Psicosis y
toxicomanía: un síntoma contemporáneo
Voy
a hablarles de una nueva categoría diagnóstica de la psiquiatría, muy de moda
actualmente, que es el llamado doble diagnóstico o comorbilidad psicosis -
toxicomanía y de la manera en la que abordamos el tratamiento de dicha
patología en Babel, que es el primer servicio ambulatorio de Bélgica, y por
ahora el único, especializado en el tratamiento de pacientes psicóticos que
consumen habitualmente productos psicótropos ilegales.
Babel
fue creado en 1997 para responder a una dificultad que comenzaba a plantearse
en aquel momento, que era el hecho de que este tipo de pacientes eran
rechazados en todos los servicios. Por una parte, se les echaba de los
servicios psiquiátricos porque, como es bien sabido, los toxicómanos son
manipuladores, incitan a los demás pacientes al consumo, son mentirosos, etc. Por otra parte, se les
echaba de los servicios especializados en el tratamiento de toxicómanos por
estar locos. Desde entonces, recibimos a este tipo de pacientes e intentamos
acompañarles basándonos en el modelo clásico de la salud mental, el modelo
bio-psycho-social, es decir, poniendo a su disposición el trabajo de un pequeño
equipo de 5 personas compuesto por psiquiatras, psicólogos y asistentes
sociales.
En
este contexto, lo primero que nos podemos preguntar sin duda es lo siguiente:
¿Cuál es el trabajo del analista en una institución de este tipo?
Por
una parte, como sabemos, Freud excluyó las psicosis del campo del psicoanálisis
y la definió como una entidad narcisista en la que no es posible la emergencia
de la transferencia. Lacan, por el contrario, se interesó enormemente por estas
patologías y por su “posible tratamiento”. A partir del trabajo de Freud,
elaboró un saber que resulta claramente operativo en la clínica y, sobre todo,
nos invitó a no retroceder frente a la psicosis. Éste es el punto que hace
posible, a mi modo de ver, el trabajo del analista con la psicosis en
institución. Respecto a la toxicomanía, lo que podemos decir de entrada es que
no es un síntoma propicio al psicoanálisis. En eso hay un gran consenso. En
sentido estricto, el tratamiento de la toxicomanía como tal concierne sobre
todo a la prescripción médica. El toxicómano encuentra muy raramente la
necesidad de dirigirse al analista porque el síntoma que le identifica se
refiere únicamente a la fisiología del dolor y de la angustia. La toxicomanía,
como la gran mayoría de los llamados “nuevos síntomas de la civilización” es poco
sensible al psicoanálisis, pero eso no nos impide, cada vez, invitar a la
palabra y a la transferencia.
Por
otra parte, podemos preguntarnos también sobre la pertinencia del psicoanálisis
en la institución. Toda institución está orientada y construida sobre una serie
de significantes amos procedentes en su mayoría del discurso de la ciencia, del
discurso de la psiquiatría, que le otorgan un lugar en el tejido asistencial y
una función social determinada. Esos significantes determinan también la práctica
y la oferta de la institución, oferta que constituirá la demanda en su
movimiento de vuelta. ¿Cómo se sitúa el analista en el interior de este
discurso institucional, que es por definición discurso del amo? Es una cuestión
que merecería todo un debate. A modo de anécdota, les diré que hemos organizado
este año un grupo de trabajo con otras instituciones para abordar justamente la
cuestión de la tensión entre el objetivo social y el objetivo clínico de la
institución.
Pero volviendo a nuestro tema, yo diría, para
comenzar, que lo que el analista puede introducir en la institución es una
cierta posición ética y, por lo tanto clínica, que debe ir acompañada de un
debate permanente con el discurso de la ciencia y sobre todo de un trabajo de
deconstrucción del discurso que determina la práctica institucional. La
deconstrucción del discurso que determina la práctica me parece una cuestión
fundamental a la hora de abordar el trabajo en institución a la luz del
psicoanálisis.
Empecemos
pues, en lo que nos concierne, por la cuestión del doble diagnóstico.
Este
término apareció durante los años ochenta en la literatura científica
anglosajona para designar la presencia de una correlación importante entre la
existencia de fenómenos psicóticos y el consumo de sustancias ilegales. A pesar
de que los datos de prevalencia varían enormemente de un estudio al otro, se
puede concluir que existe hasta un 50% de consumidores de drogas entre la
población de pacientes psicóticos e, inversamente, que en la población de toxicómanos
se puede encontrar hasta un 7% de esquizofrénicos, es decir, entre 4 y 8 veces
mas que en la población general. En base a esta correlación, se ha establecido
en la psiquiatría una nueva entidad clínica denominada “dual-disorders”.
