SUMARIO

 

UN DOLOR EN LA SILLA TURCA

 

 

Josep Moya i Ollé

 

 

1. PRESENTACIÓN

 

El psicoanálisis, y en especial el psicoanálisis lacaniano, no retrocede ante la psicosis, aunque, conviene señalarlo, no la aborda desde posiciones ingenuas y, además, lo hace partiendo de la premisa de la responsabilidad. Esto, que podría parecer, a estas alturas, demasiado obvio, no lo es en absoluto. Esto es así en la medida en que las prácticas asistenciales en boga en la actualidad se basan o bien en la premisa de la inexistencia del sujeto o bien en la premisa de la existencia de un sujeto débil. Las mismas nociones de “enfermedad mental” o, incluso, de “trastorno mental” son reinterpretadas en los términos que un conocido colega, José María Álvarez, describió hace pocos años:

 

“El hecho fundamental reside en proponer un sujeto sometido y determinado por las leyes biológicas de la enfermedad: un sujeto al que se le secuestra tanto su responsabilidad y participación en su propia locura, como sus capacidades de comandar sus maniobras de remediarla o limitarla; el sujeto ya no cuenta más que como paciente o como enfermo y, en el mejor de los casos, como testigo de la inercia a la que le somete su enfermedad” (Álvarez, 1999, pág. 64).

 

En efecto, la psiquiatría actual, o mejor, la que se practica siguiendo los cánones de los redactores del DSM IV, basa su quehacer cotidiano en la existencia de alguien, un paciente, que sufre los efectos de un desorden bioquímico, una hiperactividad a nivel de los receptores dopaminérgicos tipo 2, por ejemplo, a partir de la cual se originan unos fenómenos alucinatorios y delirantes así como unos trastornos de conducta que, en algunos casos, obligarán a realizar un internamiento involuntario. Sin embargo, y éste es un punto crítico, si en el mencionado paciente se sospecha la producción de un cierto beneficio a partir de su trastorno, automáticamente se producirá un viraje desde la dopamina a la simulación o la manipulación.

 

Ahondando un poco más en este problema, con repercusiones éticas en ocasiones dramáticas, nos encontramos con sentencias, pronunciadas por psiquiatras neófitos, según las cuales no hace falta que el enfermo hable, ya que se dispone de técnicas de neuroimagen que “objetivan” la alucinación y, quizá muy pronto, el propio delirio.


 

Es así como el sujeto – porque para el psicoanálisis sí se trata de un sujeto – se ve reducido a la dimensión de “paciente objeto”, irresponsable, no imputable y con el que no se cuenta como aliado en el propio proceso terapéutico ni en la profilaxis. Ello se ve claramente cuando, en los programas de prevención, se alude a la adherencia al tratamiento siendo ésta entendida como la asunción, por parte del enfermo, de tomar la medicación.

 

El caso que voy a presentar en esta sesión del seminario es el de un sujeto psicótico, esquizofrénico, según mi hipótesis, cuya particular característica es la de que se trata de alguien que se puso a trabajar, a elaborar los fenómenos que le concernían y le conciernen. Como señalaba Carmen Gallano en un brillante trabajo[1]: “ese testigo o ese secretario del alienado, que puede ser el psicoanalista, tiene a su cargo requerir al psicótico para que despliegue con rigor el saber con el que puede relacionarse como sujeto. Dicho en otros términos, el psicoanlista que se hace cargo del psicótico no se ofrece como terapeuta. Interviene para que el sujeto se comprometa en lo que podríamos llamar una autoterapia, pero esa autoterapia no puede tener su suerte sin que del lado del psicoanalista y del lado del psicótico tenga lugar una toma de posición respecto del goce que sale a la luz”.

 

 

 

2. LA ENTRADA

 

X. es un sujeto de 43 años que me consulta a través de una conocida suya, psicóloga con quien comparto un espacio de trabajo en un ámbito de salud mental. Es soltero y vive con sus padres. Él es el tercero de una fratría de cuatro hermanos. Desde hace años, trabaja como vendedor en una parada de carne, en un mercado de BCN. Sigue tratamiento psiquiátrico en un centro de salud mental aunque no hace ningún tipo de tratamiento psicológico.

