Si nos fijamos sólo en el centro del nudo, que en nuestro caso esta abierto para  simplificar la visualización, veremos el entrecruzamiento denominado triskel.

 

 

 

 

 

Les recordamos la cita de Lacan con la que hemos subtitulado este trabajo.  Fijémonos que ahora hay tres formas de anudamientos posibles, con lo que aparecen tres operaciones distintas en función del orden en el que actúan los registros: realizar, simbolizar o imaginarizar. Pero no son solamente duales, sino que pueden ser trinas, de manera que se hace una operación sobre un registro, pero mediante el tercero. Es: ¿qué? ¿mediante qué? y ¿de qué?  Un ejemplo en la ciencia es que simbolizamos la masa, un real, mediante la M, pero M, antes de ser una letra, es una imagen. Luego hemos simbolizado imaginariamente un real. En consecuencia, desde ese primer paso, en la doctrina las cosas no van a ir de la misma forma según el orden de los registros.

 

 Ven que si ponemos lo simbólico como primero puede simbolizar imaginariamente lo real o simbolizar realmente lo imaginario. Esto aplica para las otras tres operaciones, de modo que hay 6 posibilidades. De momento nos mantendremos en las dos simbolizaciones posibles.

 

En el centro tenemos el gran efecto del nudo, el plus-de-goce. Efecto y sostén de cualquiera de las operaciones, pero además vemos diferentes espacios entre los registros que van a ser ocupados por diferentes aspectos de la doctrina.

 

 

Segunda herramienta

 

Sabemos que mucha violencia aparece en función de la dialéctica edípica, que hoy denominamos lógica de la sexuación. Aquí aparece el otro gran símbolo (seminario de la transferencia) del psicoanálisis: el falo. En la primera teoría de Lacan, es un verdadero símbolo que da cuenta del encuentro S-R. Lacan aún creía que se podía escribir la relación sexuada como fálica aunque no fuese la relación sexual. Este símbolo deja de serlo y pasa a ser un semblante cuando Lacan efectúa la lógica fálica, dándose cuenta que lo escrito también tiene un límite. Entonces, desde el discurso, y sobre todo desde el “existe uno que no está bajo la función fálica”, se deben poder situar dichos lugares diferentes del nudo. Y en particular ¿cómo situar los espacios a los que no llega el registro simbólico, pero desde él? Lugares que también aportan goce y que no serán inertes.

 

 es la fórmula que da acceso, desde el lado masculino, a ese goce fuera de lo simbólico. Por el contrario,  es la fórmula que dará acceso a dicho fuera de lo simbólico en el lado femenino.

 

En el punto de encuentro entre R e I sin mediación de S debe poderse situar un goce que presiona y que a través de un registro o articulación de dos pueda aparecer de alguna forma, superponiéndose en el registro narcisista al encuentro Real-Imaginario donde situamos el odio. Les recuerdo que es legítimo en los registros aplicar la tríada a uno de ellos, por ejemplo lo real de lo imaginario.

 

Una posibilidad es que aparezca en el aparato locomotor ligando el real que no se escribe y el imaginario con el Real-Imaginario del registro narcisista. Así podríamos ligar la simbolización del nudo con la dialéctica de la castración, diferenciando entonces el lado masculino del femenino.


Definiciones previas

Antes de la introducción sitúo, mediante aserciones, definiciones que afectan a la terminología:

- La violencia es diferente de la fuerza: la segunda se da en toda la naturaleza, incluso en la denominada inanimada. La fuerza, en el organismo vivo, está ligada a un real; Freud la ligaba al aparato locomotor. Disponemos con él de un real para las realizaciones.

- Los seres vivos que no habitan el lenguaje pueden añadir a dicha fuerza la agresividad que proviene de lo imaginario. Entonces pueden unirse fuerza y agresividad, obteniendo la agresión. El humano dispone de dichos mecanismos en tanto que organismo vivo. Tenemos dos registros: un real más un imaginario.

- La violencia sólo pertenece al ser parlante, ya que entendemos por violencia el goce de la fuerza o el goce de la agresión. Hay que entender por « goce de algo » el hecho de que dicho algo quede teñido por algún goce.

