ESTA(N)CADA
Xavier Campamà
Silvia es una mujer que acude por lo que llama una crisis de
ansiedad. Al principio no puede decir gran cosa de lo que le pasa, es una
descripción sintomática: dificultad con el sueño, sensación de sentirse
abrumada en el trabajo con alguna compañera, acompañada de sensación de ahogo.
Primero se presenta con una amplia descripción de su rol profesional, dentro de una empresa importante. Es un trabajo que le gusta y que realiza desde hace años, fundamentalmente en equipo, básicamente rodeada de mujeres. Describe este mundo como muy competitivo y superficial. Es como una tarjeta de presentación antes de poder entrar en lo que constituye su problemática.
Con mucha dificultad, me hace saber que aún vive con sus padres. Hace años que tiene claro que quiere emanciparse y busca piso, pero a cada intento, el proyecto no llega a tomar cuerpo y abandona. No sabe qué le impide dar este paso, pero cree que quizá tiene miedo de vivir sola.
Refiere que, en los últimos años, es como si se hubiera ido encerrando en su casa, restringiendo las relaciones con sus amigas. Y, cuando puede referirse a los hombres, explicita que hace muchos años que no sale con ninguno en una relación de una cierta duración.
Se da cuenta de que se va haciendo mayor, que es rara y que está un poco sola.
Pese a su edad, Silvia, se siente “pequeña” y eso le hace pensar en la relación que mantiene con su madre. Ésta la mima, siempre la ha tratado como a una niña, aunque se haya hecho mayor, encuentra bien todo lo que hace... Pero hay algo que le viene a la cabeza de vez en cuando: es una frase de la madre que promueve el enigma: “Hija, si yo te contase...”. Observa que, tanto la madre como su hermana, la dejan fuera de algo, pero ella tampoco ha interrogado, no ha mostrado curiosidad ante esta frase repetida por la madre que se podría decir que tiene algo de incitación a la investigación.
Cuando se adentra en la explicación familiar, sitúa algunos ejes fundamentales para la construcción de su síntoma.
Si esta madre, que vela y no vela algo que hace ver que debería estar oculto, es presentada como incondicional, el padre es descrito como el agente de todos los problemas. Lo describe como un hombre brusco y violento. Silvia dice que asiste a constantes peleas entre sus padres. Su posición de confidente de su madre, que le dice: “Suerte que estás aquí”, parece complementarse con el enunciado de Silvia: “Sólo me tiene a mí”. En la demanda de amor, Lacan sitúa que lo deseado es el deseante en el Otro, cosa que quiere decir que el sujeto se pueda ubicar como deseable. Silvia presenta dos frases que tienen una gran reciprocidad. A la falta del Otro, responde como “ser la pequeña”, “la niña bonita”, “la confidente”.
En el transcurso de algunas visitas explica dos sueños. El primero es como una definición de su estructura histérica: “Salimos mi hermana y yo de compras; nos probamos diferentes vestidos, blusas y pantalones en varias tiendas. Ella compra mucho y yo, aunque me gustan algunas cosas, es como que se me pasa el momento y me voy con las manos vacías. Después vamos a merendar al sitio que a mí me gusta, pero con el disgusto de no haberme comprado nada, se me ha quitado el apetito. Ella se pone morada.” Se observa, en la literalidad de este sueño, el discurso que le conviene a la histérica, en el sentido del deseo como deseo a no satisfacer. Referirá que, en su vida, le suelen pasar cosas así.
El otro sueño, de carácter repetitivo, da paso a una dimensión también capital: “Veo una muñeca bailarina que da vueltas y vueltas. Al principio se la ve muy bonita y después era como si se deshiciese y era asquerosa y rechazable”. Asocia que ella se ve como “el patito feo” desde que entró en la pubertad: con el cambio se produce una transformación fundamental. Recuerda, con nostalgia, la frase que se oía decir a menudo en su infancia, más bien por parte de las mujeres de su familia: “¡Eres muy bonita!”. Detalla que tenía los ojos azules y los cabellos rubios. Este sueño es como un cuadro que pone en escena la pulsión escópica, pero que presenta dos facetas: por un lado, es como un canto a la imagen de la belleza; por otro, es como si hiciese patente un objeto anamórfico que recuerda el lado oculto, de cierta verdad que está en juego, la castración y su modalidad de deseo.