Sin
embargo, como bien sabemos, una correlación entre dos patologías no dice nada
sobre su articulación causal y aún menos sobre su tratamiento.
¿Cómo
explicar dicha correlación?
En
la literatura científica podemos encontrar varias hipótesis para intentar
explicarla. Varias hipótesis que se pueden reagrupar en dos grandes categorías:
las que consideran una de las dos patologías como la consecuencia de la otra y
las que las sitúan en una relación de simultaneidad.
Dentro
de la primera categoría, una de las hipótesis sostiene la existencia de una
enfermedad mental primaria en la que la toxicomanía funcionaría como una forma
de afrontar los fenómenos de la psicosis. Es decir, una especie de
automedicación. Para los defensores de esta teoría, el tratamiento consiste en sustituir
la droga por los neurolépticos. Las substancias ilegales por las substancias
legales. Sin embargo, la experiencia nos muestra frecuentemente que incluso
después de una larga cura de desintoxicación, la mayoría de los pacientes
tratados de esta manera continúan utilizando su propia medicación. Lo que oímos
corrientemente es que los neurolépticos paralizan el cuerpo y el pensamiento,
que los efectos secundarios son muy importantes, que inhiben el deseo y la
capacidad sexual, mientras que por el contrario, las drogas permiten vivir y
pensar normalmente.
La
segunda hipótesis se refiere a la existencia de una toxicomanía primaria que
habría provocado una psicosis como efecto secundario. Es la idea de que la
droga vuelve loco. Es una hipótesis débil, porque los síndromes citados
(depresión tras el consumo de cocaína, estados alucinatorios inducidos por la
ingestión de anfetaminas o de LSD, etc.) desaparecen generalmente tras la
desintoxicación. Según los autores del DSM, si los síntomas relacionados con el
consumo de una sustancia persisten más de un mes tras la desintoxicación,
tendremos que buscar otra etiología. Respecto a la psicosis resulta claro,
incluso para la psiquiatría, que los estados psicóticos inducidos por las
drogas no tienen el mismo estatuto que una psicosis durable. Sería interesante
establecer los cuadros clínicos que los diferencian.
Pero
lo más importante de esta hipótesis es que efectivamente encontramos en la
clínica casos de desencadenamiento producidos tras un consumo de drogas. Según
mi experiencia, en la mayoría de esos casos se pueden encontrar elementos que
nos permiten hablar de la existencia de una estructura psicótica previa sin
desencadenar, o como ciertos autores la llaman, de una psicosis blanca, sin
síntomas, que ya estaba presente antes del desencadenamiento. Sobre la
capacidad de ciertas sustancias de desencadenar los fenómenos de la psicosis,
habría mucho que hablar, pero dejo la cuestión aquí.
Finalmente,
dentro de la segunda categoría encontramos las hipótesis que sostienen la
existencia de un doble diagnóstico primario. En este caso, se trataría de dos
patologías independientes que interactuarían y se exacerbarían o bien de una
etiología común en la que se suponen ciertos factores que predispondrían al
mismo tiempo a la enfermedad mental y a la toxicomanía.
Ninguna
de estas hipótesis ha podido probarse. Sólo son suposiciones, pero por lo menos
tienen el mérito de mostrarnos la confusión conceptual que reina alrededor de
este concepto de doble diagnóstico. Sea como sea, los psiquiatras no se
interesan demasiado en todas estas hipótesis. En general, consideran que la
psicosis y la toxicomanía se sitúan en el mismo plano y proponen lo que llaman
un tratamiento integrado que consiste en tratar la psicosis por una parte y la
toxicomanía por la otra. En dos palabras, prescribir neurolépticos y aplicar
programas de abstinencia o de substitución.
Pero
esta idea pseudo-científica no refleja para nada los hechos clínicos.
En
primer lugar, a nivel estadístico, la ocurrencia de una correlación entre dos
patologías no justifica la constitución de una nueva categoría diagnóstica. En
segundo lugar, no se puede situar la psicosis y la toxicomanía en el mismo
nivel; es un error epistemológico, pues se trata de dos conceptos que
pertenecen a discursos diferentes y responden igualmente a lógicas diferentes.
