Richard Abibon
Sueño con mi compañera, que está vestida de cuero. Está delante del
espejo y se maquilla. Se pone una enorme capa de mascarilla verde. Salimos y,
antes de salir, pasamos por un gran hall, en el interior del cual hay algunos
escalones sobreelevados, como una casita, una casita dentro de la casa. Salimos
y, al llegar fuera, me doy cuenta de que la casa está en una ladera, es la casa
de mi compañera. Ella ha añadido montones de casitas sobre el tejado de su
casa.
Cuando despierto me pregunto de qué se trata.
Vuelvo a pensar en la cara verde de mi compañera. Cuando tenía veinte años y me las daba de pintor, había hecho un retrato de la muerte como una jovencita, y era una jovencita con la cara verde, que tenía los cabellos negros y largos, exactamente como mi compañera en mi sueño. La muerte.
Me recordó enseguida a una de mis analizantes, Aldjía, que me había contado lo siguiente:
Cuando ella era pequeña, en la Kabilia, a los 4 o 5 años, tenía un tío que era de su edad. Este tío había muerto en edad muy temprana. Ella había declarado a su madre: No estoy de acuerdo; la muerte, no la quiero. Lo quiero despertar. Su madre le había contestado: “¡Ah, sí, sólo tienes que despertarlo! Coges una cuchara de aceite de oliva, se la metes en la boca y él se despertará.”
La pequeña se va al cementerio con su botella de aceite de oliva y su cuchara. Escarba la tierra allí donde está enterrado el tío. Llega hasta el umbral, es decir, la sábana con la que se envuelve al muerto. En ese momento, su abuela, que la había visto hacer desde lejos, interviene. La detiene justo a tiempo.
Me dijo “umbral”, interrumpiéndose en su relato en esta palabra. Le parecía que no era la buena... Acabó por encontrar la adecuada: “mortaja”.[1]
Hay entrecomillado en este relato, que indica un discurso de otro, traído por Aldjía. Pero el conjunto de este discurso está, en sí mismo, traído por mí. Es de lo que me acuerdo, lo que me viene en asociación con el sueño, del cual les he hecho partícipes al principio del capítulo.
¿Qué relación? ¿Qué es lo que me garantiza –y lo que les garantiza a ustedes, lectores- que haya sólo una relación? Únicamente una cosa: mi palabra. Y, para mí, una sola cosa me lo garantiza: la asociación me vino inmediatamente, sin que la buscase. Vino; es, pues, verdadera. Más que descartarla en nombre de lo absurdo[2], examinemos, por lo menos, la hipótesis de este vínculo, y veamos si esto nos lleva a decir algo adecuado. Las comillas, pues, son superfluas. Me propongo pasar de ellas a partir de ahora. Levanto acta de este hecho: que dejo de creer que aporto las palabras de otro; sólo aporto lo que mi recuerdo probablemente ha travestido de lo que he podido escuchar.
Aldjía vino a buscarme porque no soportaba la muerte. Precisemos, una vez más, lo que debería decir cada vez, pero que probablemente a veces me olvidaré de mencionar: esta porción de frase, “ella no soportaba la muerte”, es mía. Es, pues, lo que recuerdo de lo que me dijo, en una relación de après-coup lejano, y después de este sueño. Quizás me dijo algo totalmente distinto en la primera sesión. Quizás esta problemática no apareciera sino mucho más tarde. Quizá no tenga nada que ver con su problemática. No trabajo con la objetividad, sino con la subjetividad. Este recuerdo es el que me viene después del sueño, donde sólo es explícitamente cuestión de mi compañera, y que, al despertarme, arrastra espontáneamente esta asociación.
Aldjía había estado confrontada recientemente a la muerte de su suegro. Se quedó extrañada de verse tan conmocionada por esta muerte. No pudo decir palabra a su hijo; era demasiado fuerte para ella. Fue después de eso que le retornó el recuerdo de su tío, al que ella había desenterrado.
Al hilo de las sesiones le vienen nuevas asociaciones: un día, mi madre tiró los gatitos que la gata acababa de tener al otro lado del muro del cementerio. Fui al otro lado de la pared del cementerio y me ocupé de dos; les dí de beber y de comer, hasta que mi madre se apercibió e hizo desaparecer a los gatitos de otra forma.