Este Yo ideal, esta imagen de la “niña/muñeca muy bonita” revestida de un valor fálico imaginario, como un resto de la célula imaginaria, no recubre todo lo que se le desvela con la entrada a la pubertad, como seguramente tampoco antes. Silvia toma una vía indirecta para acercarse a aquello que le avergüenza. Su hermana, con la cual mantiene una identificación en relación a los estudios y a ser muy trabajadora, le pagó unos estudios, primero como modelo y luego como azafata. Era un deseo de aquélla, que siempre le había dicho que, con su cara y su cuerpo tenía que sacar algún provecho. Pese a las posibilidades que tenía de llegar a ser modelo, sentía una inhibición abrumadora en esta posición de objeto que se ofrece a la mirada del Otro y no podía dejar de interrogarse sobre lo que creía que podían pensar de ella: “¿Dónde vas tú de modelo?”. Esta incomodidad permanente en que la vergüenza la sumía, la hace abandonar. Le pasa casi lo mismo en los estudios de azafata. No es por azar que, al estudiar la Historia del vestido, decide abandonar aquellos estudios y empezar los de diseño de moda. Ahora ya no se tratará de mostrar, sino de velar, de adornar, en el sentido de revestir un cuerpo estéticamente, para darle relieve; es decir, una forma de ocultar la falta.
En una ocasión se anima a hablar de los “chicos”, como dice ella, y puede analizar que, en realidad, no es que no vayan a ella, sino que quizá ella es bastante cortante. El ejemplo es que se acercan a ella, corta y después se da cuenta de que quizá le gustaba. A partir de esto se pone a fantasear: que él lo hace todo, la quiere, todo muy romántico y muy bien. “Es como si con eso me bastase.” Es lo que le pasó en su última relación: salió durante un tiempo y no fue demasiado bien, pero ella se quedó colgada de él algunos años, en un mundo de fantasía.
Interrogo el hecho de que sea tan cortante con los hombres. Con muchos preámbulos y diciéndome que le da mucha vergüenza, relata que incluso cuando salió con alguien evitaba la intimidad. Le da vergüenza su cuerpo desnudo y, en cuanto a tener relaciones sexuales con coito le preocupa “no dar la talla”. Con más dificultad explica que sufre dispareunia. Hacía muchos años que había realizado una consulta médica y le habían dicho que no tenía nada.
Se observa el conflicto entre la nostalgia de la imagen fálica de la infancia –“niña muy bonita”-, las diferentes declinaciones que manifiesta y las vivencias actuales explicadas que, claramente, ponen en juego la castración.
Todo este malestar en relación con los hombres, lo sitúa como derivado de las características del trato recibido por parte de su padre. Lo describe como alguien infatuado y prepotente. Recuerda, aún con rabia, que de pequeña jugaba con él a juegos de mesa y siempre la ganaba, pero lo más molesto de todo era que se lo pasaba por la cara, por eso no ha jugado nunca más. Él siempre había opinado que sus hijas no conseguirían tirar adelante en la vida, y cuando algunas cosas sí que funcionaban, lo atribuía a la suerte. Silvia cree que este desprecio por el sexo femenino quizá influyó en que ella fuese un poco “xicotot” (el término catalán es "xicot", pero ella lo transforma y en castellano equivaldría a “chico-todo") "¿xico-tot?" le digo. Ríe. Tenemos, pues, una vertiente de identificación masculina que tiene, en este lapsus, una parte irrisoria de atribuirle el “tot” (todo).