 

Ya en la primera entrevista, X. me cuenta los inicios de su proceso:

 

“Esto comenzó cuando tenía 29 años. Me encontré que, de golpe, de manera súbita, una noche se me presentó un planeta. Después vinieron las estrellas. Se me encendió el pensamiento y apareció una estrella. Después me encontré como si hubiese salido de un sueño. Debido a la crisis, me ingresaron en un hospital psiquiátrico. Al salir, fui al hospital de día, donde estuve unos seis meses y, después, al centro de salud mental. Escribí un libro, pinté seis cuadros y escribí seis cuentos. El cuento del euro. Ahora ya estoy preparando el libro del próximo año: César y Brutus. Todo esto lo hago porque estoy buscando el concepto del alma. No sé cuándo paso la línea, no sé cuándo estoy bien y cuándo entro en el delirio”.

 

Un poco más adelante dirá: “Supongo que lo que a mí me falla es la razón. La imaginación puede más que la razón. Pero no me gustaría quedarme sin imaginación”. Alude de este modo a los efectos subjetivos inherentes a su creatividad, porque, conviene insistir en ello, es un sujeto eminentemente creativo, siendo su creatividad una puesta en escena -literaria y artística- de sus producciones delirantes.

 

 

 

3.      DESPLIEGUE DE LAS FORMACIONES PSICÓTICAS: LAS ALUCINACIONES Y LOS DELIRIOS

 

Le pedí que me hablara de sus crisis, de cómo se iniciaron, de las coordenadas de los desencadenamientos (ha tenido tres crisis). X. empezó explicando lo siguiente:

 

“Yo estaba haciendo salud mental. Una noche sentí la sensación de que una aguja se me clavaba en medio de la cabeza, en la silla turca (en el heuso esfenoides). Empecé a escuchar cinco voces: tres voces eran de hombre y las otras dos de mujer. Unas voces hablaban en castellano y otras en catalán. Las voces decían que tenían que reencarnar la primorosa. Eran brujas. No sé a qué viene la palabra primorosa. Empecé a experimentar inducciones de energía en la cabeza. Era como hacerme salir del cuerpo. Ya ve Vd. que todo esto es de ciencia-ficción. Hice poner la comida en lejía, para limpiarla. Al final, acabé ingresado en el hospital.

 

Yo buscaba la atalaxia, la imperturbabilidad del alma. Cuando me suceden estas cosas, me convierto en único defensor de la vida. El problema es que no sé lo que es imaginación y lo que no lo es. En el último viaje, vi la contracción del universo. Por eso pienso que he de poner freno a todo esto. El problema es que no sé cómo puedo evitar pensar en la contracción del universo; si no pienso en ello, me siento un poco apagado. Últimamente he escrito unos versos, pero me falta la inspiración que yo querría.”

 

Dos significantes, “primorosa” y “atalaxia”, aparecen con un sentido enigmático. Como ha sido señalado en diversas ocasiones, cuando el psicótico experimenta sensaciones de vacío o bien tiene impresiones de misterio, si tiene recursos creativos, como es el caso que nos ocupa, tiende a emplear un neologismo con el objeto de poder describir ese estado innombrable. Es así como algunos psicóticos hablan del “muetismo ignoráncico”, de la “fisura en el pensamiento”, de la “falta de fundamento” o de la “ausencia de certeza”. Todo ello, sin embargo, en un momento inicial del proceso psicótico, en el momento que algunos autores (Maleval, 1998) han denominado Deslocalización del goce y perplejidad angustiada. Es el momento en que la forclusión del Nombre del Padre en la estructura acarrea el no-funcionamiento del falo simbólico. La perplejidad, la autonomización del significante, la actitud interrogativa, el enigma, todos esos fenómenos constituyen una consecuencia directa de la falta de significación fálica.