Situarlos en el mismo plano sólo puede conducir a los impases que acabamos de
ver en la literatura y con los que se topan habitualmente los psiquiatras.
El
concepto de toxicomanía procede directamente del mundo de la opinión pública y
del periodismo. Los primeros que reagruparon los diversos “venenos del
espíritu” para hablar por primera vez de toxicomanía fueron los periódicos de
finales del siglo XIX. Sólo después, y progresivamente, este término pasó a
formar parte del discurso médico. Hasta entonces, los médicos se habían ocupado
exclusivamente de describir los síndromes de intoxicación y de establecer
minuciosamente los cuadros clínicos del alcoholismo, del morfinismo, del
cocainismo, etc. El concepto de toxicomanía no sólo reagrupa estados de
intoxicación hasta entonces dispares, sino que introduce además la idea de
manía, de patología, de locura o de pasión morbosa ligada al consumo de dichos
productos para construir una nueva enfermedad.
Lo que hoy podemos llamar la invención del toxicómano se sitúa en el contexto histórico de la instauración de las ideas de asistencia social y de salud pública y aparece en la misma serie de lo que se llamaban en la época “enfermedades de la civilizacion”: el cólera, la sífilis, la tuberculosis y el abuso de alcohol. En respuesta a estas nuevas plagas, aparecen las ideas higienistas que combinan por primera vez la acción del estado y de la policía con la medicina para llevar a cabo el combate contra estas epidemias.
La
toxicomanía aparece, pues, como un síntoma social y no como un síntoma de la
subjetividad. Sin embargo, la experiencia nos enseña que, para el sujeto, la
droga es más bien una solución para hacer frente a un insoportable, que un
síntoma propiamente dicho. Muy pocos de los llamados toxicómanos pueden
abandonar esta solución a la angustia. Lo que les causa problema son, o bien
los efectos secundarios (la dependencia, el síndrome de abstinencia, la
exclusión familiar o social, el encarcelamiento, etc.) o bien el fracaso de
esta solución de la droga: ahí donde antes tenía éxito, ahora fracasa. Es a
partir de ahí que nos dirigen su demanda.
El
concepto de toxicomanía es quizás uno de los primeros ejemplos de lo que ha sido
la psiquiatría del siglo XX, en la que hemos visto la traducción de problemas
sociales en problemas médicos y la sumisión de la ciencia al discurso
capitalista. La psiquiatría, en efecto, a lo largo del siglo pasado ha pasado
de ser una ciencia basada en la observación de los fenómenos patológicos de las
facultades mentales a una técnica destinada a adaptar a los individuos al orden
social y a las necesidades de producción y de consumo.
Por
su parte, el toxicómano aparece como el paradigma del consumidor ideal sometido
al imperativo de consumir objetos plus de goce, objetos de
cartón-piedra, como decía Lacan, para suturar la cuestión del deseo del Otro.
Sólo que, a diferencia de los objetos de consumo habituales, la droga comporta
una dimensión real que afecta directamente al cuerpo.
¿Cuál
es la respuesta social a este fenómeno del consumo de drogas que constituye un
síntoma social y una solución para el sujeto?
Más
o menos al mismo tiempo que se inventa el concepto de toxicómano, se instaura
la ley de la prohibición del consumo, que es la piedra angular de la lógica de
la toxicomanía. Una lógica que podríamos enunciar en estos términos: si la
droga es la causa de la dependencia, su desaparición supondrá el fin del
problema.
La
ley del “no a la droga” se presenta para el sujeto en dos vertientes: del lado
“amable” del ideal de abstinencia, propio del discurso médico que identifica el
consumo a la enfermedad, y del lado jurídico, del lado de la prohibición, que
hace del toxicómano un delincuente. Resulta curioso ver el impasse que
se ha producido por el hecho de atribuir al mismo tiempo a un individuo el
estatuto de enfermo, de irresponsable por lo tanto, y el de delincuente,
responsable de sus actos. Es toda la cuestión de la relación entre el consumo y
la responsabilidad que preocupa tanto a los jueces y también la de la
imposición creciente de tratamientos psicológicos obligatorios para los autores
de cierto tipo de delitos que tanto inquieta a los clínicos. Aquí podemos ver
una vez más el derrape, el deslizamiento de lo que es un asunto penal, social,
al terreno de la clínica.
