SUMARIO

 

¿TRANSEÚNTE[1], EL ADOLESCENTE?

 

 

Marie-Jean Sauret

 

 

I

La inscripción en un vínculo social supone la salida de lo social. El niño ya está incluido en un social que está ahí ya: su deseo es el deseo del Otro, su relación con el Otro está reglada por el entorno. A semejanza de las ontologías que, hasta Kant y Freud, interpelando al hombre del exterior, mantenían esta sumisión originaria a este Otro simbólico (1). La última vez recordé la proximidad de esta estructura con la del discurso del amo que instituye el sujeto y con el inconsciente: es la carencia de saber fundamental sobre su ser perdido en el habla lo que empuja al sujeto a reclamárselo al Otro. Pero no hay sujeto si no es separado de su ser de goce: el discurso del amo lo produce como perdido, en los límites de lo social que él constituye. La degradación de las ontologías por el hecho del advenimiento de la ciencia moderna ha llevado a los sujetos a soñar con una familia patriarcal que, sin duda, no ha existido nunca, y a interiorizar la función paterna como ontología doméstica. Falsa salida, la neurosis como religión privada no permite prescindir de la religión universal más que porque perpetúa la alineación al Otro por el medio, más sutil, del padre simbólico.

Sin duda, no debe subestimarse esta neurosis infantil en la que consiste el paso de una neurosis a la otra, de una religión a la otra: supone, en efecto, el encuentro con ese real del goce que el Otro tiene vocación de alejar del sujeto. Este goce es, en este caso, el que hay en juego entre padre y madre o aquél del que el niño es testigo como síntoma irreductible en la pareja parental. Pierre Bruno, en su texto Emballage, mostró cómo la fobia indica a la vez el lugar por donde el real excluido podría volver, y por donde el sujeto puede soñar una salida.

Marie describe una infancia asfixiante en un universo religioso. Se confesaba varias veces al día de su deseo de ponerse en contacto con ese “punto cero” –hasta el punto que el cura se mostró inquieto por sus escrúpulos ante su madre. Esta fobia del pecado aclara en qué el superyo es el de los padres, contribuyendo a expulsar fuera del espacio materno el goce que amenaza. Pero Marie concluye que es precisamente por lo sexual, al consentir el pecado, como ella encontró una salida... introduciendo nuevas complicaciones con el Otro. El sujeto pide lo que el Otro hace relucir como objeto del deseo, pero no accede nunca a otra cosa de ese deseo que a ponerse a merced de su demanda. Tal es el universo del que Lacan restituye la topología con el doble toro del deseo y de la demanda enlazados (2)

Solamente la revelación de una alteridad castra al Otro en el que el sujeto está incluido, introduciendo al niño en el tiempo para comprender las consecuencias de su descubrimiento: período de latencia que desemboca en un momento de concluir en el que tendrá que verificar, en el encuentro sexual, tanto el valor de su fantasma como el de su síntoma.

 

II

Con la condición de toparse con el padre real como castrador del Otro, la alteridad femenina –la que soporta o la que despierta su deseo- da al sujeto el valor de liberarse de los límites del Otro familiar o materno: del social primitivo. Eso es la adolescencia como momento lógico, luchando con ese problema que ya no abandonará al sujeto: ¿Cómo hacer encajar su singularidad en un “vivir juntos”, sin ceder ni en cuanto a su singularidad a penas entrevista, ni en cuanto a la exigencia de una “comunidad” que retiene? El adolescente tiene una oportunidad de escoger: apoyarse sobre esta alteridad irreconciliable con el Otro –la de su síntoma despertado por el encuentro con el deseo sexual- para sustraerse al incesto con el Otro, como agente de un tipo nuevo de vínculo con los otros.

Ahora bien, la adolescencia parece caracterizarse por un doble movimiento: a) el del rechazo a incluirse en la masa, aunque sea al precio de su “des-carcelación” a través del suicidio (primera o segunda causa de mortalidad); b) el de su inclusión, aunque sea al precio de la reducción de toda alteridad: el 54% de ellos piensan que “la familia es el único sitio donde uno se siente bien y distendido”, muchos más se adherirían a la ideología de la globalización (¡la gran familia!) –¡cosa que explicaría, sin duda, que el 73% declaren no estar interesados en la política, confirmando, sin saberlo (leur insu), que el inconsciente es, por entero, política!

