Derrida, Jacques, Estados de
ánimo del psicoanálisis.
(Lo imposible más allá de la soberana crueldad)
Paidós editores
Antonio Colom
Bajo el
título con que se presenta este libro, Paidós nos presenta la conferencia que
Derrida pronunció ante los Estados Generales del Psicoanálisis, el 10 de julio de 2000 en
París.
Creo
que es posible sostener que la conferencia misma es una interpelación al
psicoanálisis a partir de una tríada: crueldad, soberanía y resistencia; cosa
que resulta francamente apasionante, pues a partir de estos tres conceptos
Derrida sostiene una lógica en la que ampara la resistencia del mundo al
psicoanálisis y la resistencia del psicoanálisis al mundo. El resultado es un
trabajo sorprendente y útil, al menos así me lo pareció tras una primera
lectura, para pensar y trabajar las posibles vinculaciones o desvinculaciones
del psicoanálisis con la contemporaneidad, pero que también cuestiona los
fundamentos del psicoanálisis y sus instituciones, pues no son ajenas, incluso
en sus actos de fundación, a la problemática del poder político y la soberanía.
Jacques Derrida (Argel, 1930) que es uno de
los pensadores contemporáneos vivos más influyentes en el campo de la cultura
gracias a su formación filosófica, empieza su conferencia situando sus
interrogantes con la finalidad de interpelar al psicoanálisis en relación a sus
contenidos:
"...¿hay también una
crueldad inherente a la pulsión de poder o de dominio soberano
(Bemächtigungstrieb) más allá de, o más acá de, los principios de placer o de
realidad? Mi pregunta será antes que nada y después de todo: ¿hay para el
pensamiento psicoanalítico futuro, un
otro más allá, si se puede decir, un más allá que se sostenga más allá
de esos posibles que siguen siendo tanto los principios de placer y realidad
como las pulsiones de muerte o de dominio soberano que parecen ejercerse
siempre donde se manifiesta la crueldad?"
Este es su "saludo" a los Estados
Generales del Psicoanálisis con el fin de situar de forma concisa y razonada
cómo crueldad y soberanía "resisten" una y otra vez al psicoanálisis
y cómo el psicoanálisis se resiste también a estos conceptos (fascinante, sin
duda, su planteamiento). Su hipótesis de trabajo se apoya en el concepto
psicoanalítico de "resistencia" según la propuesta freudiana y con el
fin de analizar dos resistencias en curso:
a.- la resistencia en el mundo al
psicoanálisis.
b.- "...la resistencia al mundo, en el
interior de un psicoanálisis que resiste también a sí mismo, que se repliega a
resistirse, si se puede decir, para inhibirse a sí mismo, de manera casi
autoinmunitaria.
Y el contexto elegido para su desarrollo es
el del "proceso de globalización del mundo (...) con todas sus
consecuencias -políticas,sociales, económicas, jurídicas, tecnocientíficas, jurídicas, etc.", el
cual "resiste" al psicoanálisis.
"Sin duda, frente a esta resistencia, el
psicoanálisis, en las formas estatutarias de su comunidad, en la mayor
autoridad de su discurso, en sus instituciones más visibles, resiste doblemente
a lo que sigue siendo arcaico en esta globalización. No lo quiere pero no lo
ataca, no lo analiza".
"El psicoanálisis en mi opinión, todavía
no se ha propuesto, y por tanto menos aún logrado, pensar, penetrar, ni cambiar
los axiomas de lo ético, lo jurídico y lo político, particularmente en esos
lugares sísmicos donde tiembla el fantasma teológico de la soberanía y donde se
producen losç acontecimientos geopolíticos más traumáticos, digamos incluso,
confusamente, más crueles de estos tiempos".
Es así como, de a poco, Derrida va
introduciendo la problemática de la "soberanía" en la actualidad y
trasladando la misma al interior del psicoanálisis y de sus instituciones.
"¿Qué es la guerra mundial y la
posguerra para el psicoanálisis hoy?", pregunta Derrida, pregunta que le
permite introducir una posible vía de exposición, pero que abandonará por falta
de tiempo. Se trata de la relación entre la muerte y la técnica.
Entonces enuncia que, si bien el
psicoanálisis no está muerto, es mortal,como las civilizaciones habladas por
Valéry. El psicoanálisis mismo no es ajeno a la problemática de la muerte, y es
por eso que, si bien el psicoanálisis no ha avanzado mucho en este tema,
Derrida se autoriza a denunciar un "duelo" que el psicoanálisis
arrastra desde hace un siglo de existencia:
"¿Cuál es la queja del psicoanálisis
hoy? ¿De qué se quejan ustedes? ¿De quién se quejan? ¿Ante quien?....¿qué en el
psicoanálisis respira la muerte o la amenaza de muerte?.... Nos preguntamos
también quién sería el Padre aquí, quién el Rey."