Pero
volvamos al tema de la prohibición. A nivel social, la prohibición no ha
producido la disminución del consumo esperada, sino que, por el contrario, ha
dado lugar a lo que se han llamado los “efectos perversos de la prohibición”:
un aumento espectacular de la producción, de la diversificación y del tráfico
de drogas, de la criminalidad, de la corrupción política y policíaca y un
aumento considerable de los riesgos sanitarios. De la misma manera, a nivel
clínico, hemos podido constatar que la prohibición como medida terapéutica
conduce frecuentemente al consumo desenfrenado y, en definitiva, a lo peor.
Como todos sabemos, en relación a los opiáceos, esta idea de prohibición como
tratamiento y de abstinencia como objetivo terapéutico fue remplazada hacia los
años 1980 por la prescripción de productos de substitución como la metadona y
el concepto de gestión del consumo. Pasando así de la idea de eliminar el
síntoma a la de controlarlo. En todo caso, tanto la supresión como el control
del síntoma forman parte de la política del discurso del Amo.
Yo
diría, para terminar este punto, que no hay clínica de la toxicomanía, lo que
hay es una práctica equivalente a la prohibición y al control del consumo,
pues, en definitiva, la toxicomanía es una cuestión de orden público, y todas
las cuestiones y las respuestas propuestas a partir de dicho discurso sólo
pueden conducirnos al ejercicio del control. Es en este sentido, sin duda, en el
que Lacan afirma en 1966 que la toxicomanía es un término “puramente
policíaco”. Podemos oír en esta frase que los presupuestos del discurso sobre
la toxicomanía nos introducen en una lógica policíaca.
La
psicosis, por el contrario, no es una categoría artificial determinada por las
condiciones sociales. No es un comportamiento como la toxicomanía, sino una
entidad clínica de pleno derecho. Tenemos que confesar que no sabemos gran cosa
sobre la psicosis. Basta con darse cuenta de la confusión de discursos y de
conceptos en la que se encuentra la psiquiatría actual o, simplemente, de las
dificultades a las que nos vemos confrontados cada día en la clínica de la
psicosis.
Sea
como sea, nosotros abordamos la psicosis y su tratamiento a partir de los postulados
de la psiquiatría clásica europea y sobre todo del psicoanálisis. La teoría
psicoanalítica nos permite, en efecto, orientar la práctica institucional.
Abordar
la psicosis a partir de estas referencias nos obliga a introducir la dimensión
de la subjetividad, que es precisamente la dimensión que ha sido excluida de la
psiquiatría americana y de su pensamiento. A partir de Lacan, consideramos la
psicosis como una estructura subjetiva, como un modo de ser en el mundo que
implica una relación particular con la
realidad y los demás. En relación a la práctica, tomar en cuenta la
subjetividad significa fundar la clínica sobre el sufrimiento que el sujeto
designa como tal a través de su palabra y no sobre criterios que le son ajenos.
El objeto de la clínica es lo que el sujeto enuncia como su insoportable: ése
es nuestro punto de partida.
En
la psicosis, lo insoportable se sitúa del lado de los fenómenos intrusivos que
invaden la percepción, la acción y el cuerpo del sujeto. El retorno de lo real
deslocalizado, fuera de lo simbólico, irrumpe bajo la forma de fenómenos
corporales extraños, alucinaciones visuales, y voces que tienen para el sujeto
un valor de realidad, de certeza, y un carácter insensato, sin-sentido. Por eso
es por lo que podemos decir que la psicosis no es una enfermedad, puesto que no
se ha podido demostrar ninguna alteración orgánica susceptible de explicarla
hasta ahora, sino que, en la psicosis, lo que está enfermo es el sentido. El
que está enfermo es el Otro del sujeto y si un sujeto psicótico dirige su
demanda a un analista, será justamente para buscar el sentido de ese goce
desbocado del Otro.