Otro recuerdo: ve a su madre enterrar a un gatito en un rincón del campo y ve a la gata que busca por todas partes a su pequeño muerto. Ella le dice a la gata: “Ven, sé dónde está.” Va al rincón del campo, desentierra al gatito, se lo devuelve a la gata, que coge al pequeño en su hocico y lo vuelve a llevar a la casa; su madre vuelve a enterrarlo en otro rincón, desconocido para la niña.
Ella concluye, después de todos estos recuerdos: “Tengo realmente un problema con la muerte. ¿Por qué soy incapaz de soportarla? ¿Por qué busco arrancar a los seres vivos de la muerte?”
Le pregunto: ¿Ha sido usted misma arrancada de la muerte? Y nos quedamos ahí.
La siguiente vez llega diciendo: Estaba en el autobús y volví a pensar en su pregunta, que no había entendido en aquel momento. Volviendo a pensar en ello, de repente, he sentido como si me estrangularan y un golpe en la cabeza, como si me pegaran. Me ha vuelto una imagen que había olvidado completamente. La imagen de Malika, el nombre que le había dado a la muerte, Malika la muerte. Había olvidado completamente esa imagen, dice, y es esa pregunta lo que me la ha hecho retornar.
Esta imagen, prosigue, es la de una chica joven con largos cabellos negros. Me dice: Habitualmente, se representa a la muerte como un esqueleto, una vieja, un demonio, pero no como una chica joven. Es una joven de veinte años y, cuando yo nací, mi madre tenía veinte años y, cuando era pequeña, bebé, mi madre intentó estrangularme y me dio golpes en la cabeza.
Era, para mí, como una superficie sin agujero, y el sueño, relacionándolo allá donde me había tocado personalmente, intentó hacer un agujero, lo que le ha permitido, a continuación, hacer un agujero en el agujero de su recuerdo y hacer emerger esta imagen de Malika la muerte, que ya había remontado en mi memoria, yo escuchándolo, por el bies del sueño, y de ese retrato que había hecho de la muerte como jovencita verde, olvidado desde hacía tiempo.
Es un ejemplo de cómo funciona la transferencia.
A partir de ahí, un cierto número de recuerdos de ese estilo le retornan: en Kabilia éramos muy pobres, y mi madre intentó hacerme desaparecer porque no me podía alimentar; era porque yo era una niña. Efectivamente, le ha retornado un recuerdo suplementario, que estaba ya presente en mi sueño sin que yo lo comprendiera. Tenía otro tío, con el que jugaba todo el tiempo, a quien quería mucho cuando tenía 4 o 5 años. Un día, el día de la circuncisión del tío, ella berreó todo el día y, cuando sus berridos tomaban forma de algunas palabras, ella decía: ¡no quiero ser circuncisada! Circuncidada
Ella hace este trabajo del corte. Lo hacemos los dos, consiste en poner al día las superficies que habían sido engullidas en la desorientación.[3]
La orientación concierne a la vida o la muerte, niño o niña, siendo el uno complemento corolario del otro. Era así en mi sueño, en el sentido en que esta casita dentro de la casa me ha recordado lo que había visto el verano pasado en Tailandia: en todas las casas hay una casita, la casa de los espíritus, que es la casa de los ancestros, la casa de los muertos. Hay que ir regularmente a quemar incienso, poner comida, para que los muertos se sientan bien en sus casas, de forma que no vengan a molestar a los vivos en sus propias casas.
Es lo que vuelvo a encontrar. Pero el hecho de que se trate de la casa de mi compañera, y que haya añadido casas encima de su casa, indica también que ha añadido en mi idea un falo allá donde no lo había, es decir, en el cuerpo de la casa. A su cuerpo es añadido otro cuerpo, que es una casita sobre la casa, que es el cuerpo como falo, el cuerpo objeto añadido tal como si el niño pudiese ser un objeto fálico añadido al cuerpo de la madre.
Fui tocado yo mismo por esa dama, allá donde yo mismo podía ser tocado, y mi sueño hacía agujero hasta lo que, entonces, era la superficie desorientada de la transferencia entre ella y yo.
Esta transferencia empieza a tener una forma intensa. En Aldjía, sin ninguna duda, pues no para de hablarme del efecto que le produzco, de lo mucho que piensa en mí, de su gran indignación, porque está casada con un hombre maravilloso y es madre de un fantástico niño, que le da muchas satisfacciones.