En este punto, Derrida recuerda la historia
política, situando cómo hasta 1789, en los Estados Generales (Francia), un
poder constituido era el destinatario de la queja, poder que según él también
buscamos entre nosotros los psicoanalistas, aunque queda por identificar el
destinatario. El carácter problemático de esta queja, según Derrida, puede
detectarse en dos aspectos:
a.- El carácter problemático de la
institucionalización del psicoanálisis y su dispersión de los lugares de saber
y de enseñanza...
b.- La queja vinculada con el
"afuera" del psicoanálisis: sociedad, estado, otras corporaciones,
etc.
Concluye esta vía de exposición mediante la
siguiente pregunta: "La muerte y la técnica, decía. ¿Hay una relación
entre ellas? ¿Y pensar la muerte supone pensar primero la técnica?".
"Partiré ahora en otra
dirección"...Y esa dirección, cuyo fin es el de cruzar los léxicos de la
crueldad, la soberanía y la resistencia, la inicia con el rechazo de Freud a
"cartearse" con Einstein, o más bien en el escepticismo freudiano al
respecto, y le lleva a concluir del lado de una propuesta para esos
"Estados Generales del psicoanálisis".
Según Derrida, y tras su lectura de las
cartas entre Einstein y Freud sobre la guerra, estos trabajos de ambos ponen
sobre el tapete una paradoja de difícil complejidad y solución: ¿es posible
pensar una política social desvinculada de la pulsión de muerte teniendo en
cuenta que la pulsión de poder no se reduce a la pulsión de muerte? Y, en
cualquier caso, ¿cómo pensar esta paradoja en las instituciones psicoanalíticas
ya que estas no son ajenas a los mecanismos de poder político?
Según Derrida, en todo acto performativo hay
algo que le excede, algo que excede a lo predecible y controlable, un imposible
que sitúa más allá de todo principio de realidad o de placer. "Lo que es
seguro es que ningún director pudo nunca prever ni programar cualquier cosa más
allá del primer acto de la apertura". La apuesta-propuesta de Derrida al
contexto en el que expone su trabajo (Estados Generales del Psicoanálisis) es
el de analizar la puesta en escena constitutiva de los mismos y en concreto,
aquello que a modo de "secreto", trabaja también en su constitución
aunque al margen de la escena misma.
Teniendo en cuenta la escena en la que participa con su ponencia, y
echando mano a la relación entre el psicoanálisis y el teatro, lanza una
pregunta sobre la estructura misma de la escena en la que se halla: "¿Será
el teatro de la misma familia, una familia siempre más o menos de la realeza,
más bien patriarcal y heterosexual, instalada en la diferencia sexual como
oposición binaria?"
"No hay Estados Generales sin
teatro", declara abiertamente. Ahora bien, es en ese "escenario"
en el que Derrida vincula la soberanía con la crueldad: ¿sería la crueldad un
efecto del ejercicio de la soberanía o aquel aspecto del que adolece toda
soberanía por sí misma?.
Nos recuerda este señor que Freud mismo
intentó mantenerse al margen del poder soberano en la fundación de la primera
institución de psicoanálisis, la IPA. Freud no quiso dirigirla, no aceptó su
dirección, lo que lleva a Derrida a plantear si esa no asunción por parte de
Freud de la dirección de la IPA no lo convirtió en amo absoluto, todopoderoso e
impotente, impotente en su poder absoluto de soberano, por adelantado
decapitado y sacrificado.
Seguidamente advierte que el psicoanálisis o,
más concretamente, la institución analítica es la única "que compromete de
manera intrínseca el nombre propio de su fundador en una lógica de filiación transferencial
que pretende poder analizar y cuyo concepto, justamente, produjo". Y es
aquí cuando Derrida introduce lo que él supone como un síntoma en el
psicoanálisis teniendo en cuenta, no solamente su recorrido sobre la
resistencia en Freud, sino también los trabajos de E. Roudinesco y de René
Major: la vocación de secreto.
Por un lado, delimita como secreto-síntoma
aquello mismo que permite la asociación de los psicoanalistas y la red de
solidaridades tanto nacionales como internacionales en las que el trabajo de
muchos se sostiene de una causa común.
"Hay que tomar en serio, en el
psicoanálisis y fuera de él, esta cuestión del secreto en sus implicaciones
éticas y políticas, ahí donde delimita la autoridad misma y el poder, la
legitimidad de lo político -no sólo de lo político en general, de su derecho de
mirada sobre la vida y la muerte, la conciencia, los intercambios (económicos o
no) de los sujetos ciudadanos, sino también de lo político en el interior de la
institución analítica-. El secreto profesional del psicoanálisis no debe ser,
en todo caso pretende no ser, un secreto profesional como otro. Inútil precisar
aquí, ustedes las conocen mejor que yo, las consecuencias sociales, económicas
y políticas de esta vocación de secreto".
"Detrás de la escena de la institución y
de los estatutos, otros poderes, secretos o no, están siempre trabajando".
