SUMARIO

 

 

De la violencia en el Otro a la escena de goce y sus efectos, en una mujer

 

                                                                                             Montserrat Vidal i Jordà

 

INTRODUCCIÓN Y PRESENTACIÓN PREVIA

 

Les voy a presentar un fragmento de un caso clínico donde una escena de violencia parental, presenciada por la analizante repetidamente a lo largo de su infancia hasta la muerte de su madre, da forma a la envoltura formal de su fantasma, a sus rasgos de goce, y configura el síntoma que más tarde la va llevando hacia la inhabilitación laboral y le impide situarse como mujer.

 

María, así llamaré a la analizante, es hija de una familia numerosa formada por cinco hijos; dos varones y tres mujeres, fruto de un matrimonio de conveniencia. La madre de María, siguiendo el dictado o la ley materna, se sometió a tal matrimonio renunciando así al amor y al hombre deseado por ella. Una madre que desde siempre transmitirá a los hijos una fuerte exigencia: “tenéis que sacrificaros, esforzaros en los estudios y obtener un buen currículum escolar para poder sosteneros en la vida y sobre todo permaneced siempre unidos”, exigencia que en María ha tenido y sigue teniendo sus efectos; ella siempre se siente examinada y exigida frente a la mirada del Otro. El padre, socialmente reconocido como un hombre emprendedor aunque “funcionaba a su aire”, hábil en las transacciones comerciales, alegre y divertido, trabajó en la empresa paterna hasta que tuvo que asumir la responsabilidad de la misma por relevo generacional: al poco tiempo, fue dejando abandonadas sus funciones y la empresa acabó cerrada. Se dedicó a partir de entonces a comerciar por su cuenta y a vivir del patrimonio familiar, siempre desde una posición  mezquina.

 

La versión que da la analizante es la de un padre que se niega a “dar” incluso, lo necesario para el sostenimiento familiar. ¡Un padre que prefiere malvivir, antes que tocar el patrimonio! Un padre que hacía sufrir tanto a la madre como a los hijos/as; lo recuerda siempre trabajando, negociando, controlando todo lo que pasaba y escatimando el dinero hasta para lo más básico. Eso sí, en los eventos sociales, María dirá que su padre se transformaba en un hombre divertido, simpático y arrollador, rasgos que María también posee. Más adelante veremos los efectos y las marcas producidas en María por esta versión paterna, sobre todo en cuanto a su relación con la demanda y a la simbólica del don. Lacan nos habla de ello en el capítulo. VII: “Pegan a un niño y la joven homosexual”, de su Seminario IV: “La relación de Objeto” (pág. 124,125 y 126).      

 

Tras años de un matrimonio, el de los padres de María, desafortunado y marcado por el maltrato, la agresión y la violencia hasta el punto en que María dirá: “Yo no debería haber nacido”; así es como ella significa la relación entre su padre y su madre.

 

La madre de la analizante intentará separarse de su marido varias veces, pero cada vez renunciará por acceder a los deseos de su madre y seguirá casada hasta morir pasados los 40 años cuando María aún era una niña.

 

Este caso hace que me refiera ineludiblemente al siguiente texto:

 

1.-  “Pegan a un niño”, Freud, (1919)

Teniendo presente la matriz universal del fantasma de fustigación a la que nos refiere Freud en 1919 en “Pegan a un niño”, podemos decir que este caso nos pone de manifiesto cómo va apareciendo tal fantasma y cómo se organiza en María la versión fantasmática de éste.

 

Antes de pasar al caso, recordemos a grandes rasgos las tres fases del fantasma en el texto antes mencionado, para localizarlas después en María.

 

De entrada, Freud nos dice que es un fantasma arcaico y que hay que situarlo antes del Complejo de Edipo aunque el padre está presente.

 

La 1ª fase, representada por el enunciado “Un niño es azotado” luego “El padre pega al niño que yo odio”. El escenario está formado por tres elementos: el padre, el hermano pegado, y la niña situada en posición de espectadora; es una fase consciente y se recuerda. Freud nos dice que es un rasgo de perversión sexual que se independiza o no del desarrollo sexual, y puede tener un carácter sádico (n. obsesiva) o masoquista (histeria).