En cuanto a mí, he sido tocado por sus primeros relatos, llegados del fino fondo de la Kabilia, de su infancia, y de preguntas que todo ser parlante se hace sobre la vida y la muerte. Su simplicidad, su facilidad para hablarme de esos temas tan difíciles, me llegaron directo al corazón. ¡Sin contar que es rabiosamente guapa! Sin embargo, no percibo conscientemente el efecto devastador que produce en mí. El primer sueño, el que acabo de mencionar, es el primer signo por el cual me di cuenta yo mismo. Y sigue:
Tengo la
certeza de ser culpable de un secuestro de avión. En el aeropuerto, uno de mis
colegas, firme pero triste, me hace notar que es como si acabara de confesar.
Lo asocio de inmediato, por un lado, a uno de mis antiguos analizantes autistas,
él también rabiosamente guapo, y por otro lado a
Aldjía, de la cual hablé ayer por la tarde en el grupo dedicado a los
sueños.
Tengo también
la certeza de que mi madre es paranoica. Localizo bien en qué, pero no puedo
decir más. Apenas tengo una imagen de ella, vieja, de pie, un poco huraña, como
se ven algunas viejas en los hospitales psi. Estoy en el hospital, no hay
suficientes despachos, y “okupo” el de... ¿Una de mis colegas? No lo sé...
Estoy con un paranoico, o quizás sea mi madre. La azoto salvajemente a
correazos. Está estirada en el suelo. Voy
directamente. No detengo en absoluto mis golpes y me produce un placer
inmenso.
¿Qué decir de eso? ¿Que tengo ganas de pegar a mi madre? Pegan a un
niño[4],
pero aquí el hecho no es masoca del todo, ha pasado al sadismo. La culpabilidad
es por romper con Aldjía, tan guapa que es y tanto que me calienta hablándome
de su amor. La he fantaseado,[5]
fantasmado, claro está, pero tenía tan pocas intenciones de romper, que pensaba
estar en su lista de tíos a los que calienta para poder castrarlos después.
Es lo que me había contado de su vida amorosa, en efecto, pero no del
todo en estos términos, claro está. Hubo un período en su vida, antes de
casarse, durante el cual llevó una doble vida. En su trabajo, empleada
modélica; y todas las noches, o casi, se transformaba en una ligona de
discotecas. Se divertía seduciendo a los hombres para enseguida decirles que
no, a la que aparecía una proposición. A veces llegaba a la cama, sólo una
noche, para después tirar al hombre como a un kleenex.
A veces, le ocurría que emprendía una aventura un poco más larga. En estas
historias no paraba de hacerse detestar, hasta que el hombre la dejaba.
Entonces desplegaba sus tesoros de seducción para recuperar al fugitivo hasta
hacerlo volver... para, entonces, echarlo con un “no” tan tajante como
inquebrantable. Tenía que ser el amo. Si alguien debía dejar, era ella. Este
período se acompañaba de anorexia e insomnio. Esta vida intensa no le dejaba ni
el tiempo de comer ni de dormir. Ocurría que a veces salía de la discoteca de
buena mañana para ir directamente a trabajar.
Escribiendo esta historia, me doy cuenta que seguramente mezclo
episodios de lo que he escuchado de ella y de lo que he escuchado de otras
mujeres en la misma situación. No sólo de las analizantes... Me hace pensar
rabiosamente en una mujer de la que en otro tiempo estuve perdidamente
enamorado, que me hizo el relato del mismo tipo de funcionamiento. Yo sé,
siento, que me es imposible hacer un relato objetivo. Lo que se imprime en mi
memoria viniendo de Aldjía va por fuerza directamente al encuentro de esos
recuerdos, que presentan similitudes de estructura. Y, cuando hablo de
estructura, quiero decir la estructura de la relación, la estructura de la
transferencia. La memoria del otro se ha inscrito de la manera en la que he
estado atrapado en esas relaciones. Las incluye, las condensa, las transforma
en función de valores antiguos, modificando esos valores antiguos a la medida
de nuevos datos.
Los correazos de mi sueño remiten a otra analizante de origen kabil,
que era golpeada regularmente de esa forma por su hermano, por orden de la
madre. Yo mismo jamás viví cosas semejantes; pero indican la violencia de los
sentimientos engendrados en mí. Como el Freud del artículo “Pegan a un niño”,
trato de marcar al otro, de manera que lo pueda dominar, con el fin de no
dejarme arrastrar por los juegos malabares de la seducción. Me gustaría hacer
padecer a esta mujer, con el fin de estar seguro de no cortar. Esto sería un
secuestro de la cura, tan seguro como el secuestro del avión que me reprocha el
colega al que atribuyo el rol de guardián de la ética. Pero si los correazos
son una buena manera de hacer marcas, o agujero, sobre el otro, son también
serios substitutos del goce. Seguramente, es el caso de los que se dan a este
tipo de práctica, sea disfrazada de castigo infligido o de sadismo confesado.