Ahora bien, el vínculo social contemporáneo se caracteriza por el dominio de la tecnociencia. Desde este punto de vista, el saber está al mando del vínculo social. Esto no puede llevar más que a considerar al otro como un inculto, reduciéndolo a la simple condición de ser viviente, a esa “vida desnuda” de la que se propone hacer un sujeto que le sirva (a partir de aquí Foucault y Agamben definen la “bio-política” (3). Felizmente, no está en la mano de ningún discurso el reducir la alteridad del sujeto a la del significante. Es por ello que oímos aún la protesta del sujeto histérico, salvo que llame a un amo que produzca un saber más implacable aún. Y lo hace sin tener en cuenta otra característica del vínculo social contemporáneo: el dominio del mercado que sustituye al amo para responder al histérico y usa el saber como una máquina para reciclar el goce en objeto de la demanda, para amputar todo producto y hasta al mismo sujeto de su substancia gozante: el discurso capitalista consigue conectar el deseo sobre la demanda, en un retorcimiento que elimina su real (cf. El matema propuesto por Lacan). Y henos aquí en la era de la droga blanda, del cigarrillo sin tabaco, del café sin cafeína, del queso al cero por ciento, de la comida aséptica, de la cerveza sin alcohol, de la guerra sin muerte, de la sexualidad virtual, hasta la tentativa de producción de sujetos sin síntomas (4) –a los que Anna Arendt considera preparados para el totalitarismo. ¡Un estado incompatible con la neurosis!

En consecuencia, ¿no deberíamos mirarnos con otros ojos al adolescente que se engancha a los peores goces (drogas, experiencias límites, anti-culturas) como a aquello que puede asegurarle su irreductibilidad a la masa? Ciertamente, este goce cuya presencia mantiene contra el aburrimiento de un mundo reducido a las dimensiones de una aldea sin extranjero, es decir, sin otros reales, está construido según su fantasma: necesitará aún un momento para aceptar el hecho de que el sujeto es siempre un exiliado, y que su extranjería es la condición para el vínculo social.

Sin embargo, esto indica que la salida de la infancia exige la emergencia del discurso analítico: lo que homologa la adolescencia con un momento de pase (paso). Se constata que no sabría tratarse, para él en absoluto de un fin. Pero, lejos de ver en él un deshecho de nuestra sociedad, los psicoanalistas estarían mejor inspirados viendo ahí uno de los lugares de resistencia de la subjetividad de nuestra época, ¡de la resistencia que, a veces, les falta a ellos mismos!

 

III

Si la infancia funciona en el discurso del amo o en el discurso universitario, si el vínculo social contemporáneo privilegia el discurso universitario, si el sujeto no tiene otras salidas que la protesta histérica para hacer valer su singularidad, entonces el advenimiento del discurso capitalista es ineluctable.

Ésta es la jugada del discurso psicoanalítico: acoger la alteridad y darle la oportunidad de servir para otro vínculo social. Es por eso que su inclusión en otro cualquiera no puede más que transformarlo en promesa de “bienestar” y finalmente rebajarlo a una psicoterapia: en ella, las formaciones autorizadas por las asociaciones de psicoanálisis, aprovechando algunos mânes[2] del estado bajo la apariencia de formación permanente, y que hacen ver que forman a psicoanalistas ¿no han preparado acaso el terreno para la enmienda Accoyer? Una “formación universitaria” reposa estructuralmente sobre la privación, para el educado, de su cultura propia, es decir, de su relación eventual con el psicoanálisis. La puntualización de Lacan, según la cual no hay más formación que la del inconsciente, ¡era una interpretación dirigida a la “infancia generalizada”!

Es más verdad que nunca que, desde que Hans instruyó en los parajes del real y del discurso analítico, a Freud y su padre, ¡”los analistas tienen miedo”! Pero, a falta de mantenerse ahí, de ser un poco “adolescentes”, podría muy bien ser que perdiésemos de vista hasta el índice de la fobia.

 

1 Dany-Robert Dufour, L’art de réduire les têtes. Sur la nouvelle servitude de l’homme libéré à l’ère du capitalisme total, París, Denoël, 2003.

 

2 El 56% de los jóvenes de 18 a 29 años ven en la mundialización más bien una ventaja (contra el 49% entre los de 30 años en adelante), el 85%, tienene una imagen positiva del orden, el 79% de la autoridad, según diversas encuestas realizadas por el Centro de Investigación para el Estudio y la Observación de las Condiciones de Vida. Cf. Régis Bigot et Claire Piau, “Les jeunes sont aujourd’hiu favorables à la mondialisation”, Consommation et modes de vie, nº 168, Septiembre de 2003.

 

3 Cf. Michael Foucault, “Les mailles du pouvoir”, et “La technologie politique des individus”, en Dits et écrits, tomo IV 1980-1988, París, Gallimard, 1994, p. 193-194 y 826; Giorgio Agamben, Homo sacer I (Le pouvoir souverain et la vie nue, París, Seuil, 1997) et II (L’Etat d’exception, París, Seuil, 2003).

 

4 Slavoj Zizek,

SUMARIO



[1] Nota del T.- Nos informa el autor que el término francés “passant” lo utiliza teniendo en cuenta el equívoco por similicadencia entre “passant” que traducimos por transeúnte, y “pas sans” que remite al operador lógico no-sin de los estoicos y utilizado por Lacan en su obra.

[2] Nota del T.- Mânes son cuerpos de muertos considerados divinos.