 

Por otro lado, es sabido que, cuando la cadena significante se pierde, los afectos que son correlativos a ella se desvanecen, mientras que el goce tiende a penetrar dolorosamente en el cuerpo. Es el punto en el que X. siente que su cabeza es atravesada por su línea media por una aguja, hasta llegar a ensartarse en la silla turca del hueso esfenoides.

  

Más adelante, X. explicó que las voces le decían que no había manera de derrumbarlo, y que lo decían como un lamento. De este modo, el sujeto alude ya a un posicionamiento respecto a las voces: ellas le quieren derrumbar para que se reencarne en la “primorosa”, pero él es más fuerte que las alucinaciones auditivas. Más adelante, la relación con ellas se modificará en el sentido de establecerse una amistad: “En la última crisis, la relación entre las voces y yo era amigable”. Se perfila así la constitución de un momento de un cierto consentimiento al goce del Otro, en tanto que X. posee la certeza de que, gracias a la experiencia de haberlo experimentado, ha llegado a la adquisición de un saber esencial.

 

Respecto a ello, X. dijo:

 

“La religión es una manera de buscar el consuelo, pero yo creo que en mi caso todo me lo he fabricado yo mismo: lo de las voces y todo ese tinglado. Y si fuese así, debería encontrar el sentido del dolor producido por la perforación de mi cerebro. Para eso tomo mucho fósforo y tomo lecitina, para ayudar al cerebro a que piense bien. Necesito arreglarlo”.

 

En efecto, X. pone mucho esmero en su dieta, así como en sus hábitos cotidianos. No sólo tiene muy presente la composición de los alimentos que ingiere, sino que suele consumir substancias a modo de reconstituyentes.  Se trata de la jalea real, del ginseng y del kava-kava. Acerca de eso dirá:

 

“Me cuesta mucho empezar el día. Me levanto a las cuatro y media. Me voy a dormir a las nueve de la noche. Ahora me cuesta mucho hacer la faena. El hecho de ducharme me cuesta mucho. Tomo muchas hierbas. Tomo mucho kava-kava, unas hierbas que van muy bien para eliminar las piedras del riñón”. En realidad, el kava-kava es una subtancia de carácter depresor, cuyos efectos son más parecidos a los de los anestésicos generales que a los de los sedantes. Es la raíz de una planta tropical muy grande, emparentada con la planta de la pimienta negra, y se cultiva en muchas islas del Pacífico. Los nativos del lugar hacen bebidas de raíces frescas o secas y las consumen como drogas rituales o sociales. Las bebidas hechas con las raíces secas son más relajantes que adormecedoras.[2]

 

Parece bastante probable que X. consuma estas hierbas con una finalidad eminentemente relajante. Sin embargo, creo que también forma parte de todo un complejo ritual constituido por unos horarios muy fijos, una dieta muy calculada, una producción artística que aparece en fechas señaladas y, finalmente, un consumo de hierbas y substancias. Quizá este ritual contribuya –al menos eso pienso– a su estabilización clínica; una manera de poner orden, de reintroducir un ordenamiento significante, constantemente amenazado por la irrupción de los fenómenos de automatismo mental.

 

 

 

 

Un punto sobre el que puse un límite fue el referente al consumo de “porros”, ya que es sabido que pueden contribuir al desencadenamiento de procesos psicóticos. Fue así como le advertí de los riesgos que corría. Por lo demás:

 

“Las hierbas son mis aliadas. Me relajan y, además, he hecho descubrimientos importantes con ellas. He aprendido que algunas de ellas dilatan los conductos y eliminan las piedras del riñón”.

 

Finalmente, unas cuestiones respecto al semejante. El otro, con minúsculas:

 

Como en cualquier caso de psicosis, la relación con el otro, con el semejante, suele ser harto problemática. El otro puede quedar colocado, como señaló Lacan, en el lugar de un padre y, de este modo, inducir un desencadenamiento. Ahora bien, X. trabaja en una tienda de carne, en el mercado, puesto que le coloca frente a muchos otros. La pregunta que se plantea es inmediata: ¿Qué le preserva de esta relación? ¿Qué estrategias pone en marcha para defenderse de ese intruso?