En otra entrevista, me anuncia que ha pensado en lo que estuvo a punto de decirme y que quería mantener en secreto (¿secreto?). Vuelve sobre el padre violento y detalla que ahora está más calmado desde que es mayor, pero que antes tiraba platos, agujereaba las puertas a puñetazos... El padre las maltrataba a ella y a su hermana. Explica escenas de encerrarse en su dormitorio aterrada para evitar una paliza. Echa en cara a la madre que nunca se interpuso para defenderlas y que, cuando se lo decían, le quitaba importancia o se hacía la sorda. También recuerda un hecho que la afectó mucho: un dia que su madre se enfadó con ella, le cortó un mechón de su larga cabellera y tuvo que ir así a la escuela, avergonzada. Para que yo capte la relevancia de este hecho, añade que ella siempre llevaba los cabellos largos recogidos en una cola. No tiene muy claro si su madre también era maltratada por el marido, cree que delante de ellas no, pero sí recordaba haber escuchado gritos y golpes en el dormitorio de ellos.
Propongo que venga más sesiones y obtengo como respuesta que ella mantiene “una relación con estas visitas de amor-odio” y detalla que cree que le va bien poder sacar todo lo que ha dicho, pero, al mismo tiempo, le hace sentir muy mal. Tiene su importancia en una cierta dimensión transferencial, cosa que, unida a lo que viene acto seguido, da el marco de lo que se iría construyendo del significante cualquiera del psicoanalista (SC) en el síntoma. Dice un día de pasada: “Usted es el psicoanalista de mi hermana”. Mi cara de sorpresa por el sentido de actualidad que le da a lo que ya es pasado, hace que rectifique: “Bueno, usted era el psicoanalista de mi hermana y ahora yo vengo por aquí”. Quiero hacer un pequeño comentario en este punto: sabemos que, en la neurosis de transferencia, el analista está ubicado en un lugar que hace de pareja sexuada del goce del analizante, en esta pareja analizante-analista, necesaria para que todo psicoanálisis se pueda desarrollar. Silvia se pone un poco al lado, en su forma sintomática que como se viene mostrando, le es propia: es por la via de la identificación como Silvia se puede situar en la pareja analítica.
El SC pronto se vincula cuando, estando en una posición de queja y de sobreentender que lo que le pasa debe querer decir algo, dice estar harta de esta vida “insípida”, como si se hubiese parado el tiempo y concluye que está “estancada”. Repito: “Sí, usted está estancada”.
Interrumpe las visitas: primero bajo una excusa y después notificando que no quiere seguir. He de insistir por teléfono, pero vuelve. No es ni en la primera ni en la segunda entrevista cuando me manifiesta que se sintió muy molesta por lo que le dije. Interrogo sobre qué fue lo que le dije y me contesta que le dije muy seco: “Sí, usted está estacada”, cosa que le pareció de muy mal gusto después de lo que me había explicado de su padre. Le mostré la fortuna del malentendido y el efecto que le había producido, que parecía concernirla profundamente. Paro la entrevista proponiéndole, si le parece bien, seguir en el diván.
Sitúo el Significante en la transferencia (ST) en este significante: “esta(n)cada”, que retorna como un lapsus en “estacada” ligado al SC antes señalado.
Lacan va a formalizar la base en la que se sustenta la transferencia a partir del establecimiento del SsS. Lo que es una manera de desplazar lo que del saber inconsciente hay en el propio sujeto a la figura del analista: entonces, es éste quien se supone que sabe lo que le pasa, quien dispone de las claves de su síntoma. Estructura de ficción, si se quiere, pero necesaria para que el análisis funcione. El momento en el que la transferencia queda instaurada, viene formalizado por el ST, que se presenta en el algoritmo siguiente:
El ST representará al analizante para un significante cualquiera tomado del analista. Se da así una significación del sujeto supuesto al significado del analista, pero también de los significantes supuestos presentes en el inconsciente, que escribe como S1, S2... Se observa bien cómo Lacan los sitúa del lado del analizante, tanto el enigma como el mismo saber, aunque el analizante lo viva de una manera muy diferente.
Hasta aquí se puede situar la demanda de amor del analizante, un cierto sostener el deseo del Otro y lo que se va configurando como un goce oscuro que la paraliza.