En
el caso de psicosis expuesto por Freud, el caso Schreber, podemos ver cómo un
sujeto psicótico encerrado en un asilo durante 10 años consigue por sí mismo,
con el único recurso de la escritura, reconstruir el mundo, reconstruir todas
sus convicciones y creencias, también su propia identidad, para explicar, para
dar sentido a los fenómenos que desencadenaron su locura. Es lo que Freud llamó
el trabajo de la psicosis, el trabajo de elaboración delirante que va venir a
dar sentido a los fenómenos elementales produciendo una estabilización de la
sintomatología. Mas tarde, Lacan introducirá la idea de suplencia y de metáfora
delirante para designar lo que puede ser una solución plausible para el sujeto
psicótico y lo que constituye la oferta del analista: acompañar al sujeto en su
construcción delirante, acompañarle en la construcción de su particularidad en
posición, como decía Lacan, de secretario del alienado. Y secretario del
alienado quiere decir tomar nota del saber delirante que el psicótico va a ir
depositando poco a poco en su elaboración. Éste es el eje de trabajo que
orienta nuestra práctica y el que intentamos sostener a través de la puesta en
funcionamiento de una serie de semblantes que son precisamente el de
psiquiatra, el de psicólogo y el de asistente social.
Trabajamos,
pues, a partir de la clínica de la psicosis y, más concretamente, con la idea
de desarrollar día a día un servicio ambulatorio especializado en el
tratamiento de pacientes psicóticos. En cuanto al consumo de drogas, nuestro
objetivo, si la necesidad se presenta, es el de localizar su función en la
economía subjetiva de cada sujeto.
A
continuación me voy a referir a un caso, que ya he tenido la ocasión de
presentar en otros lugares y que ilustra muy bien el tipo de trabajo que
intentamos sostener.
Se
trata de un hombre de una treintena de años al que llamaré Sr. X que viene a
vernos para protegerse de un consumo irrefrenable de drogas y abandonar un
tratamiento de sustitución de metadona que toma en dosis enormes (240 mg./día)
y que, según dice, le va conduciendo a la muerte.
En
la primera entrevista habla de su elección, porque para él es una elección, de
ser toxicómano. En un momento dado de su vida, tuvo que elegir entre tres
posibilidades: "o matar a mi padre, -dice- o volverme esquizofrénico o
convertirme en toxicómano. Elegí ser toxicómano”, mejor que loco o parricida.
El Sr. X explica esta elección a partir de una escena que vivió a los 9 años en
Nochebuena. Acababa de recibir muchos regalos de su padre. Era un momento
idílico, dice. De repente, su padre entró en la habitación un momento y salió
furioso después, rompió todos los regalos y comenzó a pegar a la madre. El Sr.
X no entendió lo que pasaba. Se metió en una esquina delante de la TV y comenzó
a buscar un programa que le absorbiera para no ver la escena del padre pegando
a la madre. Una escena que se repetirá regularmente y que conducirá al Sr. X a realizar
su elección. Así es como describe la genealogía paterna; "mi abuelo era
farmacéutico, mi padre médico, y yo soy
toxicómano".
La
primera vez que prueba la droga es hacia los 12 años, cuando fuma un porro con
un amigo. Poco después, su padre le ve y se da cuenta, pero no reacciona, lo
único que el dice es “eres un incurable”. Cuando, algunos años más tarde, su
hijo le pregunta por qué no reaccionó en aquel momento, por qué no le regañó,
él le responde que no tenía por qué intervenir ¿Por qué? Porque no tenía por
qué intervenir. En otro momento dirá que fue su padre quien le dio los primeros
psicótropos, calmantes a base de opiáceos, cuando era pequeño, para que se
calmara. También fue su padre quien le recetó el tratamiento de metadona que
recibe actualmente.
De su madre, muerta en un extraño accidente en estado de embriaguez cuando él tenía 27 años, dice muy poco. Dice que los opiáceos le recuerdan el calor, la seguridad y el cariño de su madre, que era una "mujer maravillosa". Se llamaba Lucy, como "Lucy in the Sky with Diamonds", esa canción de los Beatles cuyas iniciales forman el anagrama LSD. "Es una premonición", dice. Él no sabe si es responsable o no de este fallecimiento y eso le angustia enormemente. Piensa que es un suicidio y que su padre es responsable porque le hacía la vida imposible a su madre. Pero también piensa que él mismo es el culpable: “aquella noche -dice- mi madre vino varias veces a pedirme ayuda. No me di cuenta, había tomado cocaína y pensaba que quería que fuera a comprar más botellas de alcohol, me dije que podía esperar al día siguiente". Poco después, la madre se cayó por las escaleras. "Si no hubiera estado colocado, habría avisado a mi padre, que la habría salvado".