 

El significado sería: “El padre no ama a ese niño, me ama a mí”, lo que satisface los celos. Es una prematura elección de objeto amoroso incestuoso, que después caerá en la represión y hará aparecer una conciencia de culpa ligada a los deseos incestuosos que perduran en el Inconsciente.

 

En la 2ª fase aparecen varias trasmudaciones en el contenido: “La niña fantaseadora ocupa ahora el lugar del niño pegado”. Podríamos enunciarlo asÍ: “Soy pegada por el padre” y, el “pegada” se mudaría en “soy amada”, luego el enunciado final sería: “yo soy amada por el padre”. 

 

Si en la fase anterior teníamos tres elementos, en ésta la relación es dual. Es un tiempo inconsciente y vinculado al C. de Edipo; sucumbe a la represión y regresión del deseo incestuoso de ser amada por el padre y está ligado a la conciencia de culpa de la 1ª fase, lo que posibilita el paso del sadismo al masoquismo. Esta fase está teñida de un gran placer y es la expresión directa de la caída del amor hacia el padre. No es recordada y puede reconstruirse en análisis.   

 

En la 3ª fase hay una aproximación a la fase 1ª. El sujeto fantaseador ya no sale a la luz, está en posición tercera como espectador. El enunciado es: “Varios niños son pegados y yo probablemente estoy mirando”. Aparece de nuevo el sadismo; Freud nos dice que hay excitación sexual, y que se convierte en una aspiración libidinosa. También en esta fase existe una transformación del contenido: “Varios niños son pegados”; estos niños son sólo sustituciones de la propia persona y el adulto que pega es un sustituto del padre. Así pues, volveríamos al enunciado: “Soy pegada por el padre”, luego “Soy amada por el padre”.

 

Podemos decir que la función fundamental de este fantasma es efecto de la relación del sujeto al significante, donde algo queda fijado o apuntalado para próximas satisfacciones genitales.

 

J. Lacan en el capítulo .XIII: “El fantasma más allá del principio del placer” de su Seminario V: Las Formaciones del Inconsciente, nos refiere que en el “fantasma masoquista de fustigación” lo esencial que está en juego es el goce. Nos indica también que el sujeto hará significaciones con el significante falo y es aquí donde entra el valor simbólico y significante del látigo que fustiga; éste borra al sujeto, lo tacha, lo anula, puesto que interviene a nivel significante en el plano simbólico y al mismo tiempo adquiere un valor de acto. El látigo es un signo en la relación con el deseo del Otro y la fustigación tiene un carácter erotizante a nivel simbólico. (Pág.249,250).

 

Pasemos ahora al caso.

2.- Un fragmento del caso María: María tiene actualmente 42 años y llegó a mi consulta hace algo más de seis tras haber iniciado y no concluido diversos tratamientos psicoterapéuticos. Enunciaba sus malestares así:

 

-“Sufro desde que era niña, hago mío el sufrimiento de los demás, sobre todo si es el de mis dos hermanas y mis abuelos. En el trabajo, no aguanto la presión; siempre me exijo hasta el límite, tengo la impresión de que nunca llego a cumplir los objetivos, no soporto defraudar a la jefa; por eso trabajo y trabajo sin parar hasta que llega un momento en que me quedo bloqueada, trabajo mal, empiezo a estar de baja porque enfermo y acabo dejando el empleo y buscando otro nuevo donde no me sienta tan presionada”.

 

-“Me preocupa también mi relación con la comida: cuando tengo angustia no puedo comer, tengo vértigos, mareos y vómitos; en cambio, cuando estoy más o menos bien, si como mucho tengo miedo a engordar y no lo soporto, a veces he dejado de comer y esto me ha costado ingresar en el hospital. Desde que murió mi madre, para mí, vivir es muy doloroso, sufro por todo.” Nosotros podríamos decir: “vivir es sufrir por todo su goce”.

 

En María, el deseo o la fantasía de morir, en un primer tiempo de análisis, estuvo muy  presente.