Es interesante una definición del inconsciente que da J. Lacan2:
El inconsciente es aquella parte del discurso concreto en cuanto transindividual que falta a la disposición del sujeto para restablecer la continuidad de su discurso consciente.
Permite captar cómo el significante “esta(n)cada” relanza el
discurso, más allá de la polisemia –estancada, estacada, “está en cada”, en
referencia a las identificaciones que decanta- de la vertiente sintomática a la
fantasmática.
¿ESTO ES UN PADRE?
Empieza a decir algo significativo a partir de algunos
comentarios sobre su barrio. En una ocasión que habla de que por las noches es
un poco oscuro, se anima a hablar de lo que fantasea a menudo cuando se
aproxima a un hombre: “Siempre lo mismo, que me violarán, pero después pasan
por mi lado y ni me dicen nada.”
No le gusta su barrio, típicamente obrero, se avergüenza de él; lo mismo le pasa con el trabajo que hacía su padre, el semianalfabetismo de su madre, los modales, las costumbres... Se da cuenta de que ella es una “intrusa” en el mundo en el que se mueve. Va teñida de rubio, viste en un estilo muy diferente de cuando dependía de sus padres, oculta su pasado y evita los temas que podrían conducirla a hablar de eso. Incluso no permite que casi nadie la acompañe a su casa, cosa que ha sido motivo de algunos de los cortes que ella hace. Con cierto humor dice que algunos la ven, incluso, como una “pija”. Por el contrario, ella ve que en su trabajo se muestra seria, simpática, la valoran y se da cuenta de que los hombres de allí la tratan diferente por el hecho de ser una mujer.
Me dice: “Tengo miedo a mostrar quién soy”. Ve que, por un lado, es como que ha querido hacer un movimiento para desclasarse, y al mismo tiempo se siente culpable de avergonzarse de su procedencia y de las cosas que ha recibido, que también la hacen sentirse en deuda. Valora que no está bien en ningún sitio: ni bien en un sitio ni bien en el otro.
Un día acude muy afectada porque se ha informado del famoso secreto con el que la tentaba su madre. Interroga a su hermana y se entera de que su padre había sido un ladrón, razón por la cual había estado encarcelado en diversas ocasiones; la última, cuando ya había nacido su hermana. Ésta añade que la madre y ella habían decidido mantenerla fuera del secreto para que no supiese de esta lacra. Silvia no puede dejar de preguntarse si eso es un padre... con ese pasado delictivo.
Poco tiempo después, cuando retorna sobre la dificultad de vivir por su cuenta, comunica una antigua fantasía que le viene a la cabeza cuando piensa en marchar de casa: “Tengo miedo de que mi padre agreda a mi madre o que, incluso, la pueda matar.” (¡Ah!).
Se pone a buscar piso diciendo que esta vez va en serio. Mientras está en estas gestiones, le vienen temores de si podrá estarse sola, de si podrá pasar algo, pero también manifiesta que está harta del ambiente de peleas entre sus padres y de aguantar las quejas maternas sobre cómo la trata su marido. Por unos días cree que se podría sentir como cuando consultó por el inicio de la corte sintomática: no duerme bien, está inquieta, y en sesión formula una frase que ella encuentra extraña y en la que pararé la sesión: “Tengo miedo de que me entren ganas de ahogarme estando con mi madre.”
Encuentra piso pronto y no marcha sin imaginar que quizás después no será capaz de estar sola o pensar toda clase de incidentes que pueden suceder en su nuevo piso. Curiosamente, algunos de ellos refiere que son advertidos por su padre, como que le puedan entrar a robar (!) o que se le meta un hombre, averías, etc. Pero, una vez que se instala, Silvia no da crédito a estar tan bien y no entiende cómo ha podido aguantar tanto tiempo aquel ambiente de constante malestar.