Detrás de cada una de mis enamoradas, detrás de cada una de mis
analizantes, se perfila mi madre. En mi sueño ella está en el hospital psi, y
justamente recibo a Aldjía en un dispensario dependiente de un hospital psi.
También con mi madre, que nunca frecuentó tales lugares, me hubiera gustado
retomar el control de la situación. Como el nieto de Freud con su fort-da:
pegar violentamente es la imagen prestada de otra analizante, para obtener el
mismo resultado: poner a distancia, quedar como el amo, no padecer los humores
del otro, que va y viene a su antojo, que ama o rechaza a su gusto.
En términos topológicos: añadir una dimensión.
Ya no sé si fue a raíz de tal sueño, pero fue, seguramente, después de
la evocación explícita por Aldjía de una relación amorosa entre nosotros,
cuando respondí secamente:
-Está fuera de la cuestión una relación entre nosotros. Por el
contrario, de la manera en que usted lo hace, siempre es posible hablar de
ello.
Sin embargo, estoy seguro que fue en la siguiente sesión cuando Aldjía
me dijo:
-Ya está, se acabó con usted. Ya no pienso en usted como antes. Ya no
me acuerdo de usted todo el tiempo. ¿Cómo es eso?
-¡Usted lo ha dicho! (¡Y yo también! Aunque no lo digo en esa réplica
que es, sin embargo, una mención del dicho: añadido de una di-mensión.)
-Sí, y además sé: he vuelto a poner orden. De hecho, es respecto a mi
padre que ocurre esto.
¿Es el hecho del análisis de este sueño? Sería un poco simple si esto pudiera
acabar así. De hecho, ha sido necesario más tiempo para analizar de una parte y
de la otra todos los detalles del nudo en el que ambos estábamos atrapados.
Esta búsqueda de distancia, esta necesidad de añadir una dimensión, me
lleva a la búsqueda de una teoría de la dimensión,[6]
que he podido elaborar gracias a la cuestión de las escrituras del nudo
borromeo.
Pero, durante este tiempo, el inconsciente no pierde el tiempo y
continúa la elaboración. He aquí otro sueño personal sobrevenido algún tiempo
después:
Mi ex-esposa me anuncia que mis dos hijos
han muerto. Se da cuenta por el hecho de que no quedan cubitos en el
frigorífico. Voy a comprobarlo. Las dos cubiteras están ahí, pero una de ellas
está en la parte inferior del frigorífico, la otra está en vertical, algo
inclinada contra el congelador, pero no en el interior. Los cubitos no están
derretidos de ninguna manera, pero faltan algunos de ellos.
Quiere decir, posiblemente, que mis dos
hijos han muerto. Me pongo a llorar, desconsolado. Me despierto.
No he tenido más que un hijo, y se encuentra muy bien. La
interpretación no puede entretenerse sobre esta apariencia, y el aspecto
latente del sueño me aparece enseguida. No se trata de hijos, sino de la
posibilidad de tener hijos, que reside en esos órganos suplementarios, en un
número de dos, que los hombres arrastran entre las piernas. Dos, como las dos
cubiteras. Primero pienso que es la edad, que corro el riesgo de helarme por
ese lado... El hecho de que falten cubitos indica una posibilidad de ablación,
de castración, pues.
Después del fuego, el hielo
amenaza.
Entonces, me retorna lo que Aldjía me ha contado durante la sesión anterior.
Tiene frecuentes insomnios. En esos casos, se levanta, va al frigorífico, para
ver si puede comer algo... Saca un helado, va a buscar una cucharita y, cuando
se vuelve a encontrar frente al helado, ya no tiene ganas. Vuelve a meter (iba
a escribir “hijo”) el helado en el frigorífico.
La problemática de Aldjía es con la muerte. Lo ha enunciado desde hace
tiempo. Con el deseo también. Pero aquí, no la deseo como objeto, me identifico
con ella. Hago el mismo gesto que ella y constato como ella: la muerte del
deseo.