- Goces hay muchos; por ejemplo, el goce narcisista, que proviene de la ampliación de la agresividad imaginaria de los seres vivos al concepto de narcisismo que ya depende de la palabra y, por ende, del significante y del falo imaginario[1].

- Entendemos por ser parlante aquél cuya palabra está articulada con una estructura de lenguaje, definición misma del inconsciente. El significante introduce una nueva fuerza: su carácter imperativo; pero además introduce lo muerto en el sentido de que la letra de la que está formado mata; sabemos que es la lectura que hace Lacan de la pulsión de muerte freudiana, pulsión que es insostenible desde un punto de vista biológico. Pero lo transbiológico del significante no sólo introduce una fuerza, sino que introduce un goce; Lacan la define como sustancia gozante. Este goce es el que no aparece en los otros organismos vivos. Esta afirmación debe matizarse, ya que la naturaleza está llena de semblantes, y por supuesto de semblantes de fuerza, agresión y muerte. Por tanto, la diferencia con el ser parlante es que dichos semblantes se articulan entre ellos en estructura de enjambre y se ponen en relación de discurso con un saber, el del inconsciente articulado como un lenguaje. Si se efectúa con el primer discurso, el del amo, tenemos entonces ya al significante en el lugar del semblante. Dicho discurso no debe ser confundido, como el mismo Lacan nos indica, con la violencia.  Tenemos así un registro simbólico.

Introducción

El hilo conductor de este trabajo nace de la reflexión siguiente: sexo y violencia son dos aspectos que parecen acompañar al ser parlante continuamente. Sobre el sexo, el psicoanálisis, y en particular Lacan, ha sabido situar en sus últimos trabajos una excelente tesis sobre el porqué de la insistencia de lo sexuado en el ser parlante: es porque no se puede escribir lo sexual. Esto ha sido un gran paso para diferenciar lo necesario, que sitúa el mito freudiano de la pulsión, de lo imposible y lo real. Lo sexual quedará entonces del lado de un real, y aparecerá lo sexuado como suplencia con sus posibles posiciones diferentes. Esta suplencia tiñe las necesidades del humano, incluso la necesidad sexual, de un color sexuado que todo lo invade.

Ahora bien, la violencia que tan íntimamente va unida a lo sexuado en muchas ocasiones, ¿proviene en segundo nivel de dicho coloramiento de las necesidades o también es una manifestación de ese imposible? Evidentemente, nos referimos a una violencia de estructura y no a unas violencias provenientes de las posiciones subjetivas o de déficits de las simbolizaciones, o de realizaciones fantasmáticas, incluso de posiciones frente a la falta o la castración, significante de una falta en Otro, S( ), o -j. Recordamos que todo ello está tratado en los Seminarios XIV y XV de Lacan. Estas últimas son imputables, mas allá de la estructura general, a las posiciones del sujeto y a una serie de operaciones concretas que realizó en su momento y, en su caso, tendrán, o no, relación con la violencia que intentamos aclarar. Por el contrario, una violencia de estructura acompañará a todo sujeto por el hecho de serlo y por el hecho de estar sometido al lenguaje, y sobre todo, tal como veremos, por estar en el espacio del nudo del que se desprenden discursos.

Freud, por su parte, planteó una triebe, la de destrucción, cuya fuente era el aparato motor, muscular, o locomotor, y su fin dominar, someter y destruir. En su última teoría de las pulsiones, lógicamente, situó dicha triebe del lado del tánatos. Es importante ver que dicha triebe no era la polaridad sádico-masoquista. Siempre me llamó la atención que Lacan no situara esta pulsión y se mantuviera en las dos freudianas, añadiendo una que lee en Freud y otra propia. Nos referimos a la escópica y la invocante. Si la pulsión de destrucción no es una pulsión ¿de dónde viene lo que Freud plantea y que aparece continuamente?