Para
el Sr. X, ser “toxicómano” e “incurable” funciona como una identificación
primordial, un nombre propio, que le permite representarse en el lazo social y
protegerse del goce del Otro. Al no tener a su disposición el Nombre del Padre,
el psicótico recurre a la construcción de un nombre propio que funciona como
suplencia y que le permite refugiarse y hacerse representar en lo simbólico y
en lo imaginario. Ésta es, pues, la primera función de la droga y de la
toxicomanía para este sujeto. En el plano simbólico la toxicomanía le ofrece,
en efecto, una identidad sobre la que puede apoyarse.
Pero
además de esta función de identificación en lo simbólico y en lo imaginario, la
droga tiene también una función real para este sujeto. El Sr. X dice que su
“corazón sangra” y que tiene que “estar colocado” para detener esa hemorragia
dolorosa. Por otra parte, como dirá mas tarde, está invadido por una serie de
alucinaciones auditivas en las que oye canciones e insultos y de alucinaciones
visuales y olfativas. Con ciertos productos, sobre todo con el hachís y los morfínicos,
las imágenes se alejan de él o él se aleja de las imágenes.
Esto
nos permite concluir que la droga, o más bien ciertas drogas, como veremos
después, funcionan para él como una barrera o un velo frente a los fenómenos de
la psicosis: alucinaciones, angustias, “hemorragia del corazón", etc. Así
pues, a la función de identificación se añade una segunda función de la droga
que es el tratamiento del goce del Otro. Se trata, si ustedes quieren, de un
tratamiento de lo real por lo real.
En el curso de las primeras entrevistas,
intenta encontrar la buena sustancia y la buena dosis para parar aliviar su
sufrimiento sin tener que sufrir los efectos secundarios, ya que el velo que
constituye la droga para él no siempre funciona correctamente. Quisiera encontrar
una “molécula ideal” que no produzca ni la dependencia, ni la tolerancia, ni la
habituación que invaden también, como las alucinaciones, su cuerpo. Por eso es
por lo que, en un primer momento, pide reemplazar, siempre bajo control médico,
la metadona por una prescripción de calmantes morfínicos que tomará en
combinación con una cierta dosis de cannabis.
En la clínica de la psicosis no intervenimos
a partir de una posición de saber, porque el Otro del saber equivale para el
sujeto psicótico a un Otro persecutor que goza de él. Nos situamos simplemente
del lado del sujeto frente a ese Otro del goce que le invade. Dicha posición
implica abandonar toda pretensión pedagógica o incluso terapéutica. En cierta
medida, nos limitamos a acompañar al sujeto en su construcción.
Así es como me aventuro con él en la búsqueda
de la molécula ideal. Participo en la contabilidad de los calmantes que va a
pedirle al médico, de la cantidad de hachís que le hará falta por semana, de lo
que cuesta, etc. Como no tiene suficiente dinero para comprar el cannabis que
necesita, pide que el médico se lo prescriba. Como es un producto ilegal,
propone entonces recibir dicho tratamiento en el marco de una experiencia
médica universitaria.
Quisiera “ser el primero al que prescriben un
tratamiento a base de cannabis” y para ello está dispuesto a convertirse en “el
objeto de un experimento científico”. La negativa del médico le conducirá a
reivindicar la legalización del cannabis, siempre bajo prescripción médica, y a
dirigirse a una asociación anti-prohibicionista para proponerse como “experto
en drogas” y para ofrecer sus servicios como “especialista”.
Pero esta elaboración significante que va
realizando sólo es posible si el sujeto consigue mantenerse a una cierta
distancia del goce del Otro. Hace falta
una cierta separación de dicho goce para que el sujeto pueda construirse en el
discurso. Y aquí es donde se introduce la segunda función del partenaire
del psicótico que es la de imponerle la ley a ese Otro que goza de él. Decir
“no” al goce, a la locura de ese Otro que le invade. Hacerse el aval, el
garante de un “no” al goce del Otro nos va a permitir, en un cierto sentido,
funcionar como una suplencia. Por eso me opongo a todo lo que le precipite en
los brazos del capricho del Otro. Así por ejemplo, si bien apoyo la idea de que
sea el primero al que prescriban un tratamiento a base de cannabis, porque ello
introduce un nuevo rasgo de identificación, me opongo a que se convierta en el
objeto de cualquier experimento: “Nada ni nadie puede obligarle a convertirse
en un conejillo de indias” le digo. Tras esta intervención, parece más
tranquilo y me habla entonces, por primera vez después de varios meses de
trabajo, de sus alucinaciones y del desencadenamiento de dichos fenómenos.