Este sueño es la realización de un deseo. Como lo subraya Freud, el
duelo se emparenta con hecho de integrar el objeto perdido como en la comida
totémica, como en el fort-da. En el mito de la horda primitiva[7],
es después de la devoración del padre muerto cuando sobreviene la integración
de las prohibiciones que él hacía respetar en vida, y es el origen de la
palabra.
En el fort-da, de lo que se trata es de dominar las idas de la madre, de hacer su
duelo, sustituyéndolo por el tesoro inestimable de la enunciación.
Para Aldjía, se trata de compensar un sueño que se niega a la formulación
por la ausencia del sueño. Entonces, lo escribe con la mímica, mientras que yo
lo escribo con el sueño. En esta puesta en escena, redactada por ella misma y
su psicoanalista, ella juega el rol de la hermosa carnicera:[8]
de lo que se prepara para comer, no quiere. Lo que amenaza es la muerte del
deseo. Y, para que el deseo siga viviendo, hay que negarse a integrar el objeto
ansiado.
Mi sueño, realización de un deseo, me advierte que, en mi relación con
Aldjía, más me vale quedarme helado.[9]
No haré hijos con ella. Si ella no se come su helado, yo me he comido su
relato, y como los hombres de la tribu del ancestro asesinado por ellos, me
apropio de sus cualidades, es decir, las palabras por las que me hizo parte de
su deseo de conservar un deseo... Lo cual es la mejor forma de analizarla. Así,
nos reunimos.
Entendamos bien aquí lo que Freud dice de la identificación en la
“Traumdeutung”:[10] “la
identificación no es una simple imitación, sino más bien una apropiación,
(Aneignung: apropiación, pero también asimilación y usurpación) a causa de una
etiología idéntica”. Es decir, etiología idéntica a que hago referencia
confiando en la identificación en la transferencia.
Eso me conmueve, hasta el punto de hacerme estallar en sollozos, pero,
detrás de esas lágrimas, no sólo está mi relación a Aldjía. Están todos los
duelos que he tenido que hacer de todas las mujeres a las que he tenido que
renunciar, empezando por mi madre.
En esta etapa, el beneficio para el analizante y el analista es la
elección del deseo, y especialmente del deseo de análisis, sin el cual no
habría análisis posible. El deseo de comer algo, que sobreviene en Aldjía
durante esos insomnios, es el deseo de análisis, de tener en la boca ese vacío
delicioso de la palabra que alivia, vaciado del peso del objeto. Lo puedo
decir, recordando una vez más que soy yo quien lo dice así y no ella: lo puedo
decir así, porque mi sueño me hace parte de mi identificación con ella. Tenemos
el mismo deseo, que es sublimación de líbido y deseo de análisis. Sobre eso,
soy tanto como ella la hermosa carnicera de Freud.
No es por casualidad que Lacan ha sabido designar mediante lo simbólico
la pulsión de muerte freudiana. La muerte está manos a la obra, en el sentido
de la pulsión: para que el deseo siga viviendo, como soporte del sujeto, el
objeto ha de morir, comido por el sujeto.
Este último sueño tenía un ligero tiempo de retraso con respecto a mi
analizante. Pero hela aquí que sigue con su trabajo. Vuelve a decir que piensa
en mí casi permanentemente, excepto cuando ha hecho su stage lejos de París. Pero, en
cuanto regresa, vuelve a pensar. La primera imagen que le viene por la mañana
es su analista.
Me cuenta numerosos sueños, de
entre los que retengo este:
Está sobre una cama, y un señor
mayor está sentado sobre ella, lo que la asfixia. Se inclina sobre ella y su
ojo le cae de la órbita, lo recoge en un pañuelo.
Inmediatamente asocia: el señor mayor es su padre y es su analista: he
transferido mi padre sobre usted.
Podría asociar, a mi vez, en relación a la castración de esa mirada
llevada sobre ella, pero me lo prohíbo. Es asunto suyo.
Mencionaré solamente que, en esta etapa del análisis, su fobia al metro
ha desaparecido; así como sus impulsos de clavar un cuchillo en el cuerpo de
sus semejantes. Su vida de mujer se ha apaciguado un poco. Ella, que hacía
padecer todas las vejaciones posibles a su marido, en la línea de sus venganzas
perpetuas contra los hombres, ahora puede decir: estabas celoso de Abibon, pero
ves que valía la pena: te jorobo menos que antes, ya ves. En efecto, se había
percatado perfectamente que los celos de su marido hacia mí no estaban
desprovistos de fundamento.
