SUMARIO

 

LA VIDA SEXUAL DE CATHERINE M.

 

 

Marta Jiménez

 

Sobre La vida sexual de Catherine M. Catherine Millet. Ed. Anagrama, “Panorama de narrativas”, Barcelona, 2001

 

 

La primera lectura de la obra del título nos podría llevar a formular una leve protesta: ¿no habría sido más adecuado incluir este libro en alguna colección específica de literatura erótica? De hecho, si el contenido literario es discutible, el explícitamente sexual no lo es en absoluto, y puede sin ningún esfuerzo competir con cualquiera de los títulos de “La sonrisa vertical”, tanto por la contundencia como por la cantidad de carga sexual.

 

Una segunda reflexión (que no lectura: el contenido es, aparentemente, tan lineal que no parece ser necesaria) nos puede llevar a matizar. Porque, si un componente hay básico de la literatura de cualquier estilo (aunque no el único) es la capacidad de fabular. Y el lector desapercibido tiende a preguntarse qué hay de real y qué de ficción en los hechos relatados por Millet. Y eso no tanto porque los hechos narrados sean difíciles de creer (concedamos este crédito a la autora), sino porque puede costar aceptar que alguien decida explicarlos y hacerlos públicos sin intentar ocultarse siquiera bajo un pseudónimo. El título, La vida sexual de Catherine M. no deja de ser un guiño al lector sobre este particular, que tiende a relacionar la obra con algunos clásicos de la literatura erótica (caso de Historia de O.).

 

Es la gran y única broma de Catherine Millet: por un lado, el título nos sugiere ficción, en la línea de los anónimos de la literatura clásica, erótica o no; y, por otro lado, la firma orgullosamente estampada bajo el título nos lleva bruscamente al terreno de la realidad. Y este pequeño juego acentúa aún más el desconcierto del lector sobre el particular. Un desconcierto que Millet parece asumir y que no intenta nunca despejar; en ningún momento hay referencias con el objeto de dar credibilidad a la narración, ni apelaciones más o menos directas al posible lector para llamar su atención sobre la veracidad de uno u otro pasaje.

 

A partir de este primer momento, la autora Catherine Millet “se ofrece” a los ojos del lector con la misma indiscriminada indiferencia con que el personaje Catherine M. se ofrece a los juegos y episodios sexuales que se narran en la obra. También a partir de este momento desaparecen los guiños o complicidades con el lector. De hecho, parece haber quedado olvidado, obviado, como si su participación fuese prescindible y el hecho de leer o no lo que se explica fuese un simple detalle anecdótico; a todas luces, el libro no ha sido escrito pensando en un lector.

 

Esta impresión se refuerza por el hecho de que tampoco se intenta sistematizar la narración. No se agrupan los hechos bajo ningún criterio claro, ni se intenta mantener una línea cronológica más que ligeramente. La división en capítulos tampoco parece tener más función que ceñirse a unos mínimos formales, y más bien parece que los hechos se van anotando tal como se presentan a la memoria de la autora, sin apenas filtro consciente alguno, en un collage confuso.

 

Parece, pues, que hay tres características claras en la obra que nos ocupa; la primera: la autora / protagonista tiende a desdoblarse (una es Catherine Millet; la otra, la Catherine M. del título). La segunda: el desentendimiento de la una respecto a la otra; hay aspectos de la vida de Catherine Millet que no aparecen, o sólo de manera tangencial, en el relato (su profesión, su vida familiar, su actividad pública...). La tercera: ambas prescinden con igual tranquilidad del lector / espectador, pese a la gran carga exhibicionista que se presupone en las acciones de la una y en la narración de la otra. Vayamos, pues, por partes.

 

 

Catherine Millet / Catherine M.

 

Catherine Millet es una profesional de prestigio en su campo, el de la crítica de arte. Es una mujer con una proyección pública (aunque sea dentro de unos límites; por muy avanzado que sea el sistema educativo francés, no creemos que un crítico de arte se pueda equiparar con una estrella del pop, ni siquiera allí), con un sinfín de relaciones profesionales y se puede creer que una vida social intensa. Es el típico perfil de personaje que, en nuestra cultura mediterránea de patio de vecinos, jamás exhibiría una vida personal tan aparentemente apartada de la norma, y, ni mucho menos, la pondría por escrito. Y Catherine Millet lo hace.

 

Pero en todo momento hay una reserva en esta mujer, por otro lado tan poco pudorosa, y es que, entre ella y la luz pública, pone a Catherine M. como pantalla. Ella es su alter ego en la acción narrada, no porque se pretenda nunca dar la impresión de que es un personaje de ficción, sino porque siempre hay una fina línea que las separa, creemos que sin que ello responda a un intento deliberado de “encubrimiento”, sino más bien a una actitud defensiva inconsciente. Pero allí están ellas dos, cada una a un lado de la línea, separadas pero tan unidas que cuesta ver dónde empieza la una y acaba la otra.