 

Sobre ello le pedí que me hablara:

 

“El día que entré en crisis, veía llorar a todo el mundo, en toda la ciudad. Yo estaba triste. Buscaba huir del ser humano. Fui a un hotel de cuatro estrellas (nuevamente el significante “estrella”). Me quedé en Barcelona. Tenía que proteger la vida y no podía dormir. Por la mañana fui al trabajo. ¿Hay alguna manera de quitarme de encima este horror hacia la gente?”

 

“Esquivo a la gente, me evado. La gente me produce dolor de cabeza. Me ocurre sobre todo en las celebraciones. En el trabajo me las apaño de la siguiente manera: lo tengo todo hecho. Despacho deprisa. Tengo todo el trabajo hecho. El estofado lo tengo preparado. Los tacos de filetes. Lo tengo envasado al vacío. Es una tienda de carne artística. Una señora viene y me pide tal cosa. Ella está un minuto y se lleva el trabajo de diez minutos. A medida que la gente va viniendo, yo voy preparando las cosas. Me saco a la gente de encima de manera rápida”.

 

“No tolero a la gente, no es que me sienta amenazado, es por el malestar que me produce. La verdad es que me cuesta mucho vivir. Me cuesta un gran esfuerzo”.

 

“En casa como muy rápido. Cuando acabo, me levanto de la mesa y voy a mi habitación. Los sábados, para cenar, como un pastel. Entonces, lo que hago es salir de casa, voy a la pastelería, compro el pastel, voy a comprar los cacaolats y regreso a casa. Todo esto en quince minutos. Vaya a donde vaya, tengo mi lugar. Cuando vengo aquí, me siento siempre en la misma silla”.

 

Siempre el mismo lugar, su lugar, constancia, estabilización. Cada cosa en su sitio y él en su lugar. Que nada ni nadie rompa el frágil equilibrio de un ordenamiento conseguido a duras penas, con muchos esfuerzos.

 

 

4.      ALGUNOS APUNTES SOBRE SU HISTORIA FAMILIAR

 

Ya he indicado antes que X. vive con sus padres; sin embargo, mantiene con ellos una escasa relación: “No tengo demasiada relación con mi familia. Me gustaría tener más vida familiar, pero no es posible. No puedo visualizarlos, no quiero hacer juicios respecto a ellos.”

 

“Mi madre es una persona muy abierta y mi padre es un gruñón. Mi infancia fue dura. De pequeño, me quería morir, no entendía lo que era la vida”. La madre, con quien tuve una entrevista –con el previo consentimiento de X.– manifestó lo siguiente:

 

“Él fue un niño muy testarudo. Cuando yo ordenaba recoger los juguetes a mis hijos, él se resistía. Era testarudo, pero también era amable y dulce. Era un niño muy inteligente. Ahora pienso que quizá hubiese sido mejor que fuese menos inteligente. Hacía las raíces cuadradas de memoria. Comenzó los estudios de Económicas, pero los dejó. Fue por culpa de un catedrático. Hizo un examen, había un problema que él hizo con tres operaciones. El catedrático le preguntó por qué lo había hecho con tres operaciones cuando él, el catedrático, lo había hecho con cuatro. Lo suspendió. Entonces, él dejó la carrera de Económicas.”

           

“... De pequeño nunca tuvo problemas con los compañeros. Yo, cuando era pequeño, no le noté nada raro. “

 

Un detalle, sin embargo, comporta una sombra sobre el discurso materno:

 

“Yo no me enteré de que estaba embarazada. Mi otro hijo, el que va delante de él, no tomaba el pecho. Fui a ver al pediatra y se lo expliqué. Me dijo que volvía a estar embarazada y que por eso mi hijo había aborrecido el pecho”.

 

“La primera crisis la tuvo estando en el mercado conmigo. Yo tuve una caída y me lesioné el calcáneo (calcáneo versus esfenoides). Tuve que coger la baja y él se hizo cargo de la parada. Al volver al trabajo, él no me dejó entrar. Escuchaba voces. No quería acudir al médico y fuimos al juzgado. Hablamos con el médico forense y lo ingresamos en el hospital psiquiátrico. Él decía que le perseguían y que oía voces. Miraba al cielo.”