Esta constatación idílica tendrá que volver a cuestionarse. Hablo de
sus venganzas perpetuas contra los hombres, con el tiempo de ventaja que me
hace redactar estas líneas, mucho tiempo después de haberla escuchado.
Los ahogos, los sufre aún en su ulterior relación con su marido. Éste
se ocupa de ella como de una niña, abriéndole su correo, pagándole sus
facturas, metiéndole kleenex en sus bolsillos y dinero en su monedero, de manera que ella nunca
tenga que pedir nada. Un primer tiempo de rebelión contra estas prácticas había
ralentizado el ardor de este marido solícito. Pero regularmente recaía en su
hábito favorito, hacía aumentar la cólera de Aldjía paso a paso. Ella, sin
embargo, se dio cuenta de que también tenía algo que ver: en el fondo, el
estatuto de niña le convenía mucho.
He aquí lo que puedo decir desde mi borde, borde de esta transferencia
en cuyo centro fluye un río.
Desde el lado de ella, Aldjía, he aquí lo que he retenido en las
sesiones siguientes... Repito que se trata de lo que se ha inscrito en mí: es
sólo, pues, su lado, en la medida en que ha pasado sobre el puente hacia el
mío.
Se orinó en la cama hasta los 12 años, edad en la que llegó a Francia.
Soñaba que iba al baño, y de hecho, orinaba en la cama.
Le retorna un recuerdo de infancia: con su amiga, hacía frecuentemente
el concurso de “quién va a mear más alto”, como los chicos. Sólo recuerda una
cosa de este sueño: Chouchou, el cartel de la película con Gad Elmalech. ¿Quién
es Chouchou? Le pregunto. Es un hombre vestido de mujer. Otra noche, soñó con
Zidane, de azul, que defendía Francia contra los rojos. Sacudía su cabeza
haciendo muecas. ¿Zidane, soy yo? Pregunta para concluir. Por fin sueña que,
tomando una ducha, descubre que tiene un sexo de hombre.
Cada cual, su forma de hacer con el vacío. Cada cual, su manera de dar
vueltas alrededor de ello. Pero está claro que es alrededor del mismo tarro. De
todo lo que dijo ahí podría hacer bellas extrapolaciones teóricas, del lado del
penisneid de Freud, por ejemplo (la envidia del pene). Esto no daría cuenta de
la manera como la entiendo, del lado del inconsciente. En cambio, esta manera
de escuchar, manera de situarse en la transferencia, es lo que me importa
teorizar. Es esta particularidad íntima, punto único entre dos orillas, que me
aparecen como las más universales, en todo caso las más universalizables,
incluso matematizables. A mi modo de ver, esto es el psicoanálisis.
Coincido aquí con Lacan: a este puente entre dos orillas, lo llama el
lenguaje, y más precisamente, lalengua (lalangue). Y también la función fálica.
Acabamos de verlo concretamente, entendiendo lo que se teje de sueños, y
palabras sobre esos sueños, entre un analizante y su analista. Que sea del lado
femenino o del lado masculino, la fascinación del sexo retorna a la cuestión de
la falta. En ambos casos, esta falta vertiginosa aparece siempre con lo que lo
vela, castillo o pene.
Así, lo que me dice mi sueño con el castillito en el fondo del valle es
que soy como el pequeño Hans: el hace-pipí de la hermanita es muy pequeñito,
pero seguramente crecerá, porque, si no, haría frente a vertiginosas
perspectivas. Del otro lado del puente, Aldjía me dice, a través de la forma en
la que la he escuchado: no soy sin sexo de hombre, o, para hacer aparecer bien
las dos negaciones: no estoy en una referencia donde no estaría el sexo
masculino.
Por lo tanto,
Por lo tanto
Esta cólera la entiendo a mi manera. En la atención flotante que me
hace entonces derivar después de lo que ella dice, para perderme en el recuerdo
del suplicio de San Chaipuqui, que fue no solamente quemado vivo, sino más aún,
sobre una parrila y a fuego lento, de manera que durase más tiempo. Aquí, es
seguro, no se inscribe dentro de la función fálica. El goce, en el sentido
negativo, traduciéndose en términos de dolor, es infinito. Y, justamente por
este hecho, pierdo la comunicación con ella, ya no la escucho. Hay x, que ella
dijo en ese mismo momento, que no se inscriben en mí, a menos que yo no lo
sepa, y que este imaginario de la tortura sea la fantasmagoría producida en mí
por lo que ella sigue diciendo y que tal vez saldría bajo forma de sueño en un
momento u otro.