 

Hay algunos datos, sin embargo, que nos permiten distinguirlas: en sus explicaciones “teóricas” (para entendernos: cuando no nos explica alguna escena sexual), habla Catherine Millet, analizando, argumentando (con más o menos acierto, eso tampoco tiene mayor importancia), intentando siempre establecer una relación entre el comportamiento de su criatura y algún elemento de su vida, de su pensamiento, que le dé sentido (el número, el espacio...); no porque pretenda explicarse ante el lector, ni aclararle sus pautas de conducta, ni mucho menos justificarlas, sino más bien porque parece incapaz de observar una imagen (¿deformación profesional?) sin buscarle una composición, una línea argumental, un trasfondo. Su alocución es más compleja, más reflexiva, más matizada; pero nunca personalizada hasta el punto de traslucir sentimientos, y ése es un rasgo que llama poderosamente la atención en toda la lectura: es una mujer capaz de hablar su sexualidad, pero en ningún momento parece ser capaz de “sentir” ante lo que explica.

 

Hay, en el fondo, un vacío tremendo (¿quizá debería haber una tercer personaje para llenarlo, una parte que acabase de completar ese conjunto desconcertante que forman Catherine Millet y Catherine M.?) en el lugar en que esperaríamos encontrar a la mujer (se llame como se llame) que nos explica “lo que siente” ante lo que hace, o lo que hace en respuesta a lo que siente. Esa mujer está ausente, y tampoco podemos saber si es una ausencia involuntaria, o el resultado de una estrategia consciente de camuflaje. Pero el caso es que ella no está.

 

Catherine Millet, en cambio, está. Y se explica como una profesional: describe, analiza, compone cuadros plásticamente muy vivos, cuadros en movimiento, narrativos como puedan serlo las pinturas colectivas de un Boticcelli. Unos cuadros cuyo tema siempre es, con las variantes que se quiera, una escena sexual.

 

Y en esos cuadros está Catherine M. Vive en ellos, actúa en ellos. Y, desde ellos, nos los explica; pero no con la capacidad reflexiva de su otra parte, sino con la simplicidad naïf de una criatura: hace cosas, otros las hacen, o se las hacen, ve cosas, va a sitios, encuentra a otras personas... Todo es narración pura, en el sentido de que no se mezcla con ninguna reflexión, ni hay inflexión alguna en el personaje: dice lo que hace, de una forma simple, a veces simplista, esquemática, sin matices.

 

Ésta es la Catherine M. del título. Y sus cuadros son lo que en el título se denomina “vida sexual”, aunque, si fuésemos puntillosos, pediríamos a la autora, por coherencia, que el título hiciese referencia a “La vida de Catherine M.”. Porque Catherine M. no vive más que en esos momentos, no es necesario adjetivar la palabra “vida”: Catherine M. vive en tanto actúa la sexualidad que Catherine Millet explica. Cada una tiene un papel en la función. Y sus voces se mezclan a veces, pero no se confunden.

 

 

Creadora / criatura

 

Catherine Millet, por tanto, es quien permite que Catherine M. viva; ella le da el marco, el movimiento, el hilo argumental. Pero no arropa a su criatura con una vida externa al cuadro en que la coloca: no le permite relacionarse con ella misma, su autora; el hecho de que ambas hablen en primera persona y bajo el mismo nombre (o casi) no les confiere ningún tipo de intimidad ni de complicidad. Como un coro de teatro griego, narra la acción, la explica al espectador/lector (con grandes reservas, como hemos comentado), pero no interviene: Millet no se implica; esa tercera parte del todo de la que hablábamos antes impone su vacío entre ellas dos y a cada una de ellas: parecen estar rodeadas y partidas por un espacio vacío en el que se pierde parte de la identidad de ambas, y que les impide formar un único personaje.

 

A través de ese vacío, Catherine Millet y Catherine M. casi se ignoran la una a la otra: Catherine Millet sólo pone la voz a la actuación de Catherine M. Y ésta, cuando actúa en sus cuadros, no siente ninguna curiosidad por Millet, y no parece ser consciente de su existencia, de aquella parte que podría ser de ella misma que queda fuera de su cuadro; las une la voz; las separa casi todo lo demás.

 

 

Lo ves y no lo ves

 

Eso podría decirse de lo que nos explican Catherine Millet y Catherine M.: nos lo cuentan todo; no nos explican nada. Después de recibir en plena cara las imágenes evocadas por ambas, de saber con todo detalle qué hacen, cómo, dónde, con quién y en qué postura, no sabemos nada de ellas.

 

O, por decirlo de otra manera: hemos podido verlas, porque han consentido que las miremos, pero no nos han enseñado nada: no ha habido ningún gesto hacia el lector para explicarle, hacerle entender, guiarle. Le han dejado solo con su perplejidad, y no nos cuesta nada imaginárnoslas riendo maliciosamente como dos niñas traviesas que se burlan a distancia de su víctima después de llamar a un timbre y haber obligado a alguien a abrir una puerta.

 

Quizá era lo que pretendían. O quizá buscaban una complicidad con un tercero que después no han sabido ganarse. O quizá no contaban para nada con un lector, y éste sólo es una consecuencia, un efecto secundario sin más relevancia, porque lo verdaderamente importante para ellas es hablar y actuar su sexualidad como una forma más de practicarla.

 

Pero, bien mirado, tampoco tiene mayor importancia. El lector, al fin y al cabo, puede cerrar el libro y los ojos cuando quiera. Ellas, no hay duda, no le necesitan.

 

 

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