 

“La primera vez que ingresó, costó mucho, las otras ya no. Cada vez que ha tenido crisis, ha sido porque le habían reducido la dosis de medicación. La última crisis fue muy fuerte. Estando en el mercado, acudió una clienta y él la mandó a paseo. Al día siguiente, me llamaron a casa y me dijeron que se había puesto una careta y dijo que celebraba el carnaval. Le dí dos bofetadas y él se fue a dormir a un hotel. Después accedió a que le pusieran una inyección y a las cuarenta y ocho horas ya estaba bien”.

 

Del discurso materno –al menos eso creo– destaca esa versión de aparente normalidad en el período de infancia de su hijo. Ella insiste en que no notó nada raro, pero él afirma que siempre le ha costado vivir y que no entendía la vida. Por otro lado, ¿cómo poder pensar ese embarazo inadvertido? Un embarazo del que el primer síntoma se produce no en ella, sino en el otro hijo, el que precede a X.: aborrecer el pecho. ¿Qué lugar tuvo X. en el deseo de la madre? ¿Qué lugar tuvo el padre, de quien sabemos que es un gruñón pero de quien la madre apenas habla?

 

Por su parte, el padre, con quien también mantuve una entrevista, corroboró algunos puntos ya manifestados por su esposa; concretamente, el relativo a la “tozudez” de X. Añadió, no obstante, algunos datos. Por ejemplo, el relativo al período militar de X.:

 

“Fue a la mili, pero se libró. Todavía no sabemos cómo consiguió librarse. Él tenía amistad con un herbolario y dijo  que se había puesto algo en la cabeza y que esto le había librado de la mili. Nunca supimos qué pasó ni tampoco llegamos a ver el informe médico. X. se ha ido quedando cada vez más ausente. En ocasiones, le teníamos que decir que le estábamos hablando; sin embargo, desde que se visita con Vd., está más comunicativo. Él ha cambiado.”

 

“....X. escribe mucho. Empezó a escribir porque quería que quedase constancia de él después de su muerte.”

 

 

 

5.      LA CREACIÓN ARTÍSTICA

 

X., ya ha sido señalado anteriormente, escribe y pinta. De todo ello hay constancia, en la medida que él edita sus propios libros; lo hace en una fecha señalada: el día del libro, Sant Jordi. Respecto a ello, X explicó:

 

“Me dirijo al ser humano. Busco picar la curiosidad en el lector y que descubra algo. Quiero despertarle la filosofía, la imaginación y el pensamiento. Algunas veces, lo que busco es hacer comprensibles ideas que son complejas. Por ejemplo, defino la nada, el todo y el ser. Me gusta la filosofía. Empecé a estudiar filosofía al dejar los estudios de Económicas. De hecho, el interés por la filosofía me empezó cuando era pequeño: no entendía por qué sucedían ciertas cosas, como el hambre y las guerras. Yo tenía un pensamiento melancólico. Eso era a los doce o trece años. Comprendí enseguida que no todos los seres humanos eran personas. Las personas recapacitan y toman nota.”

 

Yo pretendía llegar a la imperturbabilidad del alma. Descubrir la verdad. Leí a Nietschze, también leí libros de masonería y a los filósofos clásicos: Platón, Séneca, Cicerón, etc.”

 

“Los libros y las pinturas vivirán después que yo. Es una manera de vencer a los dioses. Bien, eso es una metáfora. La palabra Dios es una necesidad del ser humano. ¿Cuál es el imperativo categórico que nos hace buscar la verdad? No lo sé”.

 

Dos fragmentos, tan sólo, de su producción escrita. El primero hace referencia al dolor, ese dolor que se le presenta como “una aguja clavada en la silla turca del esfenoides”:

 

“Al dolor lo llamamos dolor y le ponemos el artículo masculino el. Lo llamamos dolor, pero eso no es exactamente así. No es lo que sentimos. Lo que sentimos es la dolor, porque el dolor es una de las hijas de la vida.

