psicoanálisis es el universo de
la falta que aparecerá en cada uno de ellos. Seguiremos el camino de
explicar en tres apartados cada una de las modalidades que dicha falta tiene en
cada uno de ellos y su articulación con las de los otros dos. Obtendremos las
subjetivizaciones y las consecuencias que de ellas se derivan y llegaremos así
a la articulación que hace el sujeto hasta llegar al cuarto nudo, también
llamado el nudo del sinthoma. Nudo que será la respuesta del sujeto a
dicho universo de la falta del cual surge y al cual debe dar alguna posibilidad
de tratamiento.
El
psicoanálisis es un discurso que no se basa en la consistencia interna y la
adecuación de la doctrina a lo empírico mediante el recurso a lo experimental,
una simbolización de lo real, sino que hay otras posibilidades. Por ejemplo, en
lo simbólico y las simbolizaciones y significaciones que se hagan con él de lo
real y de lo imaginario[1],
nunca se podrá suturar el universo de la falta. Esta falta es central a todo el
entramado, tomando diferentes formas para cada registro, y obteniéndose de cada
una de ellas un elemento que la sitúa remarcando lo imposible de suturar,
elemento que entra a formar parte de la estructura del aparato psíquico.
Los
registros deslizan entre ellos y no pueden tener puntos en común. De lo que se
desprende que habrá encuentros; dichos encuentros, en psicoanálisis, se sitúan
mediante tópicas, articuladas entre dos registros o teniendo en cuenta, o no,
el tercer registro. Pero además de explicar las leyes (consistencia) de cada
registro, su falta y el elemento que la sitúa, Lacan hace intervenir siempre un
cuarto elemento denominado abjeto (abjet). Este cuarto elemento hace, o
puede hacer dependiendo de la estructura clínica de cada sujeto, que los
registros no deslicen ni entren en continuidad. Es lo que conocemos como
condensación primera o triskel[2].
Resumiendo, una lógica y una falta para cada registro, una operación que la
sitúa en la estructura del sujeto y un elemento añadido.
Para
lo imaginario, las leyes son las de un espacio óptico de imágenes, la falta es
la fragmentación de dichas imágenes, y la consecuencia, que se tenga que
construir una imago del cuerpo propio que las aglutine, i(). Estas
imágenes podemos considerar que forman una tópica entre lo imaginario y lo real
del organismo y el del semejante.

Recordamos que aquí a’ es el semejante, no el abjeto.
La falta es situada o “sentida” en la estructura del individuo mediante la
fantasía de cuerpo fragmentado, que es una “operación” entre imágenes, y la angustia
correspondiente en el Moi.
Ahora lo que debe ser construido en dicha tópica
es el narcisismo, que es algo más que una simple imagen. Para ello aparece un
objeto especial j que proviene de otro registro, pero que se articula aquí como un signo
degradado. También podemos definirlo como el objeto que marca la falta-en-ser
de

es el que, añadido y
perpendicular a la imagen yoica i(), (i()+
), hace que las imágenes en el espejo sean iguales excepto en
la orientación. Las imágenes yoicas no son diferenciables porque no son
orientables en la referencia tridimensional del espejo ya que son
bidimensionales y paralelas al espejo. De todas formas, en dicha
bidimensionalidad sí se puede establecer una orientación menor: la izquierda y
la derecha, que ya es simbólica y no propiamente imaginaria. Si no son
diferenciables no son especulares, con lo que por sí solas entran en
transitivismo especular. Para impedirlo, el falo imaginario debe situarse
perpendicular a la imagen yoica para que tome en cada uno de los dos lados del
espejo una dirección contraria.