Su relación con los hombres ya había dado un cierto viraje
antes de la partida del domicilio familiar. Analiza que tiene amigas y sale a
menudo. Refiere que, cuando un hombre se interesa por ella, lo corta y aquél
acaba siempre con una amiga; se pregunta por qué lo hace si le gustaba. Tiene
algún flirt, siempre cuidando de que no intime demasiado. Expresa que, delante
de bastantes hombres, se le presenta “la carencia intelectual”. Interesante
desplazamiento.
Es más tarde cuando un compañero de trabajo, con el que tiene cierta amistad, se hacen bromas y que a ella le gusta físicamente, le propone ir a cenar. Ella deja claro que “después de cenar, cada uno a su casa”, pero cuando lo refiere en la sesión produce un lapsus: “Esta noche sólo será una relación sUcial”. Se descentra y corto la sesión.
A la siguiente sesión viene radiante; refiere que hicieron el amor en casa de él. Está muy satisfecha, a pesar de los nervios que tenía después de tantos años, pero él estuvo muy tierno y no fue mal, dentro de sus dificultades sexuales. Se ilusiona mucho con este nuevo camino que se le abre. Pero pronto aparece el punto de fijación del goce.
Se inician las discusiones y los malentendidos, y aquí Silvia puede recordar que sus antiguas relaciones se resentían de eso. Pero en cuanto a la actual, cree poder justificarlo porque él es un Don Juan. Para dar argumentos, detalla que la noche de la cena ella empezó a interrogarle sobre las otras mujeres con las que, como sabía por el trabajo, había salido: si eran guapas, que eran muchas... Se puede pensar, si aquella noche tan maravillosa ella estaba sólo con este hombre o también con esta excitante serie que mima reconstruir. En este sentido, más adelante, también aparecen las que podrían seguir la serie, de hecho piensa que él ya está con otra que le interesa más que ella.
Silvia dice que “lo quiere todo de él”, le pide afecto y cree que él sólo debe querer sexo; pronto se instala un significante que lleva la marca del goce: “él me machaca, me lo hace pasar mal y parece que le guste.” Le encuentra similitudes con la figura de su padre. Afortunadamente para el análisis, también puede localizar aspectos contradictorios con estos enunciados. Refiere que su partener, a veces, la sorprende con algunos comentarios que le ha hecho y que ella capta que tienen cierto valor que le llega: le dice que es cierto que ha salido con varias, pero que está interesado en ella y que fue ella la que sacó el tema de sus anteriores mujeres en aquella cena; que encuentra que no hace más que autocriticarse y que no entiende por qué “se machaca tanto”; y finalmente sentencia que da la impresión de no disfrutar de la vida. Pero eso mismo que le llega como un cierto efecto de verdad, le sirve para justificar que ella no pueda interesar a los hombres. Se compara con las compañeras del trabajo que encuentra que son más importantes que ella: tienen marido, tienen hijos, o su padre es un hombre respetable o importante, son más guapas, se arreglan mejor...
Con el paso del tiempo, sabe que puede interesar a los hombres, que se puede arreglar más para ellos, puede disfrutar más de las relaciones sexuales, pero algo se complica y se va al traste. Me interroga: “¿Usted cree que sólo me quiere para el sexo y después es como un desprecio?”... “¡Es un palo!”. Paro la sesión.
No mucho después de esta sesión, se anima a explicar un hecho que la asustó y que le da mucha vergüenza. Alquiló un DVD, en el que salía un hombre que raptaba mujeres que filmaba mientras las torturaba hasta la muerte; “Era horroroso, pero al mismo tiempo me produjo tanta excitación que apagué la película. ¿Cree que esto es normal?”
Esta escena desvela nuevamente la importancia de la mirada, pero está vinculada al goce sádico y a la posición de objeto de los tormentos. Momento en que ella se ve captada y asustada, al mismo tiempo, de su excitación, que no dice, pero que es claramente sexual. Dimensión fantasmática que se presenta como viniéndole de fuera, pero que por el eco que produce da una pista de lo que la incumbe.