 

Entonces, he aquí que la dolor, que siempre va “extremada i mou molt d’enrenou”, ahora está enamorada de un hombre. Y, claro está, su madre no para de decirle que lo vaya a visitar. Y de tanto visitarlo, resulta que se ha enamorado, tanto, que no lo deja ni de noche ni de día. Y este buenazo de hombre siempre le dice: ‘Sé que no eres un mal, porque la vida es tu madre, pero, ¡caramba!, tómate unas vacaciones’ ”.

 

Punto de ironía en el que la experiencia alucinatoria es nombrada en femenino y viene de la mano materna (no para de decirle que lo vaya a visitar) y, además, acaba recomendándole unas vacaciones.

 

El segundo escrito se refiere a la contracción del universo:

 

“CONTRACCIÓN Y EXPANSION DEL UNIVERSO”

 

“El universo es todo, y por ser así, se ha de cerrar sobre sí mismo, esto quiere decir que si viajamos en línea recta eternamente, siempre estaríamos en medio del universo, siendo todos los puntos de mira, puntos relativos, y encontraríamos el infinito en todas partes.

 

Esto le da un ritmo de caída hacia el centro, es la contracción, y un ritmo de expansión, al caer sobre sí mismo, expandiéndose. Es decir, cuando se contrae el universo, se pliega y comunica diferentes partes de sí mismo contrayéndose en medio del pliegue. Y expandiéndose por otras partes del pliegue”.

 

Se puede comprobar cómo tanto un texto como otro recogen materiales procedentes de sus crisis. En el primer caso, el dolor, es un texto construido a partir de las alucinaciones cenestésicas. La experiencia es feminizada y atribuida a las brujas, bajo la inducción –en el texto– de la madre.

 

En el segundo caso, la contracción y expansión del universo constituye un intento de ensayo filosófico elaborado a partir de las alucinaciones visuales: estrellas, planetas, etc.


 

El sujeto X., para quien la cultura es un bien muy preciado, ha sido lector de filósofos clásicos, aunque también muestra unos conocimientos de anatomía bastante precisos. Con ese bagaje y dando muestras de gran coraje, hace frente a los fenómenos de intrusión de la psicosis. Estando ausente la metáfora paterna, el goce va a la deriva, se produce lo que Lacan caracterizó como “llamado esquizofrénico”, observando que, sin el apoyo de ningún discurso establecido, se encuentra (el esquizofrénico) enfrentado a un cuerpo en el cual la función de cada uno de los órganos es un problema.[3]

 

El trabajo de X. comportó y comporta un enorme esfuerzo por superar los diversos momentos en la evolución de algunos procesos psicóticos. En efecto, de la perplejidad inicial, del enigma y de la deslocalización del goce, X. pasó, parece que con bastante rapidez, al momento paranoico, en el que el Otro estaba representado por brujas que le obligaban a reencarnarse en la “Primorosa”. Finalmente, X. pudo construir una posición en la que se produjo una cierta connivencia con el Otro: “Después, mi relación con las voces fue más amigable” aunque, eso sí, sugiriéndole tomar distancia, irse de vacaciones.

 

Se vislumbran así los tres grandes momentos en la evolución de los delirios: el momento de incertidumbre inicial, el momento paranoico y el momento parafrénico. Diferentes tiempos y diferentes opciones, ya que no todos los psicóticos pasan por estas tres etapas. X. sí pudo hacerlo y ahora resta todo un trabajo por realizar, una tarea en la que el psicoanalista ha de ser, básicamente, un secretario del alienado.

 

 

Presentado en el Seminario de casos clínicos de la Associació Catalana per a la Clínica i l’Ensenyament del Psicoanàlisi (ACCEP) en Barcelona, Abril de 2003.

 

 

SUMARIO



[1] CARMEN GALLANO: ¿Qué puede esperar un psicótico de un psicoanalista”.  En: Locura: clínica y suplencia. Madrid. Eolia., pag: 109

[2] ANDREW WEIL: Del café a la morfina. Madrid. RBA. 2002, pag: 262.

[3] LACAN, J. : El atolondradicho. Buenos Aires, Paidós. 1984,