En alguna parte, he obedecido su palabra de ir a quemarme vivo en el
infierno. En este après-coup de escritura, entiendo que es el engendro mismo que ella pone en la
picota, la función fálica, tal y como se transmite de padre a hijo, desde la función
misma desprovista de toda encarnación: dios.
No estoy nada seguro de lo que pongo en acto clínico en relación con
las fórmulas matemáticas de Lacan. La correspondencia exacta importa poco: lo
que importa es que estas fórmulas, desprovistas de significación, puedan hacer
oficio de catalizador como acaban de hacerlo, con el fin de producir nuevas
formulaciones de lo que, desde el principio de este escrito, no cesa de
intentar inscribirse.
Voy a intentar una formulación de esta transferencia, en el mismo
sentido que Freud asignaba a la interpretación: producir algo nuevo.
Primero, tiraré del hilo del significante, este puente entre los seres
parlantes que funciona sean quienes sean los seres parlantes, pero que sólo
funciona si la particularidad de la existencia nos aporta un desmentido.
En otros términos, este hilo es un borde, corre entre los seres
parlantes. En el Curso
de lingüística general, Saussure inaugura el
significante en esta linealidad temporal de la palabra: hay que poner las
palabras unas detrás de otras. No se puede decir todo al mismo tiempo, y es
esta incapacidad la que acabará por aportar una verificación que, se diga lo
que se diga (
El que habla a otro, también tiene la posibilidad de entenderse, lo que
da una estructura triple a este hilo: el que habla, el que escucha -el otro- y
el sujeto hablante que se escucha, el Otro. Es una de las formas de leer la
trinidad. Hay otras formas, entre ellas, éstas: yendo del sujeto parlante hacia
el otro, el hilo del significante se curva dentro del mismo tiempo para volver
hacia el Otro, el sujeto que escucha. El uno y el otro, si quieren comprenderse,
deben guardar en la memoria la inscripción de lo que se dice al principio de la
frase, para volver a referirse a ello al final de la frase. Una significación
jamás se establece sola, sino en la articulación de un significante a otro. Se
requiere un mínimo de dos, haciendo valer un tercero: “un significante representa
un sujeto para otro significante”.
Saussure[11]
intentó una representación de esas diversas modalidades de retorno del
significante sobre sí mismo, imaginando un nubarrón sobre el hilo significante:
el significado, ligado de tanto en tanto al significante por trazos verticales
punteados. Lacan nos ha explicado que el significado no es otra cosa que el
significante que retorna sobre sí mismo. En el proceso de la frase, como en el
de un ensayo de definición de una palabra, una palabra no puede más que remitir
a otra palabra, y esta última a otra, y así sucesivamente... Metonímicamente en
la frase, metafóricamente en el registro de las definiciones.
Dicho de otra manera, el significado no existe; existe tanto como la
significación. Mostré, hace ya tiempo, cómo una línea cualquiera, si representa
un corte, sólo debe su eficacia a la combinatoria de tres funciones: el corte
como tal, la curvatura, y el recorte, que acaban de transformar el acorte en el
corte. Es el acorte lo que puede perfectamente curvarse hasta el infinito, sin
recortarse jamás.
Sin estas tres funciones, queda letra muerta, incapaz de recortar nada
en la superficie que se le propone como objeto. Pero esta última forma nos hace
palpar la hipótesis implícita sobre la que reposa la demostración. Era
necesario disponer de esta superficie previa, así como de la idea del corte,
para poder hacerlas operar una sobre la otra. Dicho de otra manera, la
demostración de la terminación del corte supone que ha sido puesta en marcha
previamente, con el fin de producir el tejido sobre el cual va a aplicarse.
Es lo mismo para el significante. Para demostrar su funcionamiento, hay
que suponerlo funcionando, para que pueda servir para demostrarse a sí mismo.
Lo mismo pasa con el sujeto, producto del significante, que no puede
más que suponerse siendo, para hacerse ser produciendo los significantes que, a
fin de cuentas, lo habrían producido. No existe más el significado que la
significación, lo poco que tiene de ser se reduciría al significante.
La superficie sobre la que opera el corte es necesariamente ella misma
producto de un corte. Este producto, un pedazo de superficie, una arandela,
esto es el significado: nada más que lo que acaba de recortar la linealidad del
significante. Así, este último vuelve dos veces sobre sí mismo: como
significante, para recortarse, y en tanto que corta, en lo que ya ha recortado.