Siendo la línea vertical el espejo plano. Recordemos
que Freud sitúa una fase autoerótica previa a la pulsional, en la pulsión escópica,
etapa en la que el sujeto mira su miembro sexual.
Ahora bien para que el falo imaginario cumpla esa
función debe estar sostenido por un tercer registro, lo simbólico, entre
imaginario y real. La triangulación de las imágenes con
deben sostenerse
mediante una identificación del sujeto con
, y ésta depende de un triangulo simbólico M-Falo-Ideal,
resultando que los déficits de éste producían problemas en el triángulo del
espejo. Entonces los elementos que provienen de lo simbólico
actúan sobre dicha tópica, cambiando en la tópica el significante M, del
esquema R, por el sujeto dividido que nos parece más conforme al Escrito
“Informe sobre ……Lagache”. Queda así:

Es decir, el sujeto dividido y la identificación
primaria que constituye el Ideal. El sujeto dividido provendrá de la relación
. Este
camino nos lleva ya al segundo registro, pero antes una reflexión y el cuarto
término.
Un tema debe quedar muy claro: todo sujeto cae un
día u otro de dicha identificación imaginaria con
, y entonces es cuando se pierde la especularización que
sostiene el narcisismo, de ahí que sea el objeto “a” el que debe sostenerla en
el neurótico o en el perverso.
El objeto “a” que está dentro de i(), i(a), debe ser
un recubrimiento imaginario del objeto “a” del fantasma (en el que se trata del
objeto “a” simbólico). ¿Cómo efectúa “a” la especularización? En un espejo
plano hay dos tipos de imágenes, virtuales y reales, totalmente distintas:
aquellas cuya imagen real y virtual son exactamente iguales incluso en la
orientación y las que son iguales pero distintas en la orientación. i() y i’()
son siempre iguales incluso en la orientación (porque son bidimensionales y
paralelas al espejo), lo que hace que sean no-especularizables, por lo que si
cae
tenemos la regresión
mortífera al estadio del espejo. Pero si a un jarrón, i(), le añadimos una
banda de Möbius, que es a su vez no especularizable obtenemos un plano
proyectivo inmergido en el espejo.
La banda no es especularizable porque, aunque ocupa
espacio tridimensional, resulta que entre una banda y su imagen en el espejo no
se puede hacer diferenciación porque es inorientable, luego es no-especular por
otro motivo diferente al i()[3].
Esta banda es la que Lacan denomina objeto “a” en lo imaginario, petit “a”,
o, como diríamos nosotros ahora “la cara imaginaria del objeto”. Entonces, un
jarrón (imagen del organismo) más una banda cosidos constituyen una superficie
denominada plano proyectivo que sí es diferenciable en el espejo. Aquí se
impone una cuestión de precisión. El plano proyectivo es una superficie
inorientable porque tiene una sola cara ¿cómo decimos que es especularizable?.
La respuesta es que no se trata del plano simplemente, sino de una inmersión
suya en el espacio de tres dimensiones, lo que produce una línea de
auto-atravesamiento y ésta es la que produce dos orientaciones distintas del
corte del fantasma (en rojo), en la referencia tridimensional del espejo, entre
el plano y su imagen.


Levógiro
Dextrógiro
Nota
clínica.- Con esto queda claro que el narcisismo del neurótico queda ya
articulado por lo simbólico a través del ideal, pero también del fantasma
pegado a él, y por ende de la articulación simbólica. Lo que Lacan denomina la
realidad equivalente al deseo, que no sólo está determinada por el narcisismo y
sus identificaciones como para los analistas de
Las dos líneas en las que se sostiene el narcisismo (una línea que proviene directamente de una identificación y otra que proviene de la lógica del fantasma o de la realidad) podemos situarlas nosotros así, tal como justificamos más abajo:

Ahora veamos la procedencia de dicho fantasma.
Aquí tenemos que la articulación o copulación entre estos dos tipos de
significantes, el del Ello y el del Otro, forman un discurso, con efectos en el
espacio del deseo articulando el fantasma:

Podemos graficar los círculos del significante
sobre el plano proyectivo de la realidad y el deseo así:
Este
, simbolización de la falta, introduce que el fantasma
tampoco es completo, no sólo el narcisismo como en Freud, con lo cual tenemos
que en la articulación imaginario-real algo de lo real no es recubrible por lo
imaginario; es decir, hay real inimaginarizable, o dicho de otra manera, no
existe el órgano sexual que asegure la copulación entre sexos. Este real fuera del
fantasma aparece mediante otra operación,
,
en la tópica del espejo, produciendo un agujero en el mundo de las imágenes. Pero
si es una negatividad ya es un objeto simbólico; por eso es el objeto que se
articula en la lógica del fantasma con “a” simbólico o causa del deseo:
.
sin negativizar
representa la vida o el flujo vital pasando a través de las especies. Luego
indica que no está asegurada la cópula con el
semejante del otro sexo. Sabemos que Lacan iguala el significante de una falta
en el Otro con
,
ser del analista.
=
. Esto nos obliga a pasar al segundo apartado.
Para lo simbólico tenemos que la consistencia o
ley es la ley de la cadena significante. La falta es que el Otro está barrado y
la operación, significación, que la sitúa es el significante de una falta en el
Otro
. Pero las dos cadenas del significante también
actúan sobre lo real y es ahí donde Lacan propone la tópica del inconsciente
como una tópica entre lo simbólico y lo real. Esta tópica es significante sobre
significado.

Que, ampliada a los dos tipos de significantes,
pulsionales y de saber, graficamos así:

El significante efectúa
operaciones sobre el significado (lo real en ese momento de la doctrina, desde
“Subversión …” hasta el Seminario XVI”) mediante dos “operaciones”, la
metáfora y la metonimia. Tenemos, pues, en el matema el encuentro de las tres
cadenas del grafo del deseo. Ahora bien, para encontrar la falta en el Otro es
necesario efectuar la operación de significación, es decir, la inyección del
significante en el significado. Para ello debemos entender que esta tópica
funciona como si fuera posible un metalenguaje: el del significante sobre el
significado, y, además, una de las cadenas del significante debe estar
reprimida para que constituya el inconsciente.
¿Qué hace que el inconsciente sea lenguaje?
para preservar la
falta. Pero para que se tome a sí mismo como metalenguaje necesita una función:
la función fálica. Luego las dos cadenas del significante actúan sobre la
cadena del significado como un metalenguaje, la barra de la represión, pero una
de ellas además introduce en el inconsciente la realidad sexual, la pulsión.
Entonces, la tópica del inconsciente queda así:
Siendo A el Otro y
reprimido en él el falo. Por eso Lacan dice en “La significación del falo”, que
éste viene a designar todos los efectos de significado. Volviendo sobre el falo
simbólico, si éste denota lo real, además de permitir la significación,
entonces esta denotación apunta a lo real que no se pudo significar; por eso es el
significante del goce más allá de cualquier otro significante. Si además
introducimos la tesis de que “no existe el metalenguaje”, la tópica nos queda
así:

Dos cuestiones importantes:
una, el falo denotaría justamente el real sexual que no estaría en el
significado, es decir, en la demanda o en la pulsión (los dos tramos de la
cadena del significado), luego hay un real mas allá de dicha cadena. Este real
será el que más tarde será formalizado como inescribible y por tanto no podemos
desdoblar la cadena del significado del grafo del deseo. Dos, estamos todavía
en el falocentrismo, cuya consecuencia es pensar que todo ese real pasaría,
como Freud supone, por el significante fálico. Si la cadena del significado es
la única que no es desdoblada, el falo denotaría (no significaría) ese real de
“fuera”. Mejor dicho, en la significación algo es significado y algo queda denotado.
Recogeremos este tema en el tercer apartado. Lacan utiliza el mismo término,
significación = denotación, para las dos afecciones porque dice que no
encuentra mejor traducción de Bedeutung, que efectúa las dos operaciones
a la vez. Este “fuera” justifica la ecuación en la que las dos castraciones, la
del sujeto y la del Otro, quedaban igualadas.
No hay que olvidar que
la denotación de
, sobre un real de “fuera”, se daría en un eje perpendicular
al plano de la hoja.
Ahora debemos ver que la
significación es un poco más complicada que lo que queda significado y lo que
queda fuera. No es simplemente dentro-fuera, sino que “dentro” lo podemos
dividir, de momento y antes que efectuemos el anudamiento de los tres
apartados, en interior y exterior, lo significantizado y lo no
significantizable. Ya dijimos en el apartado sobre lo imaginario que el objeto
causa del deseo no era lo mismo que el petit “a” que es una imagen
no-especular. Nos explicamos: la especie es inmortal, pero el individuo no, luego hay una manque
por el hecho de ser un individuo; de ella proviene el objeto perdido que
denominaremos “a” desde lo simbólico. Este “a” simbólico proviene de la
manque, es decir, es el objeto que cierne la pulsión.
Entonces en la tópica del inconsciente, donde se
articulan tres cadenas, una de significado y dos del significante, resulta que
no es posible para ninguna significación cerrar (sincronizar) el significante
sobre el significado, quedando siempre un resto que denominamos “a” en lo
simbólico, causa del deseo, cara simbólica del objeto perdido. Éste, siendo lo
insignificantizable, nos representa bien ese objeto perdido que está en el
centro de la repetición. Topológicamente se trata de la superficie de la banda
en la que el ocho interior sería su borde, graficando el significante que se
repite. Tenemos así la tópica del inconsciente:

Topológicamente, verlo como la banda de Möbius es
todavía verlo en su cara imaginaria; es decir, todavía como los efectos de las
significaciones pulsionales sobre el fantasma. Si lo queremos ver claramente
como objeto perdido lo mejor es graficarlo como un agujero en el centro del
espacio del significado: es decir, un agujero tórico.

Los círculos de
Nota.-
Con lo que hay que tener mucho cuidado es que en esa doble articulación del
significante y el significado no se nos cuele un Otro del Otro, un
metalenguaje, tema sobre el que volveremos en el tercer apartado cuando
abordemos el goce del Otro. Pero sí que podemos aclarar la distinta forma de
abordar la escisión Saber/Verdad en psicoanálisis frente a la ciencia. En la
ciencia se supone que hay un saber y éste puede ser verdadero o no, es decir,
que la función verdad se aplica al saber en su relación con lo real; por el
contrario, en psicoanálisis la verdad proviene de lo real y habla, luego la verdad es la pulsión, con sus significantes
verdaderos (recordar a medias) y al mismo tiempo el objeto “a” es la verdad de
la estructura.
Hemos situado así a nuestro cuarto término: la
causa del deseo o verdad de la estructura o cara simbólica del abjeto. Si
ahora intentamos el ejercicio de la juntura de lo obtenido en el primer
apartado y en el segundo, podría quedarnos un esquema así:

El código de colores es: rojo para lo simbólico,
amarillo para lo imaginario y negro para lo real[4].
Se ve con claridad la doble línea del narcisismo y el fantasma atravesándose
horizontalmente, entre las dos líneas dobles, a la tópica vertical del
inconsciente: por otro lado, la tercera línea será la que atravesará la página
partiendo del falo simbólico, línea que estableceremos en el apartado tercero
por exigir tridimensionalidad al matema. Además comprobamos que en la lógica
del fantasma actúan dos objetos, “a” de la manque y
del inconsciente,
recubriéndose uno al otro y teniendo en cuenta que “a”
queda taponado por “a” no-especular. Es lo que
aparece en las operaciones entre el Ello y el Inconsciente: la alienación, la
transferencia y la verdad.
Ello
Inconsciente
Topológicamente podemos poner el esquema anterior
así:

En la parte de arriba[5]
vemos el plano proyectivo del fantasma pero agujereado (una banda de Möbius)
para que se vea mejor y más claro que la operación se da en la zona de la banda
moebiana; en él se ven los círculos del significante.
En la parte inferior tendríamos el toro, aunque
sin los círculos del significante que se deberían añadir como en el esquema
tórico que hemos dibujado más arriba. En la banda estaría lo estructural
en el sentido de simultáneo[6];
en el toro, la historización en el sentido dinámico y sus sucesivos après
coup.
Lo
simbólico articula lo imaginario y a su vez crea el significado y el resto en
un real, dejando la denotación del falo para un real “de fuera”, es decir, un
real que no proviene de la necesidad pasando a la demanda, o sea, que no
consigue convertirse en pulsión.
Para esa
división de lo real se ve claro que las representaciones planas empiezan ya a
darnos problemas, Si vemos claro que “a” del fantasma no es el mismo que “a” resto
de la significación, petit “a” y resto causa del deseo, los dos objetos
“a” no son lo mismo, aunque debamos articularlos, tal como venimos indicando,
como caras de un mismo abjeto. Evidentemente supondrá anudar las tres
dimensiones que hemos planteado, dos elaboradas y una por elaborar.
Nota clínica: debemos recordar que el
no es un significante
ya disponible sino que el sujeto debe encontrarlo mediante interrogación sobre
el deseo del Otro y la respuesta que dará será fantasmática. De la misma forma
“a”, como abjeto, se debió construir en su momento, lo que nos llevaría
al tema de la primera identificación al padre, que no tocamos ahora.
En tanto el falo simbólico puede forcluirse como
el
, el primero produce la paranoia y el segundo la psicosis
maníaco-depresiva, a veces juntas en lo denominado esquizo-afectivo. El maníaco
funciona como si el metalenguaje fálico funcionase, pero al final aparece la
brecha en el Otro que no puede significar con el significante de una falta en
el Otro porque lo forcluyó. En la paranoia se funciona sin significación
fálica, es decir, sin deseo reprimido, o sea, con relación al Otro pero sin
Inconsciente. En la neurosis o en la perversión tenemos que por el hecho de que el
objeto “a” simbólico provenga de estar en falta frente a la especie, es decir,
no ser inmortal, se produce que “a” siempre tiene algo de mortífero, y el
primer fantasma con el que el sujeto se responde a la interrogación del deseo
del Otro (“¿qué me quiere el Otro?”) es “quiere mi muerte”. Está en el Seminario
XI. Recuérdese también el Herr de Freud. Freud decía que la
muerte no se inscribía en el inconsciente, pero el “agujero” del objeto causa
¿no es una manera de estar ahí en la frontera?
Desde
lo real
En lo real no sabemos qué leyes puede haber; de
hecho, no sabemos si sigue alguna ley. La hipótesis de que siga una ley
pertenece al discurso de la ciencia y no al del psicoanálisis. Hemos dicho que
es lo insimbolizable, es decir, lo que no pasa al significante, no se escribe.
Por eso aparece el concepto de trauma en sus invasiones sobre los otros
registros. Por ejemplo, lo tíquico sobre el automatón de la cadena
significante. Lo que sí podemos suponer es que en él se dé el tercer elemento
del universo de la falta: “La relación sexual no se puede escribir”. ¿Qué
quiere decir eso? Pues que en lo real no hay nada que asegure biológicamente,
ni de ninguna forma, la relación entre macho y hembra. No se escribe la cópula
(sea como ferohormona o lo que sea). Además, la clínica informa que con el falo
imaginario las cosas no se sostienen bien, luego tampoco lo imaginario
soluciona el problema. Esta falta en lo real Lacan la denomina “falla” y dice
que es equivalente a una discontinuidad. Es gracias a ella que las cosas van
mal, pero por otra parte permite que los otros registros vayan a poder entrar
en juego. También puede decirse a la inversa: porque existe lo simbólico, lo
real queda perdido.
La castración imaginaria en tanto operación
simbólica, en Freud, es la respuesta para aceptar esa imposibilidad de escribir
la relación y al mismo tiempo poder tener relaciones sexuales. Freud pensaba
que la genitalidad articulada por el falo y sus incidencias, más el complejo de
castración como nudo del complejo de Edipo era la solución en los dos sexos.
Lacan, en el último tramo de su enseñanza intenta que ni el Edipo ni la pulsión
sean unos mitos, sino que los aborda teóricamente. Entonces, ante esa falla en
la relación sexual va a proponer que sea la contingencia del falo simbólico el
que haga de sustituto en las cuestiones del goce, que no olvidemos que Lacan
situaba primero del lado de
Aclaramos que en la cuestión del goce no hay sujeto,
ya que éste pertenece al inconsciente y no a