 

-“Otro problema para mí es que, cada vez que tengo un novio, acabo sometiéndome a todo lo que él quiere por miedo a perder su cariño y quedarme sin amor. Necesito que me cuiden y a cambio de esto soy capaz de hacer lo que me pidan, pero también llega un momento en que no puedo más, acabo enfermando, rompiendo las relaciones amorosas y refugiándome en mis hermanos/as.

 

-“Con mis amigos de toda la vida, también he tenido siempre una relación de sometimiento: tengo miedo a perderlos y no me atrevo a plantarles cara cuando es necesario.”

 

¿No sería ésta una manera de sostener el goce fantasmático del Otro? Ya que María se coloca en posición de “objeto masoquístico” para el fantasma del otro y es en ese lugar y posición desde donde ella sufre y es gozada por su fantasma y por su síntoma.

 

A todo esto, la analizante agregará que está harta de tomar medicaciones varias para ir viviendo. Me preguntará si lo suyo se puede curar, a lo que le responderé invitándola a trabajar y diciéndole que poco a poco las cosas podrán ir cambiando. 

 

A)- LA ESCENA

A lo largo de este tiempo de análisis, María ha podido ir relatando la siguiente escena: “Su padre empezaba a insultar a su madre por cualquier cosa que no se hacía como él deseaba, continuaba con una discusión acalorada donde la madre le manifestaba que no le llegaba el dinero para cubrir los gastos necesarios de alimentación y vestuario de los hijos, gastos que al padre siempre le parecían excesivos. Llegado este punto, la madre empezaba a llorar y el padre la insultaba, ella se paralizaba. Seguían gritos y golpes y finalmente la madre acababa a merced del padre, hasta que ella le pedía perdón”.

 

María dirá que presenció una y otra vez esta escena, con distintas modalidades, desde los tres hasta los siete años, período en el que se recuerda a sí misma “en casa, pegada literalmente a las faldas de su madre”. Fue a partir de los seis años cuando María empezó a ir al colegio, con gran dolor y angustia por la separación materna que ello suponía. Su madre murió cuando ella contaba cerca de 10 años y fue entonces cuando María empezó a decir que quería irse con su mamá, idea que la ha acompañado a largo de su vida hasta hace tan sólo un par de años cuando, fruto de su trabajo analítico, comenzó a poner límites a la demanda del Otro: primero con las amigas, soportando la pérdida de amistad de alguna de ellas; después con la abuela, que la tenía totalmente succionada y de la que pudo conseguir desasirse no hace mucho. Y también, fue consiguiendo diferenciarse de  sus hermanos/as.

 

La tarea más ardua y difícil de conseguir la tiene en el mundo laboral, lugar donde hoy por hoy, el síntoma encuentra el espacio idóneo para instalarse. Este poder poner límite a la demanda del Otro le ha ido permitiendo una cierta separación del Otro, cosa que ha posibilitado que acceda a una relación de pareja, no sin pocas dificultades y muchas quejas del marido. También se planteará el deseo de tener un hijo y aparece una reducción considerable del síntoma en cuanto su relación con la comida.

 

B)- Veamos ahora la posición de María frente a la escena

De pequeña: se situaba a cierta distancia y presenciaba la escena parental, miraba todo lo que pasaba y cuando los gritos iban en aumento se tapaba los oídos, se quedaba paralizada y cuando la escena finalizaba corría junto a su madre. Su padre se mofaba de madre e hija y la madre le decía “Tranquila nena, tranquila, no pasa nada”. Cuando sus hermanas regresaban de la escuela, María les contaba la escena y éstas se encaraban con su padre, momento en que la madre mediaba entre unas y otro. María nunca se enfrentó a su padre, consiguiendo así ser la única hija a la que el padre nunca pegó ni agredió (aquí estaríamos en la primera fase del fantasma).