Por otro lado, Lacan situó la agresividad del lado de la tópica especular y el narcisismo y parecería que así se explicarían determinadas cuestiones sin tener que recurrir a dicha pulsión. Pero esto fue escrito cuando tenía una teoría de los registros, en particular el registro real, todavía cercano a la teoría del conocimiento o a la ciencia. Lo real era un registro a simbolizar o imaginarizar o mejor: su imaginarización era intermediada por el registro simbólico. Era, pues, un real que estaba bajo el narcisismo; entonces aparece la tríada « amor-odio-ignorancia » en la que el odio queda situado en el encuentro entre lo imaginario y lo real. Más tarde, en el Seminario « Encore », fundirá los dos primeros apartados de la tríada en un solo concepto el odioenamoramiento y la ignorancia pasará a añadirse a la cuestión del no querer saber. 

Según Lacan avanza en la articulación ello-Inconsciente, se va imponiendo lentamente un real que, aunque forma parte del nudo, deja lugares a los que lo simbólico no accede. Al mismo tiempo, Lacan retoma de nuevo lo que había dejado pendiente en el seminario de la ética: el aspecto económico; y, desde luego, no lo puede abordar como Freud, ya que la energética no ofrece posibilidades al drenaje del goce que supone la castración entre otras cosas, así que se vuelve sobre el discurso económico que hay en la obra marxista; la otra manera de tratar lo económico y el sinthoma.

Empieza la elaboración de la doctrina del goce. Poco a poco, todos los aspectos de la doctrina reciben su componente de goce, sean los significantes amos, S1, o el saber del inconsciente S2, sea el plus-de-goce como resultado del concepto de producción del discurso. Este plus-de-goce  permite resituar al objeto petit « a » como el que lo representa. Con el primer tipo de significantes quedaba establecido el recorrido pulsional y con dicho plus-de-goce un real cernido por el significante y también, a la inversa, causante del cernimiento. Pero quedaba la estructura cerrada entre los significantes más el objeto.  El saber del Otro permitía que los significantes que no representaban al sujeto lo representasen para otro. Sólo quedaba situar la castración de nuevo y que fuese con relación a lo real  y no sólo frente al narcisismo o el fantasma.

En la primera época de Lacan, la llamada falo-centrista, ahí donde no llegaba lo simbólico en la significación, S( ), llegaba la significación (denotación) del falo entre lo simbólico y lo real. Luego el falo simbólico daba respuesta a todo ese real que no podía pasar al significante: era verdaderamente el significante del goce[2] siendo al mismo tiempo un signo-símbolo; el verdadero, como llega a plantearse Lacan en el Seminario “La transferencia”.  Si vamos a la última doctrina del goce, entre lo simbólico y lo real veremos que eso ya no es así. Primero, porque en la tópica del inconsciente sitúa entre el significante y el significado la función de lo escrito; y segundo, porque la función fálica es cuantificada, ya que no da cuenta de todo lo real y el sujeto debe nominarse como lado masculino o femenino, quedando entonces no sólo el goce pulsional, sino otro goce más allá. Vayamos sobre ese horizonte teniendo en cuenta que se trata de un artefacto de escritura y no de simbolización. En el litoral entre los dos registros aparece la letra, al menos en dos vertientes: la letra substrato material del significante, y la letra escritura, efecto escrito de un discurso. Los lugares sexuados, que no sexuales, se obtendrán de la articulación del inconsciente entre lo simbólico y lo real articulando, para el lado masculino y el lado femenino, el falo y el objeto de formas muy distintas y también su relación a la violencia de forma distinta.


Sobre el goce de tinte sexuado

Retomamos lo imposible y recordamos que del goce sexual nada sabremos, lo que lleva a entenderlo en dos direcciones, que el nudo hace equivalentes. Una dirección: hay una falla en lo real que permite que otro registro venga a suplirlo; otra, la tesis mayor: la relación sexual no se puede escribir. Tanto monta, monta tanto. Hay que poner mucho cuidado en ese concepto de escritura y suplencia. Lo simbólico y lo real no pueden tener ningún punto en común, pero sí una intermediación: la letra y la escritura; Lacan lo denomina el litoral. Si no sabremos nada del goce sexual y sólo nos queda el Uno del significante (antigua pulsión) ¿qué queda entre lo necesario del goce del Uno y lo imposible del goce sexual?