Durante
su adolescencia pasaba horas y horas escuchando música con los cascos puestos y
a todo volumen y tomaba LSD para evadirse de la violencia de su padre. A los 16
años tuvo su primera mala experiencia con la droga: "Cuando tomas LSD
-dice-, hay que acogerlo y dejarlo subir, si no el trip se queda
bloqueado. Aquel día tuve miedo y no dejé venir el trip. Desde entonces
tengo un agujero. Siento una bola de angustia en el estómago. Es el trip
que se ha quedado bloqueado." Desde entonces está invadido por las
alucinaciones y tiene miedo, incluso si actualmente no sabe de qué. El LSD
aparece aquí como la causa y la explicación de los fenómenos de la psicosis. No
esta loco, contra lo que se defiende: de hecho, en una de las entrevistas me
dirá que sobre todo no hay que llamarle loco o marica; sino que es víctima de
un mal viaje, de un bad trip, de un mala experiencia con la droga.
Pero
volvamos a la cuestión de la función de la droga y de la prohibición. No todas
las drogas funcionan para él como una defensa contra los fenómenos de la
psicosis. Para él hay dos grandes categorías de drogas: las buenas, las que
ejercen dicha función como ciertos opiáceos y el cannabis, y las malas, la
cocaína, el speed, las benzodiacepinas, el alcohol, la metadona y el
LSD, que le conducen a la muerte y al pasaje al acto. Sin embargo, cuando no
tiene otra cosa se ve obligado a tomarlos, puesto que lo que le empuja es, ante
todo, el imperativo de "estar colocado". Por ejemplo, un día en el
que se encuentra sin dinero suficiente para comprar hachís, bebe y toma
medicamentos. Poco después es atropellado por un tren, o, como él mismo, dice
"absorbido" por un tren, salvándose por poco con graves fracturas y
contusiones. "Es la prueba de que no tengo que dejar de fumar cannabis”,
dirá después.
Pero
no todo es tan fácil; también las buenas drogas pueden convertirse en
peligrosas e invadir su cuerpo produciendo la dependencia, la tolerancia y la
habituación. Por eso es por lo que incia la búsqueda de la molécula ideal que
vendría, precisamente, a limitar el goce del Otro sin efectos secundarios.
¿Qué
conclusiones podemos extraer de este caso?
La
primera, la mas evidente, es que el montaje de la droga puede funcionar en la
psicosis, tanto a nivel simbólico e imaginario como a nivel real, como una
defensa contra la intrusión de los fenómenos elementales. En cierta manera,
funciona como una suplencia del desfallecimiento o de la ausencia en lo
simbólico de la función paterna. Como dice Lacan en 1946, “una cierta dosis de
Edipo puede ser considerada como teniendo la misma eficacia humoral que la
absorción de un medicamento desensibilizador”. En tanto que barrera contra el
goce, la droga se sitúa, pues, en el mismo lugar que el delirio y que el partenaire
del psicótico, el clínico.
Sin
embargo, no podemos generalizar. Ciertas drogas producen ciertos efectos en
ciertos individuos y no en otros. Al mismo tiempo, como hemos visto, una misma
sustancia puede producir efectos positivos y también negativos en un mismo
individuo. De ahí la importancia de la clínica de la particularidad y de
localizar la función de la droga para cada sujeto.
Finalmente,
para retomar nuestro debate sobre la clínica de la psicosis y la lógica de la
toxicomanía diré, y esto es fundamental, que si, según la lógica de la
toxicomanía, la droga se sitúa en el lugar de la causa y la prohibición apunta
al consumo, en la clínica de la psicosis la causa se sitúa del lado del goce
del Otro, la droga puede aparecer como una solución válida del sujeto y la
prohibición apunta al goce del Otro. Todo ello nos obliga a admitir el consumo
de ciertas drogas, la reivindicación de su legalización y la presencia de un
discurso positivo sobre su consumo.
La
lógica de la toxicomanía constituye, en efecto, un obstáculo a la clínica de la
psicosis y, de un modo general, la introducción de términos del discurso social
en el psicoanálisis, sin una deconstrucción previa del discurso que los
sostiene, constituye un obstáculo para la progresión del psicoanálisis.
Bélgica
Presentado
en las Jornadas de Clínica de la Violencia. Organizadas por Foro Psicoanalític
Barcelona (FPB); Octubre 2003