 

De adulta: en este último periodo de trabajo analítico, María ha podido reconocer y preguntarse: “¿Por qué me gusta presenciar, encontrar e incluso buscar escenas, hechos o acontecimientos de la vida cotidiana donde aparecen discusiones, broncas, humillaciones y accidentes dramáticos envueltos en gritos y desesperación?”. Dirá que le atraen y que reconoce sentir cierto placer hasta que llega a un límite en el que ya no puede soportarlo más. El límite, según dirá: ”Es cuando intuyo que el desenlace de la escena es inminente y puede acabar muy mal; es entonces cuando dejo de estar paralizada, aparto la mirada de la escena y me voy, pero reconozco que, hasta este límite, me atrae y me gusta mirar lo que pasa y escuchar lo que se dicen.  Ya sé que es un placer morboso, pero me gusta y cuando mi marido llega a casa le cuento las escenas presenciadas, y también las contaré a mis hermanas y a los amigos. Cuento lo que he visto y he oído; así me siento importante o especial por ver cosas que otros no han visto, es una manera de llamar la atención del otro”. Nosotros podríamos decir que es: “una manera de hacer semblante de ser”, “una manera de existir” y también “una manera de contar para el otro”. 

 

Desde esa primera escena, cabe pensar que el hecho de ir a contarlo, ya sea a las hermanas, al marido y ahora a la analista, forma parte de la operación transferencia: que el Otro lo sepa y quede registrado en algún lugar es importante, ya que la madre no quiso registrarlo. Hay que destacar también que hay un límite al goce: cuando la escena llega a su punto máximo, cuando el final de la escena es inminente y puede acabar muy mal, María nos dice que no puede soportarlo y se va, pone un límite, abandonando el escenario. Si esto ocurre en la 2ª fase del fantasma, la que es inconsciente y se puede construir en análisis, con el falo como operador a la hora de hacer las significaciones, podemos ver cómo su fantasma le pone límite a un goce que ya no es el de la escena presenciada. Ahí estaría en juego el real de María que no puede nombrarse.

 

Después de muchos rodeos, María podrá asociar su pregunta: “¿Por qué me gusta presenciar, encontrar e incluso buscar escenas donde aparecen discusiones, broncas, humillaciones y accidentes dramáticos envueltos en gritos y desesperación?”, a la escena parental presenciada a lo largo de su infancia y se reconocerá diciendo: “Me identifico con mi madre, hago como ella, nunca planté cara a mi padre como hacían mis hermanas; yo me quedaba paralizada, y en el trabajo me pasa lo mismo: me cuesta mucho plantarme y poner un límite a las exigencias del jefe; por eso siempre acabo enfermando y sin trabajo. Tengo que reconocer que los trabajos que tienen un grado de tensión me atraen, pero llego a un punto en que sufro demasiado y acabo mal; por eso cada vez he ido buscando puestos de trabajo más sencillos y de menos responsabilidad y ahora parece que ni éstos puedo soportar”.

 

Ésta es la forma en que María puede ir construyendo y elaborando la 2ª fase del fantasma, aunque ella señala que en el ámbito laboral le es difícil encontrar la manera de poner límite, ya que es, justamente ahí, donde el fantasma queda desbordado.

 

Concluiré, apoyándome una vez más en el capítulo VII: “Pegan a un niño y la joven homosexual “, del Seminario IV: La Relación de Objeto, de J. Lacan.

 

Si tomamos la escena presenciada por María como su versión de la escena primaria podemos decir que tal escena puede ser asimilada al fantasma “Pegan a un niño”. Los rasgos de goce del sujeto (que son anteriores al fantasma) alimentan la versión singular que va construyendo “el fantasma masoquista de fustigación” en el que se encuentra atrapada la analizante. La abolición y el reconocimiento del sujeto, al mismo tiempo, se articulan en un deseo de deseo: “sufrir-morir en vida, negándose a formar parte de un elemento de la cadena significante” (pág. 253, 254, 255).

 

Podríamos decir también que el anudamiento entre goce, fantasma y síntoma va llevando a María, en estos momentos, a la inhabilitación laboral por un lado y al mismo tiempo a la no existencia como sujeto, lo que la sitúa en una posición de resistencia a la dialéctica fálica, ya que se opone a entrar como privada, o sea, partir de “un menos”.

                                             

 

                                                                                                                       Barcelona

 

 

          

Presentado en las Jornadas de Clínica de la Violencia por el Fòrum Psicoanalític Barcelona (FPB); Octubre del 2003

 

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