Una modalización contiene 4 términos, luego nos queda lo posible y lo contingente, posiblemente escrito y contingentemente escrito para situar el significante y semblante fálico que hará dicha suplencia. Nos referiremos de momento a lo contingente.  Suplirá si es el caso de que no haya posición psicótica frente a esa xRy que no se puede escribir. Tenemos entonces la escritura del falo y, a partir de ella, una Bedeutung, la del falo, la única, según Lacan, que nos permitirá dicha sexuación. También se puede enunciar en sentido contrario: hay un goce que es preciso que no se dé porque hay goce fálico; como hay significante, ya no hay goce sexual sino sólo sexuado.

Dicha Bedeutung, ya desde el Escrito « La significación del falo » sitúa el falo simbólico como reprimido: Verdrängung fálica, es decir, lo sitúa como un significado y es desde ese significado que viene a designar todos lo efectos de significación. Lo que ha cambiado es que ahora ya no es un signo-símbolo como en el seminario de la transferencia. Si es un símbolo, significa que el aparato psíquico es cerrado y que ahí donde no llegaba el significante, S( ),  llegaba el falo. Desde la introducción de lo real como imposible, eso ya no es pensable así y el falo aparece por el lado de lo contingente. Contingentemente escrito « cesa de no escribirse » que, en segunda vuelta, puede ser colocado como un significado. Desde esa denotación metonímicamente podrá hacer que el lenguaje haga las veces de metalenguaje, pero sin serlo.

 Ese « hacer las veces » permite al neurótico, y en su caso al perverso, volver sobre sus significaciones, es decir, no estar en el fenómeno de la creencia. Punto clínico que tiene su importancia en la violencia basada en el delirio. El falo queda del lado del significado, pero no es un símbolo que nos articule lo simbólico con lo real: es un semblante. El falo ya no es la solución para todo.

Esa contingencia del falo como significante y puro semblante tendrá ahora que ser cuantificada para que el sujeto no caiga bajo una denotación de nombre propio, como en la psicosis, y ese goce sexuado tendrá 4 nuevos modos. Modos existenciales que permiten situar mejor lo que los mitos edípicos freudianos (en particular « Tótem y tabú ») articulan; y hacerlo recogiendo el trabajo sobre los nombres propios denominado teoría de las descripciones.

La nueva definición de la castración será estar sometido a la función fálica, y el acceso a lo real vendrá mediatizado y obstaculizado a la vez por una cuantificación de la Bedeutung fálica y no sólo “tenerlo o serlo”. Si estar castrado es estar sometido a ley fálica resulta que es necesario que exista uno que no, y acabamos de entrar en una de las funciones del padre, el llamado padre real[3]. Éste sirve tanto para el lado masculino como para el lado femenino, sea en las escenas primarias freudianas de seducción o de sumisión. Aparece siendo una excepción a la función fálica, uno que al no estar bajo la función fálica podría realizar el goce sexual, pero atención: es mediante una negación y desde el discurso como lo situamos luego una vez más desde lo simbólico. Lo situamos mediante una negación especial con la que intentamos abordar aquello que se perdió por el significante.

 Lo que nos interesa de esta existencia es la violencia criminógena que aporta, y que ya Lacan en su escrito «Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en Criminología » había denominado el factor criminógeno del Edipo. Existen todo tipo de bandas de humanos que se dedican a sostener esta existencia de un padre que gozaría a cualquier precio (por ejemplo por la vía de un macho impotente frente al cual hay que plantear todo tipo de atrocidades) pero, al mismo tiempo, todo ello se hace en una articulación del grupo con una exigencia de que quede todo bajo la función fálica. Dicho de otra manera, se desea que dicha atrocidad pase a ser significada fálicamente[4]: es el momento de la culpa.

Los que eligen el lado masculino se mueven en esa oscilación, sostienen esa existencia en oscilación con la otra modalización equivalente a lo posible, el para-todo fálico. Lo posible es que no es seguro que se sea un hombre y ello implica estar bajo el cuantificador para-todo que no asegura ninguna existencia. De ahí que la masculinidad existiría, pero está siempre en cuestión. Aquí hay que hacer una nueva distinción de goces: si el goce del padre como existente aparece como una recuperación de lo imposible de escribir, ese intento siempre es fallido (de lo contrario, se convertiría en una forma distinta de escribir la relación sexual, esta vez como relación fálica).