Se trata, pues, de una función cuadrática, es decir, f[f(x)], o aun f2(x).
Si el corte necesita tres funciones, esta repetición supone, pues, un mínimo
estructural de seis.
La transferencia está ya ahí, tal y como la intenté describir en el
relato precedente: hablando de lo que he escuchado, redoblo el corte, corto en
el tejido lo que ya ha sido recortado anteriormente en mi atención más o menos
flotante. Puesto que no puedo restituir la enunciación tal cual. Primero, la
enunciación del sujeto sólo pertenece al sujeto, no se transfiere. Después, su
linealidad significante forzosamente hace retorno en la inscripción que ha
producido en mí, recortando lo que tomo por significados o significaciones, si
necesitan el pasaje a través de la interpretación de uno de mis sueños.
La identificación reposa sobre esta hipótesis necesaria de la
superficie en la que mi propio discurso recorta: el corte que inscribo allá
reproduce la estructura del corte por la cual ha sido producida. He aquí lo que
describe perfectamente la escritura de la banda de Moebius: su borde, el
significante, en tanto que linealidad que retorna sobre ella misma, recorre dos
veces tres torsiones de forma continua.
El recorte de arriba respeta los cortes impuestos por la escritura, que
separa tres trozos del borde. Este borde es continuo si se sigue su movimiento
con el dedo, pero basta con detenernos y que una representación se cierre, para
que ella lo recorte en tres. Este recorte se reproduce en la letra central en
el nivel de las tres torsiones:
Un
significante
representa un
sujeto para otro
significante
El primer recorte dejaría pensar que el significante es objeto, tres
objetos que estarían puestos en relación por las torsiones, que serían
funciones. El segundo pone el significante como nominación de las torsiones
mismas, lo que corresponde a los cruces del nudo, leído como torsiones.
Mientras el significante es función, nombra la operación puesta en
relación. Pero esto permite hacer retorno sobre la primera nominación,
permitiendo darse cuenta de que todo borde es puesto en relación de una cara
con la otra. Lo que habíamos localizado primero como objeto puede ser también
considerado como función. Así, en la estructura que nos ocupa, no hay relación
entre la función y el objeto, puesto que se trata de la misma cosa, sin que se
trate de la misma cosa: es la escritura de una no-relación.
Del borde de la banda como corte en una sola dimensión, en su
superficie que tiene dos, las torsiones se sitúan en la tercera, no hay
relaciones, puesto que se trata siempre del significante, de una sola
dimensión, aunque dé la ilusión de producir significado (de dos dimensiones) y
significación (de tres dimensiones).
Esta función la puedo distinguir del objeto significante nombrándola
significancia. Y esto me permite decir que no hay significante sin
significancia (no hay objeto sin función), ni significancia sin significante
(no hay función sin objeto). En el medio analítico, es bastante frecuente
escuchar esta expresión: “el significante”, en un deslizamiento de
sentido que viene a hacerlo corresponder con la palabra. Sin embargo, cuando se
dice “el significante” lo deberíamos considerar siempre como triple: tal es su
estructura, idéntica a la banda de Moebius, y, desarrollada, a la del nudo borromeo.
Tal es la estructura de la transferencia, idéntica a la del ser
parlante: estructura de puesta en relación, basándose en la ausencia de
escritura de la relación sexual. Ya había declinado este tema alrededor de la
diagonal de Sócrates, que escribe la no-relación del lado a la diagonal del
cuadrado (√2). Esto es así, a mi modo de ver; entiendo la ausencia de
escritura de la relación sexual según Lacan: por la escritura de la no-relación.
No hay relación sexual en la transferencia, aunque su puesta en juego
permite declinar numerosos substitutos de escritura, en la ocurrencia de los
sueños del analista y que son tanto “√2”, como lo atestigua la historia
que he contado más arriba.
Podríamos escribir una fórmula de esta no-relación, teniendo en cuenta
las seis torsiones que recorren los bordes de la banda de Moebius, cuando este
movimiento se hace en la escritura. En efecto, el recorte de una banda de
Moebius a lo largo de su borde produce un enlace de una nueva banda de Moebius
con una banda de dos caras cuyas seis torsiones pueden reducirse a cuatro.
1 4 2 5 3 6 1 2 5 6 3 4