En esa vía nos propone Lacan las fórmulas de la
sexuación, partiendo de la idea de que el falo es en sí mismo la castración,
entre simbólico y real, ya que marca la imposibilidad de escribir la relación
sexual en lo real[7], pero
nos lo marca desde lo simbólico. Es el primer goce sustitutivo. Tenemos así que
el falo que hacía las veces del metalenguaje en el apartado anterior y que al
mismo tiempo denotaba un real de “fuera” de la significación fálica, es decir,
de “fuera” del significado[8],
ahora, al ser cuantificado con dos cuantificadores “no-todo” y “existe uno”
denota ese real “a medias”. Lo que nos permite recordar que la verdad
proveniente de lo real y articulada por el significante, y éste como substancia
de goce, puede formar parte de la significación fálica, es decir, del
Inconsciente; será una verdad que en el decir se dice “a medias” puesto que
todos los significantes se han escrito ahí donde no se ha podido escribir la
relación sexual (lo necesario se escribe ahí donde lo imposible no puede, y es
lo contingente del falo el que constituirá el Inconsciente si es el caso). Pero
los significantes están ahí con falo o sin falo.
Esto quiere decir que hay un goce del significante
por el significante mismo sin necesidad de pasar por el Inconsciente, lo que
nos sitúa mucho mejor el Ello freudiano como un intermedio entre lo real y el
aparato psíquico, ya que la pulsión es su representante, pero sin serlo. En
consecuencia Lacan propone un espacio del goce que no es el Inconsciente.
Grafiquémoslo en los dos sexos de lenguaje: 
La flechas, como
vectores perpendiculares a la página, indicarían la tópica del goce, en sus dos
orientaciones. En rojo situamos el goce Otro en el lado femenino y una
incógnita en el masculino. En azul situamos un vector para situar lo que es
goce fálico. En verde situamos el goce que proviene de la negación fálica del
que se obtendrá el plus-de-goce. La línea roja indica ese goce Otro como
tercera división del goce, siendo el
que lo denotaría al
menos en uno de los lados. Hemos cuantificado la función fálica de manera que
aparezcan dos cuestiones: un más allá del falo, es decir del Inconsciente, el
denominado el goce Otro; pero también el goce del Otro.
Es muy importe darse cuenta que en las dos fórmulas
cuantificadas hay dos tipos de negaciones. Una, la que niega el falo, es decir,
la que nos indica lo que no es fálico. Dos, la que niega el cuantificador.
Entonces aparecen tres espacios según lo que se niegue: fálico[9],
no-fálico, no-todo. El no-todo es el que abriría al “fuera” del falo y de lo
simbólico, el goce Otro, mientras que negar lo fálico nos situaría en el goce
del Otro y el objeto pulsional. Por eso hemos introducido las dos fórmulas que
definen cada una de las dos posiciones sexuadas; de lo contrario, es imposible
situar el goce no-fálico. Lo que sigue lo intentará justificar, pero recordemos
que Lacan, para el lado hombre, sólo visualiza dos de ellos: el fuera del falo
que le reenvía al goce del padre no castrado y sostenido por el fantasma, es
decir, todo el goce que no es fálico pasa por el objeto plus-de-goce.
Recordamos que el cuantificador existencial aplicado a la función fálica es,
para Lacan, un camino desesperado:
. Luego no podemos obtener el más allá del falo mediante
dicho cuantificador. Si fuese tal como Lacan lo plantea, un sujeto del lado
masculino sería imposible que pudiese analizar, pues tendría un punto ciego
absoluto de la estructura, lo que teniendo en cuenta que las dos grandes
figuras del psicoanálisis estaban del lado masculino sugiere que hay que hacer
correcciones.
Dicho de otra manera: podemos entender que cada lado
sexuado se sostiene de dos fórmulas, o podemos entender que el lado femenino
con su “no-todo” contiene, como en la dialéctica del tiempo lógico, las
fórmulas de cada paso en el proceso, siendo por tanto una fórmula de
terminación de la sexuación. Si elegimos la primera opción, el lado masculino
oscila entre el padre del goce y el “para-todo fálico”, y el femenino entre la
“inexistencia” y el “no-todo”. Por el contrario, si elegimos la segunda, el
lado femenino termina su sexuación en el acceso al “no-todo” y el masculino queda
oscilando al no tener un cuantificador de terminación. Entonces el lado
masculino requiere una modificación. Pensamos en la clínica del final de
análisis de los sujetos del lado masculino y proponemos una modificación.
Se visualiza la dificultad con el lado masculino[10]: no tiene un cuantificador claro de salida del Edipo puesto que si es “todo fálico” el real imposible se pierde, lo que implica que siempre esté redoblado por “existe uno que no” que no sitúa ese real sino el goce del Otro. En co