Creemos que este empuje es el factor criminógeno del Edipo en el lado masculino al que Lacan hacía referencia. Empuje como tentativa siempre fallida (raté) de alcanzar el goce sexual perdido. Este empuje rebota en el para-todo fálico como su dobladura. El efecto de dicho fallar la función en su alcance de lo real del goce sexual, desde el goce sexuado, proviene de unas operaciones de discurso (en las cuales no entramos ahora) y que producen un resto: el plus-de-goce, una letra, representado por el objeto petit « a ». Tenemos entonces un plus-de-goce que elabora el discurso y no sólo la función de la excepción fálica y recibe, con coherencia, la denominación de goce a-sexuado[5]. Sabemos entonces que la relación del sujeto a dicho objeto, y viceversa,  será fantasmática.

Vista así la posición masculina en la que, ante lo imposible de escribir, se articula lo contingente de la función fálica con lo necesario de la pulsión (la pulsión en el fantasma) y lo posible del cuantificador para-todo. Dicho de otra manera, lo pulsional se articula sobre el fantasma, y éste, a través del objeto, se articula con el resto que el falo no pudo articular. Lacan lo anticipaba, como deseo masculino en « La significación del falo » así: F (a). Articulación del goce fálico y el plus-de-goce.

En el caso femenino, su relación con dicho goce sexual perdido es totalmente distinta. Parte del mismo “existe uno que no..” pero, debido a la  operación privación, la mujer primero niega la existencia de ése que no estaría bajo la función fálica, que como hemos trabajado en otro lugar, la sitúa en la inexistencia, lo que la empuja a ponerse, más que presionada hacia ese goce, a ofrecerse para los goces del Otro en forma de objeto; punto que la puede llevar al estrago. La fémina, con el salto al cuantificador no-todo como contingente, entra de nuevo en la función fálica, pero no-del-todo: su goce está a medias entre lo simbólico y lo real, de ahí el goce Otro. Ahora, tampoco el cuantificador no-del-todo es una escritura de lo que no se puede escribir, de ahí que el plus-de-goce haga de tapón de ese goce Otro, mientras que buscará el falo en su partenaire, porque como muy bien indica Lacan en su ejemplo de « La dirección de la cura » el estar del lado fálico no impide que lo desee. Con lo dicho, vemos cómo el lado masculino es el sexo débil para la père-versión y el femenino lo es para situar al hijo como objeto de goce en una dimensión psicotizante o violenta. La violencia en el lado femenino proviene a veces de ese goce Otro y algunos hijos lo relatan en sus análisis, pero también puede provenir de su lado fálico como en el lado masculino.

 

La violencia

Todo lo que hemos dicho hasta ahora ¿cómo aplica a la violencia? La violencia supone algo más. Desde el punto de vista jurídico, no hay violencia si no hay acción, es decir, no se puede inculpar a nadie por lo que fantasea, sino por lo que ejecuta. La primera pista nos la ofrece Freud en el « Proyecto de una psicología para neurólogos », cuando dice que la representación incluye también la imagen motriz. La cuestión ahora es cómo se accede a dicha imagen motriz. Por un lado, hemos planteado que en el lado masculino hay una presión a esa escritura fálica de la relación sexual que no se puede escribir y que siempre falla y aparece el objeto. En ellado femenino, al intentar escribirla, parece que hay dos direcciones de presión, una hacia el goce del S( ) y otra más fálica. La primera la llevaría más bien a ser víctima de la violencia y la segunda a ejercerla en los vástagos.

Ahora bien, ¿qué sucede con el encuentro entre lo real y lo imaginario sin mediación simbólica en el lado masculino? Si dicho encuentro, al lado femenino, le da acceso a un goce Otro que adviene a algunas, es porque puede imaginarizarse un real y algo del cuerpo responde a dicho goce. ¿Qué responde en el varón cuando se acerca a lo real mediante esa figura de la excepción?

Antes hemos indicado que volveríamos sobre la figura del padre real o, decimos ahora, el tipo de estructuración paterna o nominación, o, mejor dicho, el orden y la orientación del triskel (cita del símbolo con la que abríamos esta exposición) que anuda los registros en el nudo borromeo. Hemos dicho que el padre real estaba en el fondo entre lo simbólico y lo real. Con el nudo podemos olvidarnos del concepto de pertenencia del padre a un registro y sustituirlo por lo que Lacan denomina los nombres-del-padre. Si tomamos por padre-del-nombre simbólico el que anuda el triskel de manera que lo simbólico pase por encima de lo real y quede anudado por lo imaginario, vemos que el padre está a la vez en los tres registros. No necesitamos recordar el padre ideal en la neurosis.