Antes de cada encuentro hay una expectativa y después un resto de decepción y malestar; sus pensamientos la llevan a que la relación se cortará. Cuando piensa que se puede perder este vínculo, recuerda a la madre incondicional, cree que se ha deshecho de ella, pero ¿y su madre? ¿Puede pasarse sin ella? Por primera vez verbaliza que, a fin de cuentas, su madre siempre ha estado con su marido, excepto cuando estaba en la cárcel. Se pregunta cómo lo consigue. En broma dice que debe ser “masoca”, pero no entiende aquéllas que pueden tener un hombre a su lado muchos años. Ríe con una frase que le viene a la cabeza: “Doy consejos que para mí no tengo”, refiriéndose a lo que aconseja a las amigas respecto a lo que les conviene hacer con sus parejas.
La segunda teoría de J. Lacan sobre el padre y una nueva definición de síntoma, la encontramos en el “Seminario R.S.I.”3. Sólo me referiré a algunos de los aspectos de esta definición que me interesan en el presente caso. Lacan, en esta época, define al padre como modelo del síntoma. ¿Qué quiere decir esto?
Primero define al padre como aquél que hace de su mujer causa de su deseo, pero, al mismo tiempo, también la hace una madre que se ocupará de sus hijos a lado de su intervención, manteniendo en la represión su “père-version”, única garantía de su función de padre, que es la función de síntoma. La última parte de la definición apunta a que el padre ha de mantener suficientemente la represión, velado, el goce erótico que le es propio –“perversión”- pero también está el otro sentido, “la versión paterna”, que en este tiempo quiere decir que él se erige en modelo del síntoma. Modelo del síntoma no quiere decir modelo a identificarse, sino que el padre transmite un modelo como posibilidad, a la generación posterior, en el sentido de que cada cual de esta generación puede producir su propio síntoma-solución para no quedar aniquilado en el deseo del Otro.
¿Qué le pasa a Silvia? Volvamos sobre el ST “esta(n)cada”. El tiempo de análisis no pone sólo el acento sobre una vida “insípida”; el deseo a no satisfacer, la demanda de amor, pone el acento sobre un goce oscuro. Ella habla del maltrato paterno y, en este sentido, más allá de lo que haya pasado, el modelo de síntoma que a Silvia le llega del padre sufre de una falta de velo en relación a la dimensión de la violencia a lo largo de su historia. Es una marca que retorna insistentemente en la pulsión sádico-anal que parece esbozarse en el fantasma, como una modalidad del goce masculino de cara a las mujeres. El ST creo que no sólo tiene valor por lo que la analizante tomó en el sentido de “estacada”, como “palo”, sino también algo de la particularidad de la dimensión de la versión paterna de “ser dejada un tanto en la estacada”, si se me permite jugar un poco con este significante. Es también esta madre que no vela en el famoso secreto, en realidad, un rasgo que cobra más sentido en la elección de partener.
Silvia soporta la figura del padre del goce, aquél que presentan Freud4 i Lacan5 respectivamente, como el padre de la horda primitiva y el padre excepción –aquél que permite fundar el universal, todos bajo la función fálica, a partir de su posición de excepción: existe uno que no está concernido por esta función.
El síntoma de Silvia que le permite taponar el S(
Presentado en
el Seminario de casos clínicos de la Associació Catalana per a la Clínica i
l’Ensenyament del Psicoanàlisi (ACCEP) en Barcelona, 2003.
1.- Lacan, J. - Seminario: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós Cap. 7 (referencia al cuadro de los Embajadores: la vanitas y la finitud).
2.- Lacan, J. – Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis – Escritos I, 2ª edición (1972). Siglo XXI ed., pág. 79.
3.- Lacan, J. – Seminario: R.S.I. (inédito) – En la clase del 21/1/75.
4.- Freud, S. –
Tótem y tabú – O.C. Amorrortu Ed. Vol. XIII, pág. 143.
5.- Lacan, J. – Seminario: Aún – Paidós, pág. 96.
6.-
Soler, C. – El padre síntoma – Edita: Asociación del Foro del Campo Lacaniano
de Medellín. Pág. 63.