Derrida pone como ejemplo el Comité Secreto de los anillos que funcionaba
regentado por Freud al margen de las instancias oficiales de la IPA.
Siguiendo esa lógica, Derrida no duda en
formular "¿Cuál es hoy la crisis del psicoanálisis?(...)¿cuál es la crisis
de la globalización del psicoanálisis?". Pero también responde a esas
preguntas: "Y en cuanto a la crisis, ese saber sería el saber de lo que
pone al psicoanálisis en crisis, sin duda, pero también de lo que la revolución
psicoanalítica misma pone en crisis. Las dos cosas parecen además tan
indisociables como dos fuerzas de resistencia: resistencia al psicoanálisis,
resistencia autoinmunitaria del psicoanálisis tanto a su exterior como a sí
mismo. Es en su poder de poner en crisis que el psicoanálisis está amenazado, y
entra entonces en su propia crisis".
Siempre siguiendo los trabajos freudianos
sobre la guerra, Derrida recala en lo que declara una "ilusión
freudiana", la de una erradicación de las pulsiones de crueldad y de las
pulsiones de poder o de soberanía. Aunque también sitúa la propuesta de Freud
de "desviar" el destino de estas pulsiones haciendo actuar la fuerza
antagonista de estas, Eros. "El amor y el amor a la vida, contra la
pulsión de muerte". La segunda opción, ideal según Freud, sería..."una comunidad cuya libertad
consistiera en someter la vida pulsional a una *dictadura de la razón*".
No obstante, ¿cuales serían las aristas de
ese racionalismo desilusionado?, pregunta Derrida. Dos propuestas:
1.- Puesto que el psicoanalista como tal sabe
que no hay vida sin la concurrencia de ambas fuerzas pulsionales contrapuestas,
el saber psicoanalítico como tal no tiene derecho a condenarlas. Frente a ese
aspecto está en la "neutralidad de lo indecidible". Es en ese
"indecidible" en donde Derrida sitúa los "Estados de ánimo del
psicoanálisis".
Para pasar a la decisión, sería necesario un
salto que expulse el saber psicoanalítico hacia fuera, lo que implica la
organización de la razón psicoanalítica sin reducir la heterogeneidad
pulsional. La transformación futura de la ética en el campo del derecho y de la
política debería tener en cuenta el saber psicoanalítico al respecto, pero la
comunidad psicoanalítica también debería tomar en cuenta la historia del
derecho, aspecto que hasta el momento, según Derrida, no han despertado ningún
interés.
2.- La
segunda propuesta que articula Derrida, también partiendo de la
irreductibilidad de la pulsión de muerte, apunta a los derechos del individuo y
a los derechos de la comunidad sobre el individuo.
Derrida se acoge al "derecho a la
vida" que Freud introduce en su "¿Por qué la guerra?". Para
Freud es evidente que cada hombre debe conservar el "derecho sobre su
propia vida", pero lo complicado es pensar en la cuestión
de si la comunidad no debe tener un derecho sobre la vida del individuo. A
partir de aquí, le llega a Derrida el momento de plantear conclusiones.
"Para mí se trata más bien de lo que
queda por pensar, por hacer, por vivir, por sufrir, con o sin goce, pero *sin
coartada*, más allá incluso de lo que llamamos un horizonte y una tarea, por lo
tanto más allá de lo que sigue siendo no sólo necesario, sino posible".
Para Derrida, se trata de algo más allá de la
*economía* de lo posible y del poder. "Llamo aquí a un más allá de la
economía (psíquica), por lo tanto de lo apropiable y de lo posible".
Apostando claramente por el pensamiento de la
vida como un posible, introduce algo que incluso para él es igualmente difícil
de pensar. Se trata de pensar un incondicional sin soberanía y por tanto sin
crueldad, proponiendo una revolución para el psicoanálisis que transigiría con
lo imposible, negociaría lo no negociable que seguiría siendo no negociable, calcularía
con lo incondicional como tal, con la incondicionalidad inflexible de lo
incondicional, según sus palabras.
Para ello, propone tres instancias o tres
órdenes:
1.- Orden *constativo*. Tomar dentro del
saber teórico y descriptivo la totalidad del saber científico, que se considera
situado en el borde del saber psíquico, al que se supone puro.
2.- Orden *performativo*. Ahí donde no se
trata de saber ni de escribir, el psicoanálisis debe inventar o reinventar su
derecho, sus instituciones, sus estatutos, sus normas, etc. Para ello debe
tener en cuenta su propio saber, pero también lo que pasa en su época.
3.- "Más allá de lo más difícil, lo
im-posible mismo". Para Derrida, los dos órdenes anteriores pertenecen a
la economía de lo reapropiable, pues
siguen siendo órdenes de poder y de lo posible.
La
cuestión en sí conlleva la posibilidad de confrontar lo im-posible que de
alguna manera derrota los anteriores órdenes, los tambalea...