Entonces podremos explorar las operaciones, que serán distintas si lo que se simboliza es imaginariamente lo real (neurosis levógira), o se simboliza realmente lo imaginario (neurosis dextrógira). Es decir, lo importante es el segundo registro del triskel, que es el que nos indica la forma de simbolizar. Nos indica también qué goce es el que presiona sobre dicho registro. En el lado femenino, si se simboliza imaginariamente lo real, el goce Otro podrá, como hemos indicado, pasar por el cuerpo y añadirse, en un sentido aún por explorar, al goce narcisista; por el contrario, si simboliza realmente lo imaginario, el goce narcisista, si fuese el caso, presionaría; esto podría explicar esas posiciones cuasi-delirantes sobre su narcisismo y lucha contra el envejecimiento que en algunos casos produce violencia sobre el amante o la competidora.

En el lado masculino, en tanto que no disponen del cuantificador no-todo, la función fálica no articula el goce perdido más que como sí o no, de ahí que ese encuentro imaginario-real sólo pueda alojarse en la juntura imaginaria y real que ofrece la acción, el aparato locomotor[6], ahí donde Freud planteaba una pulsión. Ahora bien, nunca vendrá articulado a lo sexuado, sino sumado o añadido: posesión mecánica y falicismo en la misma acción o acto sexual, si es el caso. Si en el lado femenino, para dicho goce Otro, Lacan no encuentra una mejor definición topológica que la de la categoría de contigüidad, para el varón proponemos la  definición topológica de “adherencia” cierre o clausura.

Diferenciemos ahora las dos orientaciones posibles de la nominación en el lado masculino. Dicho goce, si es simbolización imaginaria de lo real, lo será mediante gestos que provienen de imágenes motrices y el componente violento quedará muy atemperado aunque de cuando en cuando aparezcan agujas. Por el contrario, si el gesto proviene de simbolizaciones reales de lo imaginario, el gesto tomará un valor de acto ejercitado y el efecto será mucho más favorable a la violencia. Dos ejemplos nos ayudan a aclarar el orden y las orientaciones del nudo. El primero, de la antropología: para las féminas, en algunos lugares se efectúa un ritual de iniciación en el que alguna hechicera o equivalente efectuará una serie de pases (gestos) delante de la muchacha; tenemos la simbolización imaginaria (gestos) de un real. Por el contrario, en según qué lugares de África, la orientación no será la misma y se simbolizará la feminidad mediante el corte (gesto) de ablación del clítoris para asegurar una feminidad imaginaria.

El segundo ejemplo proviene de lo relatado en sesión o de los tribunales de justicia. Una analizante refiere que, tras haber ligado con un partenaire y después de realizado el acto sexual, inmediatamente después de la eyaculación y sin mediar palabra, el varón le escupió en la cara; tenemos una simbolización imaginaria (gesto de escupir) de lo real. Por el contrario, una mujer joven acude a los tribunales y denuncia a su pareja porque, después de hacer el acto sexual en una masía, la ató a la cama y le puso en los tobillos su no-me-olvides y la retuvo 3 días así (no explicó mucho lo que ocurrió ya que protegía su goce, cosa que se justifica porque en todas las sesiones de interrogatorio aparecía ella con el no-me-olvides puesto en su tobillo). Tenemos una simbolización real (actos de atar y secuestrar) de un imaginario.

En este último caso, se ve la diferencia con la psicopatía (si no, seguramente la denuncia la hubieran hecho los familiares por desaparición); en la psicopatía, la nominación es real: realización imaginaria de símbolos; nos llevaría a otro trabajo estudiar las dos orientaciones de dicho padre-del-nombre pero subrayamos que la realización simbólica de lo imaginario es la religión, con lo que queda claro que tanto la orientación levógira como la dextrógira producen violencia sobre los cuerpos. La psicopatía busca, en tanto realización imaginaria, una estética de lo imaginario en la violencia. Por su parte, la religión, en tanto que realización simbólica, da paso a la tortura, en la que se realiza un saber; les recomendamos el libro de Michel Foucault « Vigilar y castigar » o cualquier texto de historia de la Inquisición.

Hemos puesto énfasis en no utilizar el concepto de acción y sí el de gesto. Aquí quisiéramos hacer una salvedad: no todos los gestos son producidos, como ya se intuye por el recorrido que hemos hecho, de la misma forma. El gesto puede ser producto de una escritura, puede ser producto de una imagen, la imagen motriz, y puede ser producto de un símbolo y todo ello en función de los distintos anudamientos. Luego el gesto será diferente en función del anudamiento del que proviene. Pero lo que hemos indicado es que en el caso masculino, o mejor dicho, del ser parlante colocado del lado para-todo fálico, un goce que no se puede escribir no pasa a la poesía en ningún caso, sino que se adhiere a las imágenes motrices que le ofrecen su substrato. En el lado femenino, dos caminos son posibles: fálico y no-fálico. Caminos muchas veces juntos como corresponde al no-todo.

Todos estos razonamientos son distintos a cualquier discurso y subjetivización que un sujeto pueda hacer, por lo que no sirven para explicar la violencia psicopatológica; para ello se debe además situar la relación del sujeto con el significante de una falta en el Autre y la castración imaginaria. Les remitimos a los seminarios de Lacan sobre el acto, acting-out y pasaje al acto. Si seguimos ese camino, Lacan nos aclarará que gozar de un cuerpo, en tanto la violencia que nos interesa fundamentalmente está ejercida sobre cuerpos, es destruirlo, cortarlo, etc. y que no debe ser confundido con el sadismo, confusión en la que suelen empantanarse los análisis simplemente freudianos cuando abordan la violencia, e indica que para eso había escrito « Kant con Sade ». Es evidente que la escritura que provendrá de la tópica del inconsciente puede realizarse sobre cualquier real, por ejemplo la naturaleza (véase el pirómano con sus pinceles de cerillas y su tinta de gasolina), pero la fundamental es la que se escribe sobre los cuerpos: es mediante la realización del gesto. En dicho realizar el gesto hemos indicado que hay dos goces: el fálico, proveniente del inconsciente, y el adherido de violencia locomotora proveniente de los límites a los que el inconsciente no llega. Diferenciamos claramente la parte de mensaje que pueda tener el gesto con su goce correspondiente, del hecho del goce añadido sin mensaje.

 

Añadido

 

Con Freud aprendimos de dónde provenía la voluntad que tanto había dificultado a los filósofos, empantanados entre conocimiento o razón y pasión; exactamente igual que se empantana la psiquiatría científica entre razonamiento cognitivo e impulsos. La voluntad es un retoño de las pulsiones. Con Lacan, opinamos que podemos aprender de dónde proviene la responsabilidad y no confundirla con la culpabilidad. La responsabilidad proviene del hacerse cargo de la falla, de asumir el hecho de que el falo no responde a lo real, el nuevo concepto de castración, y también, evidentemente, de la castración imaginaria. Es en tanto el sujeto utiliza la función fálica para no estar en la creencia, pero no cae en una certidumbre del falo paterno, o si se quiere del nombre-del-padre que supone el falo. O dicho de otra manera: cuanto más cerca está de ese real in-escribible, pero con el esfuerzo de hacer algo con él, a través el sinthoma, menos loco es.

 

4 de Octubre, Jornadas sobre Clínica y Violencia.

Foro Psicoanalítico Barcelona.

 

 

SUMARIO



[1] Aunque antiguo, es muy ilustrativo el concepto de fálico-narcisista con el que lo denomina Wilheim Reich en su libro Análisis del carácter.

[2] Aspecto teórico que no encajaba bien con la tesis del Escrito «La cosa Freudiana y el sentido del retorno a Freud» en el que la verdad sólo podía ser medio-dicha.

[3] Volveremos sobre esta definición

[4] Muchas veces en forma de legalización. Es patente en la política.

[5] a-sexuado y no a-sexual.

[6] Podríamos decir que es su manera de estar en el cuerpo.